EL SARGENTO LIMPIAPISOS(Pro21-81)

Por Everardo Monroy Caracas

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morir-en-montreal-portadaNo tuve tiempo de cabrearme o negarme ante una acción impuesta por el simple hecho de utilizar su asqueroso departamento como un mesón de paso. Narguila me entregó al ex sargento mexicano, ahora limpia pisos de supermercados, y tuve que apergollar.

Terminé en el interior de una pick up cargada de latas de disolventes y cajas de cuchillas y agua purificada; el Ronco Rentería, Narguila;  el ex militar con testa de orangután calvo, de nombre Martin, y una mujer desaliñada, su esposa, destilando un tufo de desinfectante orgánico por la entrepierna.

—Treinta dólares por cuatro horas de faena, serán muy buenos en estos tiempos de escases, compadre —farfulló el mexicano y lanzó una bocanada de humo con el cigarrillo pegado a su bemba.

—Lo que el cuate Richard determine, soy su huésped…

Narguila solo peló los dientes y chupeteó con mayor fruición el churro de mariguana que intercambiaba con el Ronco, del que hasta ese momento desconocía sus apelativos y apodo.

Me era indiferente.

—Montreal es generoso con los recién llegados y no importa si carecen de papeles migratorios… —sentenció el mexicano.

Fue en el supermercado, dentro del cuarto de intendencia, donde el propio Ronco Rentería hizo su presentación y ofreció ayudarme a conseguir un cuarto compartido por trescientos dólares mensuales.

—Por desgracia, solo tengo doscientos y debo también que abastecerme de comida… —dije sin inyectarle un tono conmiserativo a mis palabras.

—Yo le adelanto una semana de limpieza y sale de su apuro –ofreció el mexicano mientras cargaba un escarabajo metálico de agua y detergente líquido.

—Gracias, le tomo la palabra…

Narguila también no quiso rezagarse de su fauna.

—Mientras pagas tu manda, duermes en mi penthause y hasta te doy luz verde para que le des unas buenas culiadas a la Clarence…

—Este chapín ha de ser importante —dijo el Ronco–, porque aquí los niguas no tienen cabida y a vos le doy mi mano al ser parte de la broza.

Y al decirlo, estiró su rechoncho brazo de boxeador en desgracia, producto de la ruda talacha de constructor, y sellamos el encuentro y la hermandad.

Por el momento, estaba en su cancha de juego y tendría que esconder mis cartas mientras conociera el terreno y me independizara.

HEMEOTECA: pro21-81

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