PADRE NUESTRO…

el infante portadaHuayacocotla es un pueblo frio, habitado por fantasmas. Su caserío se sumerge en un algodón de niebla. Imposible reconocer los objetos a dos metros de distancia.

En mi caso, siempre miraba sombras. Me guiaba por los olores y ruidos. Aprendí a identificar a mis semejantes por la forma de desplazarse y el fragor de sus pisadas.

Y cuando el verano disuelve aquel vaho mortuorio, el color de las cosas relumbra y enceguece. Entonces todos recobramos nuestra esencia de mortales y comprobamos que la risa posee dientes y las lágrimas, ojos.

    En los meses de octubre y noviembre, si mal no recuerdo, predominaban las penumbras y el miedo.

Mi tío Ramón Baca esperó la fecha indicada para cumplir sus amenazas.

El primero de noviembre, los lugareños se recogían en sus casas para reencontrarse con sus muertos y optaban por aluzar con cirios o veladoras sus altares poblados de vírgenes y santos.

Los muertos tendrían que ser alimentados y sahumados.

Durante el día, la mayoría de los pobladores se internaba en el cementerio y desyerbaba las tumbas y las cubrían con gruesos ramilletes de margaritas, alcatraces, rosas blancas, flores de cempasúchil y acacias. Niños y adultos con modestos ropajes lloraban y oraban por sus deudos ausentes.

Jamás faltaba el agua bendita y la música de viento.

  Durante tres días, de acuerdo a la tradición, los fieles difuntos abandonarían el sepulcro para vagar por el pueblo y en cada altar saborearían los platones de zacahuil, barbacoa de borrego, tortillas de maíz, mole de guajolote, arroz jardinado, chorizo de cerdo, salsa de cacahuate, mermeladas de durazno, pera o manzana; cemitas, fruta de horno y huevos duros de cócora o gallina de corral y beber aguardiente, agua de pozo, tequila, mezcal o cerveza clara.

Tres días de reencuentros y convivencia familiar.

    —Marcelino… Marcelino, levántate…

Escuché tras la puerta la rasposa voz del tío Ramón.

    Mi hermano descendió del camastro y corrió el cerrojo de la puerta. Desde mi almohada observé la enorme figura del tío, sin sombrero y con su inseparable jorongo blanco.

El tío Ramón tenía los ojos verdes, como canicas de esmeralda, y un cabello escaso y trigueño. Cuando se emborrachaba con brandy, su nariz sefardita tomaba una coloración sanguínea y el corazón se le ablandaba: nos regalaba dinero y cesaban los refunfuños y peleas verbales con los jornaleros y la tía Ana María.

La tejana era uno de sus principales distintivos y por lo mismo, esa noche me extrañó que no lo usara y tampoco oliera a destiladora de uva.

    —Agarren la lámpara sorda —dijo con voz imperativa—y van al panteón a recoger mi sombrero… Lo olvidé en la tumba de su abuelo Elpidio…

—¿Ahorita o mañana? —Marcelino intentó dominar el miedo para no alterarlo.

Le temía, como yo.

    —Ahorita, ahorita… y te llevas al meón de tu hermano, a ver si así deja de podrir las colchonetas…

    Marcelino no repeló y buscó la lámpara de mano. Llevaba tres semanas en Huayacocotla y estaba de paso. La madrina de nuestra madrastra logró convencer al obispo Pereira para que fuera aceptado en un seminario de Xalapa. Por lo pronto, estaría con nosotros tres o cuatro meses.

En botas de hule, poncho de lana cruda y sombrero de palma recorreríamos dos kilómetros de carretera para llegar al cementerio. Los perros no paraban de escandalizar al olernos y percibir nuestras pisadas.

Era casi la medianoche.

    Marcelino, a pesar de su corta edad —diez años— no evidenciaba flaqueza. Como sucede con los aguacates, los dos maduramos a golpes y en circunstancias difíciles.

De ahí nuestra rebeldía frente al autoritarismo de los adultos y el tío Ramón era su mayor exponente.

    —No llores, hermano —exclamó Marcelino al escuchar mis primeros lloriqueos—. El Diablo no existe, tampoco los fantasmas… Recemos el Padre Nuestro

Huayacocotla carecía de alumbrado público y la niebla obstaculizaba la caída de los rayos lunares.

    —No quiero ir, hermano…

    —Tenemos que ir, ¿o quieres que el tío nos castigue?

    —No…

    El tío Ramón utilizaba un fuete de cuero negro para doblegar voluntades. Marcelino era el más castigado por su carácter intransigente. En mi caso —y debo reconocerlo—, siempre estuve bajo la protección de la tía Ana María y nunca permitió los azotes en mi persona.

Marcelino, al percibir el mal humor del tío Ramón, siempre optaba por huir y refugiarse en el billar del tío Salvador Monroy. Ahí, jugaba ajedrez o carambola con nuestro primo Chava.

Padre nuestro que estás en los cielos… santificado sea tu nombre…

   Durante la caminata, una y otra vez apelamos al Padre Nuestro para evitar la cercanía del mal. Nuestras mentes infantiles creían en la fuerza protectora de aquel poema registrado por los escribanos hebreos durante los tiempos del nazareno llamado Jesús. La iglesia cristiana lo diseminó en todas las lenguas y en Huayacocotla lo recitábamos en castellano, otomí, tepehuano y náhuatl.

    De la mano de mi hermano, me abri paso entre la niebla y la oscuridad. Y así llegamos al viejo portón enrejado del cementerio.

Tengo aun grabada la imagen de aquella bocaza monstruosa que amenazaba con tragarnos.

El croaquido repetitivo de las ranas y sapos hicieron más tétrico ese momento. Sin embargo, nuestro temor al tío Ramón se sobreponía al de los muertos y fantasmas.

    —…Danos hoy el pan nuestro de cada día… y perdona a los que nos ofenden… no nos dejes caer

    Nos internamos en el cementerio y luego de cruzar innumerables tumbas con lápidas y cruces de cemento llegamos a nuestro objetivo.

Me ardía el rostro por las lágrimas vertidas y los mocos casi congelados.

La tejana del tío Ramón yacía sobre una losa de mármol rodeada de alcatraces y donde se resguardaban los huesos y la placa dental del abuelo Elpidio.

Marcelino agarró el sombrero y recuperamos nuestras pisadas. Yo no cesaba de tiritar y recitar el Padre nuestro.

    En el portal del cementerio, sobre el lomo de su caballo retinto, nos aguardaba el tío Ramón.

Reía.

Mi hermano le entregó el sombrero y en respuesta, nos regaló dos billetes de a peso.

    —Me gusta que sean hombrecitos —exclamó, aluzándonos la cara con una lámpara sorda y luego dirigiéndose a mí, advirtió—. Si sigue mojando la cama, lo vuelvo a mandar al panteón, pero sin su hermano…

HEMEROTECA: mexico traves de los siglos tomo 2

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