EL ANCIANO RECHONCHO

Por Everardo Monroy Caracas

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Todo se negoció en una mesa de la cafetería Tim Hortons de la plaza Saint Hubert. Las dos jovencitas intentaban regularizar su estancia permanente en Montreal. Provenían de México y El Salvador y entraron a la isla con una visa de turista.

El paralegal, anciano rechoncho de mirada lasciva, les sugirió cuatro maneras para intentar llegar a buen puerto con su propósito de obtener la residencia canadiense:

—Pueden demandar el refugio político por miedo fundado, casarse con algún viudo pensionado, regresar a su país y armar el tinglado legal de persecución o abuso doméstico y ya con las pruebas regresar a Canadá y buscar la protección oficial del gobierno o irse a la ilegalidad y trabajar a la negra, como lo hacen más de cincuenta mil inmigrantes que viven sin permiso en Montreal.

Lola Canseco optó por escuchar y dejar en manos de María José, su compañera de departamento, todo el amarre de la negociación. Sin embargo, en Lola recaía el peso de la seducción para convencer a Regino Olivas de que las asesorara gratuitamente con el asunto migratorio. Había que provocarlo un poco con el blusón desabotonado parcialmente para que lograran su propósito de residir en Quebec.

Dos días previos al encuentro en la cafetería, María José había conocido al paralegal en uno de los vagones del tren subterráneo y percibió su molesto tufo a destilería de aguardiente. El analgésico aun no lograba aminorar el dolor de cintura, provocado por cargar durante cuatro horas continuas  a un niño obeso con síndrome de Down. Sus padres trabajaban en un supermercado indiano y le pagaban siete dólares la hora por cuidar a su hijo de dos años, desde las cuatro de la tarde a las doce de la noche.

—¿Parlez vous français? —cuestionó Regino, enseñando sus rojizas encías con dientes pulcros y muy blancos.

—No —respondió María José por simple cortesía—, solo hablo español…

—Maravilloso, yo también y soy de Costa Rica, pero ya tengo veintisiete años viviendo en Montreal…

—¿Y es casado? —preguntó María José.

—No, viudo y mis dos hijos viven en San José, ya son adultos y no les gustó Canadá, por lo extremoso de su clima… Usted sabe…Pero bueno, uno tiene que seguir batallando y además estoy por jubilarme…

—¿Y qué hace?

—Soy paralegal y trabajo para una firma de abogados, especializada en asuntos migratorios y de comercio internacional…

La joven lo observó con detenimiento, porque el anciano viajaba en la butaca de enfrente, y comprobó que su traje y calzado eran de marca, al igual que la gabardina de cachemir con forro de poliéster. Lo único que no cuadraba en el personaje, era su manera de mirarle  insistentemente los senos y las piernas, a pesar de vestir unos ajustados jeans blancos y una sudadera rosa.

El descubrir aquella molesta debilidad del anciano la hizo tomar una rápida y audaz decisión: solicitar su ayuda legal para no retornar a México, porque en un mes concluía su permiso de estancia en Canadá y no quería separarse de Lola, su entrañable amiga, oriunda de San Salvador. Una ex compañera de escuela, paisana de María José, fue quien las presentó en la agencia de empleo de la avenida Jean Talon, donde las contrataron como niñeras o Babysitter. Lola retornaría a su país un mes después que la mexicana y en Sululan la aguardaba su esposo que era policía.

Después del intercambio de números telefónicos, el paralegal la invitó a desayunar el jueves en una cafetería cercana al domicilio de María José. Precisamente en el Tim Hortons de la plaza Saint Hubert. Él se comprometió a apoyarlas en su interés de obtener la residencia canadiense o un permiso de trabajo temporal. Regino le dijo que tenía amigos en varias agencias de empleo de Quebec y en el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración. Por su parte, la joven le reveló que era divorciada y además le interesaban los hombres maduros, de experiencia, que alguien de su edad.

—Si usted conoce a un hombre solo que quiera ayudarme y casarse conmigo, estaría dispuesta a todo —replicó María José sin titubear y tras soltarle la mano, abandonó el vagón para perderse entre la gente que se desplazaba por el andén.

Su imagen esbelta, energética y lozana desapareció ante los ojos cansados del paralegal. La joven lo cautivó y seria tema de conversación en la escuela de baile, donde nunca faltaba los viernes y sábados. De algo estaba seguro: durante la noche difícilmente conciliaría el sueño en su propósito de armar una estrategia eficaz que obligara a la chica mexicana a vivir bajo sus cuidados sin comprometer sus pocos ahorros bancarios y el departamento que en tres años terminaría de pagarle a la inmobiliaria.

 Lo que no estaba dentro de sus planes fue la presencia de la salvadoreña en el Tim Hortons. María José la incluyó en el encuentro y Regino no se arredró porque El Pelón Cañedo, su compañero de parranda, tambien tenía interés en allegarse de alguna mujer vital y atractiva. Su mayor temor era morir solo en su cama y en absoluto abandono, sin parientes y amigos. Lola tambien tenía lo suyo bajo la ropa y le gustaba exhibirlo sin inhibiciones.

—Déjenme hablar con un amigo, que es muy buena persona y estoy seguro que no dudará en ayudarnos  —prometió el paralegal.

—Estamos a su disposición, abogado —respondió María José— y solo le recuerdo que no tenemos dinero, pero si mucha voluntad de trabajar duro para pagar los favores…

—Por lo pronto —acotó Regino Olivas—, tenemos que pensar en rentar una casa de cuatro recámaras para que hagamos vida común e iniciemos el papeleo. Eres muy inteligente María José al decidirte quedarte en Montreal y dar la batalla para materializar tus sueños… En esta aventura, ten la seguridad que todos saldremos ganando…

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