LA HORA FELIZ

el infante portadaPor veinte centavos, cada domingo mirábamos una hora de televisión en el restaurante de doña Clafira Gómez.

Los chiquillos nos amontonábamos frente al monitor de blanco y negro para deleitarnos con dos programas dominicales: La familia Monster y Combate!

Yo tenía nueve años y el negocio se encontraba a un costado del hotel Huayacocotla, propiedad de mi abuelo Elpidio, en la calle Morelos.

De ocho a nueve de la noche lograba aislarme del mundo familiar y las jornadas de limpieza en el hotel.

    Aún recuerdo el anuncio introductorio de Combate!:

   —Ford Motor Company, la única red de concesionarios en ciento cinco ciudades del país, presenta: Cooommmbaate!!!..

    Y bajo el estruendo marcial de los tambores y clarinetes aparecían los rostros en alto contraste de los actores Vic Morrow y Rick Jason, como el sargento Chip Saunders y el teniente Hil Hanley.

La serie estaba ambientada en la segunda guerra mundial y nuestros héroes favoritos eran los marines. Nos emocionaba ver cómo asesinaban a los alemanes nazis con casco de prepucio y liberaban a los civiles desvalidos, enemigos de Adolf Hitler.

Ni los militares ingleses o rusos —aliados de los marines estadounidenses durante la conflagración mundial de l939-1945— eran visualizados durante las batallas recreadas con dinero trasnacional y producción hollywoodense.

Sin embargo, el primer programa del cartel dominical era La familia Monster. Iniciaba a las ocho de la noche y duraba media hora. La historia recaía en un personaje similar al Frankenstein representado en 1931 por el actor Boris Karloff, tres vampiros y una chica rubia, muy parecida a la tetona Marilyn Monroe: Lily, el abuelo, Eddie y Marilyn.

Herman y Lily eran los padres de Eddie, niño de diez años, y tíos de Marilyn.

Una comedia ambientada en Estados Unidos de los sesenta.

    Doña Clafira Gómez era una mujer rozagante, bonachona y con un estropeado fuelle en los pulmones. Le daba de desayunar, comer y cenar a los empleados del gobierno federal, comisionados en Huayacocotla, y a los huéspedes finsemaneros del hotel del abuelo, entonces administrado por mi tía Ana María.

Los Monroy y los Gómez  gozaban de buena amistad, porque uno de los hermanos de doña Clafira —Raymundo— trabajaba con mi padre en Poncitlán, Jalisco.

Mi padre era ingeniero topógrafo y participaba en la construcción de subestaciones generadoras de energía eléctrica. Le pagaba la Secretaria de Agricultura y Recursos Hidráulicos. De ahí sus largas ausencias en casa.

Las calles eran invadidas con fragancias de especias picantes utilizadas en los guisos del restaurante. Las mesas siempre estaban ocupadas por los adultos y nosotros,  treinta o cuarenta niños, veíamos el televisor sentados en el frío piso de cemento.

Teníamos prohibido gritar o llevar alimentos.

El monitor de 30 pulgadas estaba metido en un enorme cajón de madera, de la marca RCA, y vibraba a cada estruendo de metralla.

    Mi mejor amigo Chencho Pelcastre fue vetado en los encuentros dominicales, porque en una ocasión se lió a golpes con Emilio, el hijo menor del cartero. El motivo: Chencho aseguraba que el teniente Hanley era un cobarde y que la mayoría de los enfrentamientos recaían en el sargento Chip Saunders. Yo lo avalaba, pero prefería no externar mis opiniones.

Emilio era el ahijado consentido de mi madrastra.

 Chip Saunder demostraba valentía y audacia en las tremendas balaceras que se fraguaban en campo abierto o entre los escombros de alguna aldea destruida por los obuses alemanes.

Chencho, después de la gresca donde Emilio terminó con la nariz inflamada, jamás volvió a recorrer los territorios de doña Clafira Gómez. Era un hombre de rencores sin olvido. Por lo mismo, diez años después fue asesinado en una fiesta patronal.

    En Huayacocotla habitaban tres mil familias y el servicio eléctrico era gratuito, pero deficiente.

Sin equivocarme, puedo afirmar que en la década de los sesenta ninguna familia poseía refrigerador, plancha, licuadora, lavadora o secadora eléctrica.

El televisor de doña Clafira Gómez funcionaba gracias a una pequeña planta generadora de electricidad, alimentada con gasolina. Mi abuelo Elpidio Monroy fue el primero que compró una en la ciudad de México.

    Durante las noches, Huayacocotla se borraba de la faz de la tierra.

La niebla bloqueaba los brillos de la luna y las estrellas y después de las seis de la tarde todo era oscuridad.

En casa nos alumbrábamos con quinqués de petróleo y velas de cera blanca. Las familias muy pobres utilizaban rajas de ocote y veladoras que normalmente colocaban en los altares de sus vírgenes y santos.

    En las temporadas de lluvia, entre los meses de junio o julio, las puertas de los corredores tomaban vida. El viento las hacia crujir y entonces la imaginación empezaba a hacer estropicios con nuestros nervios.

El miedo a lo desconocido nos hacía revivir cada personaje descrito por el vulgo popular: la Mano peluda, la Llorona, la bruja robachicos, Satanás vestido de charro con botines y espuelas de plata y el nahual, un ser mítico con la habilidad de convertirse en cerdo, lobo o boa amazónica para devorar a sus víctimas.

Yo dormía en una colchoneta sobre un camastro de ixtle. Mi temor a la noche era tanto que prefería orinarme acostado para no ir al baño, construido en el exterior de mi habitación.

    —Si te sigues meando en la cama, te voy a dar una lección —me advirtió mi tío Ramón Baca.

    —Es que no me doy cuenta, tío…

    —Ya te lo dije… No es posible que sigas pudriendo las colchonetas…

El 2 de noviembre, durante la celebración del Día de Muertos, el tío Ramón materializaría su amenaza. Lo hizo a espaldas de mi tía Ana María y en el hecho, para fortuna mía, involucró a mi hermano Marcelino, dos años mayor que yo.

Doña Clafira Gómez durante el tercer domingo de octubre nos avisó que el siguiente fin de semana no abriría el restaurante por respeto a sus muertos.

Por única vez, el comando gringo, bajo el mando del teniente Hil Hanley, y la familia Monster descansarían de la chiquillada huayacocotlense.

HEMEROTECA: PRO21-83

VIDEOTECA:

 

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