HASTA EL ÚLTIMO SEGUNDO

el infante portadaPocos imaginan todos los sinsabores que enfrentó Pedro Alberto Torrentera Dorantes antes de llegar al rancho Los Quelites, en Potrero Seco.

Y es importante dejarlo claro:

Huayacocotla pende sobre una cumbre pedregosa, remojada la mayor parte del año por  una niebla muy blanca y espesa. Durante la década de los sesenta, todavía a lomo de recua era posible internarse a la mayoría de las rancherías aledañas, enclavadas entre los desfiladeros.

Los tepehuanos y otomíes —indios puros, místicos y rebeldes— convirtieron aquella agreste serranía en su hábitat primigenio: paraíso perdido de jabalíes, cóndores y zopilotes de cabeza rapada.

Imaginemos todo lo que enfrentó Pedro tras desprenderse del ferrocarril, donde viajó oculto desde Pachuca, y continuar a pie su travesía por la polvosa estación de Agua Blanca. Precisamente fue ahí donde circunstancialmente recibió el apoyo de un grupo de  personajes marginales que viajaban en dos carromatos con la leyenda Circo La Unión en las portezuelas. Le informaron que se dirigían a Palo Bendito, donde actuarían al día siguiente.

Precisamente en esa ranchería fantasmagórica,  impregnada de olores a trementina y orines de zorrillo, lo aguardaba  don Víctor Sierra, el boticario y único curandero de la región, especializado en males hepáticos, reumas y padecimientos gástricos. De  igual manera, el viejo era un excelso catador de pulque o baba de neutle y del vino de espanto, elaborado con aguardiente de caña de azúcar y esencias frutales.

Durante el corto trayecto —como  lo recordaría ante su hijo don Elías Carreño El Golondrino—, nuestro ídolo en desgracia tuvo la sensibilidad de arrullar con su voz de  barítono a la pequeña hija del traga cuchillos y de la encantadora de serpientes. Los otros  acompañantes, entre ellos el propietario del circo itinerante y conductor  de una la camionetas de redilas, quedaron anonadados al escucharlo cantar.

En la orilla de Puerto Lobo, bajo la fronda de un gigantesco oyamel de ramajes pandos y donde encendieron una fogata para preparar los alimentos, don Fulgencio Vázquez  le ofreció trabajo en su compañía.

—Por ahí circula un charro enmascarado que canta igualito al finado Javier Solís —dijo chupeteando su inseparable habano chiapaneco—. Podrías hacer algo parecido con nosotros, compa Pedro. Tu porte y voz en nada se diferencian a la de nuestro consagrado Pedro Infante, que Dios lo tenga en su santa gloria… Le dicen El Charro del Misterio y es de los altos de Jalisco.

—No mi amigo —respondió Pedro—, yo solo quiero llegar a mi destino y dejar atrás los sinsabores de la tristeza. Ya no busco problemas, sino alejarme de ellos, del bullicio y el escarnio… Busco paz interior y estoy seguro que la encontraré en Huayacocotla…

Y al decirlo, besó una medalla dorada con la esfinge de la Virgen de Guadalupe que sobresalía de su cuello. Tres años atrás —en  abril de 1966— había muerto Javier Solís por una cirrosis mal atendida.

El enano Chispitas, en mallones negros, botas de hule y chamarra de lana algo remendada, le ofreció a Pedro una Fanta de naranja, un fajo de tortillas de maíz amarillo y un plato de frijoles negros y humeantes y seis chiles de árbol.

Don Fulgencio no insistió en su invitación y prefirió alejarse para dejarlo comer a varios metros de la caravana.

La esposa del enano amantaba a su recién nacido y le daba migas de cemita a un inquieto orangután de la India, de pelambre oscuro. Durante las noches La Mujer Jorobada  le quitaba el grillete del cuello y lo metía en una jaula periquera. El Pingüica, como fue bautizado por don Fulgencio, pronto se ganó la confianza de Pedro y comía en sus manos o dormitaba sobre sus potentes hombros de leñador.

El Golondrino le describió a su vástago Quintín los pormenores de aquel pintoresco viaje de Agua Blanca a Palo Bendito y su convivencia con los nueve personajes circenses —e incluyo a la niña de cuatro años y al bebé— que se hacían acompañar de ocho serpientes duranguenses, dos perros bailarines french poodle, una gallina de dos cabezas que no dejaba de poner huevos; El Pingüica, muy diestro para esculcar bolsillos ajenos y ofrecerle golosinas a los chamacos, y cuatro canarios clarividentes que, por cincuenta centavos, repartían pequeñas tiras de papel estraza donde se leían las consejas escritas a mano y con tinta roja sobre el amor y la salud y el cómo mejorar en los asuntos de la suerte.

Pedro no paró de cantar durante el trayecto. El payaso Gotitas fue su guitarrista, pese a ser víctima de una espantosa cruda, alentada por los excesos de ponche de naranja agria y aguardiente.

Por ser un fervoroso seguidor del artista mazateco, Gotitas logró memorizar la mayoría de sus canciones e incluso, los dos interpretaron  las famosas coplas de Pedro Infante y Jorge Negrete en la película Dos tipos de cuidado que dirigiera Ismael Rodríguez en 1953. En esta ocasión, Pedro fingió la voz de su rival de amores —Jorge Negrete— y Gotitas, la de Pedro Infante.

—Ándele señor Pedro, quédese con nosotros, sería un gran honor —le suplicó Vilma, la encantadora de serpientes, alta, fuerte y con sangre gitana.

Despuesito, mamita, ya verá —prometía Pedro y de inmediato se alejaba del grupo.

La bondad de Pedro era innata, como el espíritu de un niño campesino. De igual manera, su nobleza y humildad iban a la par de su talento artístico y eso le inyectaba un aurea de carisma y admiración. Quienes lo escuchaban cantar quedaban sorprendidos por la forma tan peculiar de  interpretar los huapangos, corridos y boleros rancheros. Y esos instantes melodiosos, su rostro deforme, parcialmente ennegrecido y tuerto, dejaba de visibilizarse. Cuando reía lo hacía a carcajadas, como un chamaco travieso, y todos se contagiaban de su alegría.

—Tal vez no lo creas m’hijo —le dijo El Golondrino a Quintín Carreño—, pero cuando me lo contaba Márgara, La mujer jorobada, no paraba de llorar…

En esas cuatro horas que duró el viaje, Pedro se había ganado la admiración y el amor de esa gente buena que sobrevivía del talento y sus defectos físicos. Por lo mismo, Pedro se identificó con ellos y hay algo que recuerdo mientras lo curaba de sus quemaduras.

En una ocasión me dijo que, en junio del mismo año del accidente, don Ismael Rodríguez iba a dirigirlo en una nueva película donde personificaría a  un escultor jorobado que estaba medio loco por enamorarse de una mujer adinerada que ayudaba a los artistas pobres. Por necesidad, el jorobado terminó trabajando en un museo de cera donde pudo esculpir a cinco personajes famosos de México y uno del mundo religioso: Pancho Villa, Cuauhtémoc, Benito Juárez, José María Morelos y Pavón, el indio Juan Diego y Jesús de Nazareth. Sin embargo, en sus borracheras se imaginaba encarnarlos, pero cada historia tenía un final distinto al que ellos tuvieron…

En otras de sus charlas, El Golondrino también recordó que Pedro no quiso integrarse a la compañía circense, porque quería enterrar su pasado de escándalos amorosos y de atención mediática. Las secuelas del accidente en su cuerpo lo convertirían en un payaso involuntario al servicio de los periodistas de la farándula.

En los ojos del bebé de La Mujer Jorobada había reencontrado la mirada transparente y amorosa de sus tres hijos —Lupita, Irma y Pedro— y le atormentaba estar consciente de una realidad inobjetable: jamás volvería a abrazarlos y besarlos.

—Sus hijos y la música lo eran todo, pero pienso que la ausencia de los primeros nunca la superó y ese dolor lo cargaría hasta el último segundo de su vida…—supuso El Golondrino.

HEMEROTECA: 1Poesias – William Shakespeare

2Romances – William Shakespeare

3Comedias – William Shakespeare

4Dramas historicos ed Andreu Jaume – William Shakespeare

5Tragedias – William Shakespeare

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