EL SEPELIO

el infante portadaMi hermana Elena tuvo la desdicha de no ser niña normal, sino una madre sin haber parido. Nuestra madre comprobó que a los nueve años ya sabía entibiar la leche y vaciarla en el biberón o mamadera y ahí empezó su condena.

La mayor del clan, Melisa, prefería jugar con Marcelino —un año mayor que yo—, y dejar que Elena me cambiara el pañal y alimentara.

Ménaka estaba a punto de parir por quinta ocasión.

La presencia de Pedro Infante estaba impregnada en todos los rincones del departamento. Por lo mismo, el lunes 15 de abril, su repentina muerte acalló su voz melodiosa en el radio-tocadiscos Sunstech, parecido a un mediano cofre de madera barnizada con un brazo de acero que levantaba la tapa.

Los enormes discos de acetato dejaron de girar durante una semana.

—No me importa parir esta cosa en pleno cortejo —dijo mi madre tras tocarse su abultado vientre—, pero voy a despedir personalmente a Pedro.

Nuestro vecino German Valdés Tin Tan no la contradijo, pero le sugirió que fuera acompañada, porque el calor y los apretujones podrían adelantar su parto.

—Yo te apoyaría, pero estaré con los compañeros de la ANDA y su familia —se disculpó el comediante.

El miércoles inhumarían a Pedro Infante en el Panteón Jardín.

Melisa, quinceañera aun, sería la responsable de acompañar a Ménaka. Marcelino, de tres años, tenía tos y calentura y quedaría bajo los cuidados de Elena.

Cincuenta años después de su breve dialogo con Tin Tan en el pequeño departamento de la colonia Roma, Ménaka lo recuperó y de paso narró nuestra asistencia al cortejo y entierro del artista mazateco.

Mi madre ya era una mujer vieja, aun vital  y siempre conectada a un cigarrillo de marihuana.

Y después de dejarla en su casa de la colonia Netzahualcóyotl del Estado de México, de ladrillos rojos y un gran portón negro con manchones de óxido, escribí el siguiente texto para el periódico donde laboraba:

Recordar a Pedro Infante Cruz es entender a mi madre. Ella fue con mi hermana Elena una más de las marchistas desvalidas que lo acompañaron, el miércoles 17 de abril de 1957, al panteón Jardín de la delegación Álvaro Obregón, de la ciudad de México. Iba en un féretro metálico, después de ser velado toda una noche en el teatro Jorge Negrete. En siete meses cumpliría cuarenta años y había filmado 62  películas (en seis de ellas tuvo una breve aparición) y grabado 310 canciones. Dos días antes, en Mérida, Yucatán, fue consumido por las llamas al desplomarse el avión que pilotea al lado del capitán Víctor Manuel Vidal Lorca y el mecánico Marciano Bautista.

Mi hermana  me llevaba en brazos, envuelto en un rebozo de hilaza gris. Los mocos escurrían y constantemente me los embarraba con un paliacate.

Mi madre y Elena tuvieron la audacia de entrar a una especie de rio humano sin destino seguro.

Todo era empujadero y lágrimas.

Aun evoco al obispo que iba al frente del féretro, cargado por cuatro hombres de camisa blanca.

El representante del Vaticano cubría su enflaquecido cuerpo con una túnica dorada y no soltaba un largo crucifijo de oro.

—Yo conocí  a Trinidad Romero —me dijo recientemente mi madre.

—¿Y quién es esa persona?

—Trinidad era la trabajadora doméstica de Pedro Infante en Mérida… Fue la última persona que lo vio con vida, porque le dio el desayuno…

Mi madre tiene todos los discos y películas de Pedro Infante. Las dirigidas por Ismael Rodríguez son sus preferidas. Llora cada vez que ve Nosotros los Pobres o Los Tres García. En ambas, Infante es desgarrador al morir su hijoTorito y la abuela.

El 15 de abril, de ese año fatídico, Pedro Infante abandonó su casa a bordo de su motocicleta Harley-Davidson y enfiló al aeropuerto internacional de Mérida. Ahí lo aguardaba su piloto y el mecánico de cabecera. Se citaron a las siete de la mañana para abordar un avión carguero de su empresa Tamsa, el tetramotor XA-KUN. La haría de copiloto. Exactamente a las 7: 30 horas abandonaron el aeropuerto. Tenían planeado llegar a la ciudad de México entre las diez y once de la mañana. Su hermano José lo aguardaría para llevarlo al lado de Irma Dorantes quien estaba molesta porque su matrimonio había sido anulado por la Suprema Corte de Justicia. Su verdadera esposa, María Luisa León logró la anulación del divorcio.

Todos esos detalles los memorizó mi madre y, a la vez, los heredé y seguí ahondando. Mi propósito era recuperar a un Pedro Infante avejentado, vivo y oculto en la selva chiapaneca, como llegó a presumirse.

El tretamotor, modelo Liberator, había caído en plena ciudad de Mérida y Pedro Infante lograba sobrevivir. El fuego le desfiguró parte del rostro y por vergüenza optó por internarse a una comunidad indígena y ahí aguardar la muerte. Los lugareños, la mayoría lacandones, admiraban su voz y su apego al trabajo. Siempre estaba dispuesto a ayudarlos, sin pedir nada a cambio.

Esta historia, de que Pedro Infante está vivo, únicamente la sabemos mi madre, Pedro Infante y yo. Fue una farsa lo del sepelio en el Panteón Jardín.

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