ALMAS DE NIEBLA

el infante portadaEn la sierra veracruzana existe un pueblo levantado sobre la cumbre de una montaña de caolín y cal: Huayacocotla. Los constructores de la congregación católica —indígenas, soldados y monjes españoles—  horadaron una nube y condenaron a sus pobladores a vivir en la oscuridad. Únicamente tres o cuatro meses al año tienen derecho de ver el sol y los colores de la llanura y los acantilados de piedra volcánica.

Sus casi veinte mil moradores jamás lloriquean.

En más de dos mil años de existencia —mil seiscientos bajo la venia de la raza de castilla—, los tepehuanes y otomíes aprendieron a sembrar manzanos, perales y duraznales. Las fragancias de fruta tierna se entremezclan con la humedad de la niebla y Huayacocotla, como un pálido recipiente de caolín y calhidra, no cesa de sudar  resinas de maguey y ocote. Día y noche, cada morador prende veladoras o mecheros remojados en petróleo para no perder el rumbo y la razón.

Una vez al año, desde  principios de abril, los hombres tienden a disfrazarse de mujeres y con látigo en mano, brincan y aúllan bajo los acordes de las tamboras y los trombones.

Es tiempo de la matanza del cordero y la quema del grano.

En el corazón de la plaza pública, los gallos de plumaje rojizo y plateado tienen que enfrentarse entre sí, como viejos gladiadores romanos, y humedecer sus espolones de sangre tras degollar al oponente.

Por única vez, los santos y arcángeles, principalmente el apóstol Pedro y el Cristo del Corcovado, dejan sus poltronas de la vieja iglesia colonial, y se olvidan de sus feligreses, poseídos por las pestes infernales del pulque y aguardiente. Intentan liberarlos de esa pesada carga de remordimientos y temores.

Cada calle tiene nombre propio o de fechas de batallas y las madres parturientas cuentan con su pedestal en la cercanía los abarrotes y hostal  La Bodega. Jesuitas y juaristas siempre conviven en santa paz y los alcaldes, reacios a evitar los favores del soborno, permiten que los cultivadores de infiernos y fantasías, trafiquen con marihuana y amapola. Los uniformes verdes y azules son imperceptibles bajo el color del dinero.

Tengo tantos recuerdos de ese pueblo de niebla y fragancias naturales que con solo cerrar los ojos retorno a sus llanuras y siento en mis pies descalzos la frialdad de la grava blanca. Cada familia tiene una historia y cada lápida, una lágrima. Nadie quiere creer que ahí se conocieron Pedro Alberto Torrentera Dorantes y mi prima Armida Montesinos. Lo mismo, ocurrió con aquellos personajes míticos que cada semana huían de las historietas impresas y de los destartalados radios de baterías y hacían de las suyas.

De Pedro puedo decir mucho, porque al internarse a los macizos volcánicos, de cabellera crespa por tanto oyamel y encinos, su voz no paraba de resonar y espantar a las codornices. Le trajo la maldición al pueblo, porque se llenó de enterradores y muertos, acicalados por el néctar de los magueyales y la caña de azúcar.

De Kaliman, el hombre Increíble poco puedo decir. Tuvo la delicadeza de estar acompañado de aquel chamaco egipcio, descendiente de faraones, Solín. Las mejores batallas de Kalimán y sus adversarios ocurrieron en Huayacocotla. Los lugareños, y me cuento entre ellos, fuimos testigos privilegiados de varios encuentros entre el descendiente de la diosa Kalí y la Araña negra, el conde Bartok, la Diosa blanca, El extraño doctor Muerte, Karma y Humanón. No me van a dejar mentir los paisas de Vivorillas, Palo Bendito, Camarones, El Naranjo, Carboneros, El Zayado, Los Duraznos o Donangu.

De Memín Pinguín, otro personaje de mis historietas preferidas, hay mucho que contar, porque me enteré de las palizas que recibía de doña Eufrosina, su madre, bárbara  mujer. Mis compañeros de aula del segundo grado de primaria, optamos por no meternos en su dolor para no odiar a nuestros padres. En algunos casos, experimentamos el mismo tormento. La madre de Carlangas, una prostituta de buena pinta, también arruinó nuestros paseos por el arroyo de Agua Caliente. Terminamos ante el padre Canuto revelándole a detalle las travesuras que realizábamos. Ernestillo y Ricardo jamás lograron convencernos de que la escuela era lo mejor. La niebla nos obnubilaba las ideas y difícilmente conoceríamos la mar o una barriada proletaria.

Las pinturas o textos de Marx aún no se materializaban.

Difícilmente saldríamos de Huayacocotla, porque tendríamos que crecer y tener dinero en los bolsillos.

Cada día, un autobús cruzaba el serpentinero de cerros antes de ser devorado por el aliento pastoso del cielo. En ese camastrote de anchos neumáticos desgastados y graznidos de moribundo, veía partir a mis amigos una vez al año. Sin embargo, en las vísperas del carnaval, arribaban  los primos Ricardo, Rubén y Rebeca, de la mano de su madre –la furibunda tía Paz–, y me prodigaban juguetes reciclados y dulces con corazón de chocolate.

Dos semanas de juego y aprendizaje.

Por mis primos me enteré que por el mundo rondaba un agente inglés con permiso para matar. Se llamaba James Bond y utilizaba el prefijo 007. También me entusiasmaban los espías Napoleón Solo y Illya Kuryakin, de la Comisión Internacional Para la Observancia de la Ley, Cipol, eran la contraparte gringa. Sus archienemigos de THRUSH eran eliminados como moscas y mis primos, aliados de la democracia gringa, me ponían al tanto de esas correrías internacionales mientras desgranábamos las mazorcas para el nixtamal o podábamos los árboles frutales del huerto familiar.

Tantas cosas  sucedieron durante esa etapa de mi infancia y ahí quedaron sepultadas. Y hoy he decido desenterrarlas.

 Huayacocotla es un cofre de humo que teme tocar el cielo, pero hay gambusinos de Texcatepec, indios puros, otomíes de abolengo, que llegaron a escalar el cerro del Corcovado y penetraron a los aposentos sagrados del Dios Hebreo. Créanmelo o no, pero hay huayacocotlenses que tuvieron la dicha de asistir a un encuentro entre Jehová y Luzbel y los escucharon apostar por la cabeza de Job y condenar a diez cardenales pederastas.

Los arcángeles y once apóstoles de Jesús pueden confirmar lo que escribo y decirles que no miento.

Es la pura verdad…

HEMEROTECA:

Patria 1 – Paco Ignacio Taibo II

Patria 2 – Paco Ignacio Taibo II

Patria 3 – Paco Ignacio Taibo II

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