MENUDA BRONCA (Cap. 3)

Por Everardo Monroy Caracas

crisalida3

Miércoles 30 de noviembre.

Sus gritos fueron como picotazos de cuervo y calaron.

Ni la incomodidad de la tina impidió el viaje ad infinitum.

Los viejos dormimos poco y durante cuatro horas quedamos en absoluto estado de indefensión.

—¡Señor Almicar! ¡Señor Almicar! ¡Señor Almicar!

Pude destrabar el párpado y me enfrenté al atractivo rostro de Crisálida, pero lo confundí con un pez rosáceo a punto de morir asfixiado.

—¿Qué horas son? –cuestioné con somnolencia.

La suciedad del cobre jugueteaba en el paladar.

—Las cinco de la tarde…Tiene que acompañarme…

—No entiendo —repuse tallándome el ojo sano—, es muy riesgoso salir a esta hora…

Crisálida, perfectamente maquillada y enfundada en una escotada blusa guinda que apenas lograba retener sus balones de silicona, aguardó a que abandonara la tina del baño y me calzara.

—El encargado de la seguridad  —dijo— aceptó recibirme en la oficina del conserje… Es uno de mis clientes…

—¿Y yo qué pitos toco en esa bronca? La que da los servicios a domicilio es usted, ¿qué no?

—En esa oficina está la videograbadora —informó— y mientras yo intimido con Guy, usted recupera el disco compacto porque a las ocho de la noche lo relevan… Según Guy, cada veinticuatro horas le entrega el compact disc a la compañía, que es la responsable de brindar la seguridad al edificio…

—Creo que no hicimos lo correcto  —concluí malhumorado.

Crisálida optó por rehuirme. En la habitación contigua y frente al espejo del tocador, se dio los últimos toques de tintura roja en los labios. Sus nalgas, por lo corto de la falda, quedaban a la intemperie, al igual que sus gruesos chamorros que terminaban en un par de zapatillas blancas con tacones de aguja.

Sin evidenciar preocupación, hizo un comentario para inyectarme confianza:

—Los videos nunca los checan, señor Almicar, mientras nada ocurra en el edificio o si la policía los solicita…

Dando de trompicones, mientras me fajaba la camisa, entré al único dormitorio del departamento, donde, en la cama matrimonial, yacía una gigantesca cordillera ensabanada.

Crisálida durmió en el pasillo de entrada del departamento, sobre un sofá negro brillante. Tuve tiempo para engullirme un platón de macarrones y beber una cerveza con medio vaso de oporto.

Estaba metido en un embrollo y era demasiado tarde para zafarme.

Desde ese momento tendría que respaldar a Crisálida hasta el final e intentar salir lo menos dañado, en caso de ser detenidos por la policía.

Deshacernos del cadáver no sería una faena sencilla.

La compra del enorme congelador lo realizó Crisálida por Internet. Pagó los seiscientos dólares con mi tarjeta de crédito. En dos días lo instalarían.

Sin embargo, los enviados de la tienda de equipos para cocina podrían desconfiar al preguntarse ¿por qué el cliente, o sea Crisálida, necesitaba un congelador de tales dimensiones, en un pequeño departamento de soltero?.

—Tenemos que crear una empresa argentina, de exportación e importación de carnes frías —sugerí mientras consumía los macarrones.

—¿Y cómo? Eso tardaría varios días, me imagino, y lo que menos tenemos es tiempo…

—No va por ahí —solté con fastidio—, hay que pegar carteles en los muros del departamento de la supuesta empresa… Yo puedo diseñarlos en la computadora, pero alguien tiene que salir a imprimirlos en Wal-Mart o en el cibercafé de la calle de Saint Catherine

—Descansemos un poco para no cometer errores —recomendó Crisálida—. Ya veremos que se puede hacer antes de que Gael empiece a oler feo…

Tenía razón.

En mi caso, llevaba veintisiete horas sin dormir correctamente.

Gael nos esperaría, de eso estaba seguro. Aun así, lamentaba que mi vecino no recibiría un funeral digno y que su familia fuera ajena al deceso.

En mis tiempos de guerrillero, infinidad de compañeros fueron abandonados en tumbas clandestinas y sin que sus allegados dieran con su paradero.

El gobierno canadiense lo sabía, porque lo declaré ante los agentes migratorios cuando hice mi demanda de refugio político.

—¿Usted es cristiano? —preguntó uno de los agentes, observándome detenidamente.

—Lo soy…—respondí sin titubeos—y siempre le oramos a los caídos e incluso a los del bando contrario, sean militares, policías o sicarios

Con Gael no lo hice, porque en su muerte nunca intervine.

Me era ajeno. Si estaba ahí era porque su amante demandó mi ayuda y no tuve el valor de negársela.

Cuando descendimos por los escalones para alcanzar el primer piso, el taconeo de Crisálida me recordó a las prostitutas que visitaban al gordo Gael en su departamento. Me buscaba antes de introducirlas a su tóxico refugio y así saber de ellas.

Normalmente las meretrices eran cocainómanas. Por lo mismo, no me sorprendió que se relacionara con Crisálida.

Una anciana pasó por el corredor principal, jalando un pesado bolsón de compras con ruedas.

En el tablero del elevador la vieja apretó uno de los botones negros, sin volver la cabeza para vernos.  Después, nos escudriñó de pies a cabeza con sus ojos rapaces, sin hacer nungun intento de saludarnos.

Crisálida aguardó a que abandonara el lugar para hundir una larga uña escarlata en el timbre del departamento 3, donde en un pequeño rótulo dorado se leía la palabra Conserge.

Un negro calvo y de uniforme azul marino y camisa gris la recibió, pelándole los dientes.

Yo estaba oculto en una de las columnas de la escalera que conducía al estacionamiento.

Después de aguardar un par de minutos, penetré a la oficina del conserje.

En un largo escritorio con plancha de vidrio reposaba un monitor de cincuenta pulgadas. Seguramente era el lugar de trabajo del policía voyerista. La pantalla emitía en pequeños recuadros los distintos lugares del edificio: la entrada al recibidor, la sección de buzones, el estacionamiento y distintos escenarios de la calle.

No tuve necesidad de hurgar mucho. Ahí mismo, bajo el escritorio, hallábase el CPU.

Rápidamente extraje el compact—disc y lo sustituí con otro que agarré al azar de uno de los cajones.

La pareja proseguía en el sanitario.

Los resoplidos agónicos del negro.

Los gritos sobredimensionados de Crisálida, lograban trascender.

Me encontraba menos tenso.

Todo había ocurrido sin incidentes. Sin embargo, al abrir la puerta casi me voy de nalgas. La anciana del bolsón estaba frente a mí con el ceño fruncido y una caja de comida china en sus rugosas manos.

—Está con su esposa —alcancé a balbucir con premura—, le sugiero que venga más tarde…

Los jadeos del negro alcanzaron los decibeles salvadores. La mujer, sin despedirse, dio un rápido giro y caminó de prisa en dirección al elevador. La seguí y no paré hasta llegar al estacionamiento.

En menuda bronca estaba metido.

HEMEROTECA: pro84

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