EL OLOR DEL PAPEL

el infante portadaLa primera vez que toqué un periódico fue a los seis años, en Huayacocotla. Ocurrió el mismo día que descendí de un autobús foráneo de la mano de mi tía Ana María. Mi tío Ramón nos aguardaba a la entrada de la oficina de Hacienda, donde laboraba como jefe regional. La necesidad de defecar me condujo a una letrina de madera y después de liberar los intestinos descubrí un montón de rectángulos de papel periódico que colgaban de un clavo sobre una de las tablas enmohecidas del enorme cajón de roble. A la mañana siguiente, miré en la recamara de mis tíos un ejemplar completo del diario Excélsior y una revista Life en español que reproducía integra la novela El viejo y el mar de Ernest Hemingway.

El olor del papel periódico era muy semejante al de la humedad de mi cuarto. Es posible que en años anteriores lo visualizara y palpara, porque mi padre leía El Universal, pero aún no estaba consciente de su existencia o contenidos. El periódico que descubrí en Huayacocotla fue el que me permitió adentrarme a hechos ajenos a mi realidad cotidiana, pero, sin embargo, atractivos para un niño de seis años, por la cantidad de fotografías en blanco y negro. Los anuncios de jabones, pasta dental, bebidas alcohólicas, aparatos domésticos y prendas de vestir, siempre eran presentados por hombres o mujeres de blanca sonrisa, ajenos a los caracteres físicos de la mayoría de huayacocotlenses.

Mi tía Ana María me pidió que leyera los primeros párrafos de El viejo y el mar. Quería saber si realmente era ducho en la lectura, porque cuarenta y ocho horas después de nuestro arribo al pueblo, me inscribiría en la escuela primaria federal Wilfrido García. En el orfanatorio de San José de la Montaña, donde estuve internado dos años, junto a mi hermano Serafín, aprendí a leer y escribir con la ayuda de las monjas de los desamparados, de origen español.

Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream —repetí casi tartamudeando— y hacía ochenta y cuatro  días  que  no  cogía  un  pez.  En  los  primeros  cuarenta  días  había  tenido  consigo  a  un  muchacho.  Pero  después  de  cuarenta  días  sin  haber  pescado  los  padres   del   muchacho   le   habían   dicho   que   el   viejo   estaba   definitiva   y   rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera  semana.

El texto lo releería en varias ocasiones, hasta memorizarlo y satisfacer a la estricta hermana de mi padre. En meses posteriores, ya encarrilado en los asuntos escolares, redescubrí el significado de cada palabra aparecida en aquella esplendorosa novela corta, ambientada en un puerto pesquero de Cuba. En realidad fue el primer libro que leí y que me permitió conocer la figura de Hemingway sin barba, con bigote y mirada melancólica. Life la reprodujo en color sepia en la portada y la revista terminó en la recamara de mis tíos, sobre un viejo cofre de madera con chapa de latón, donde guardaban documentos y fotografías familiares.

Sin embargo, el periódico Excélsior se volvió un producto imprescindible para la familia y la trabajadora doméstica traída de la ranchería Los Naranjos. No solo se utilizaba como papel sanitario, sino para envolver trastos, yerbas medicinales o culinarias y fabricar máscaras y piñatas que utilizábamos en las fiestas patronales, navidad y cumpleaños. Yo hacía recortes de palabras y los pegaba en las hojas de mi cuaderno por petición de la maestra del segundo grado de primaria, Milagros Arreola, una septuagenaria aquejada por los dolores propios de la edad y las heladas serranas.

El periódico y las revistas llegaban todas los días, entre las siete y ocho de la noche, en una quejumbrosa unidad de cuarenta asientos de la empresa Autobuses de Oriente o ADO, como se le conocía.  La misma unidad partía al día siguiente, siete en punto, a la Ciudad de México. Una veintena de ejemplares de Excélsior y una cantidad similar de revistas eran entregadas a don Luis Gómez, el tendajero de La Bodega, donde cenaban y dormían los choferes. La tienda estaba al costado de la casona de mis tíos, en la avenida principal del pueblo, la Revolución, arenosa y llena de hoyancos. Las hijas mayores de don Luis distribuían las publicaciones. Eran los principales clientes, algunos burócratas del ayuntamiento y del magisterio y cuatro o cinco ricos comerciantes de la Orilla, como se le llamaba al caserío levantado en los bordes de la carretera Huayacocotla-Ferretería de Apulco.

El magnicidio del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, ocurrido en Dallas, Texas el 22 de noviembre de 1963, fue quizá la principal noticia que trascendió en los hogares de las principales familias de abolengo de Huayacocotla. Mis tíos tocaron el tema mientras cenábamos y Toribia, la trabajadora doméstica, repitió los mismos argumentos durante el día de plaza en el mercado municipal. Yo la acompañaba en las compras dominicales y tenía que soportar sus  encuentros con otras empleadas domésticas o familiares que bajaban de Los Naranjos para visitarla.  Al hablar, lo hacían en otomí y castellano.

Como le había agarrado el gusto al cine y por lo mismo, los miércoles nunca faltaba a la sala de don Higinio Solís, comencé a coleccionar la sección de espectáculos de Excélsior. En una caja de zapatos guardaba las gráficas de los artistas mexicanos que aparecían en las películas de mi agrado, principalmente Pedro Infante; Mario Moreno, Cantinflas; Luis Aguilar; Antonio Espino, Clavillazo; Eulalio González, Piporro; Adalberto Martínez, Resortes; German Valdés, Tin Tan; Viruta y Capulina y El Santo enmascarado de plata.

En uno de sus viajes a Xalapa —la capital de Veracruz—, mi tío Ramón me compró una historieta de aventuras, protagonizada por Pedro Infante. En ella, aparecía como un solitario vaquero que ayudaba a una familia de campesinos despojada de sus tierras por un hacendado, muy parecido al actor Andrés Soler. La portada de la revista era a color y los interiores en blanco y negro. Toribia me pidió que se la leyera en la cocina, después de la cena, mientras limpiaba los granos de frijol y remendaba mis calcetines con la ayuda de un huevo de mármol. A los pocos minutos tuve que jalarle una de sus largas trenzas, porque empezaba a roncar, sin dejar de hacer su faena. Era algo sorprendente.

Pero lo más sorprendente ocurrió cuando Martin Dozal, un ahijado de mi tía Ana María y de sangre gitana, me reveló que el autor de El viejo y el mar se voló medio cráneo de dos balazos con la ayuda de una escopeta. Martin estaba de paso en Huaya, porque estudiaba en una escuela normal de Xalapa, y me dio la fatal noticia después de que le recité, a pedido de mi tía, el primer párrafo de la novela corta, reimpresa en la revista Life, en homenaje al escritor gringo. Eso ocurrió el 2 de julio de 1961.

VIDEOTECA:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s