TINTA AMARILLA

Por Everardo Monroy Caracas

chacal portada3 DE MAYO/II

El sueño se negaba a llegar y opté por escribir un rato más. Algo tendría que salir y no me detuve hasta redondear la idea. Cerca de las cuatro de la mañana puse el punto final y anoté en la parte superior: “Primer sueño: Eréndira en Montreal…”

Y tal cual lo reproduzco:

El límite de nuestros actos empieza en el instante de auto valorarnos ante nuestros errores ocultos, no por los actos públicos que anhelaban favorecernos…

Eréndira intenta convencernos y bostezo. Hay tiempos para creer y ahora es distinto. El bar es muy pequeño y la cerveza abundante. Eréndira es de Las Flores, del norte caribeño. Durante la puesta del sol le gustaba bañarse en las aguas del rio Magdalena y nos lo describe sin ocultar su añoranza. Tiene cuarenta y tres años y aún conserva firmeza en sus carnes de mulata colombiana. Desde el 2006 vive en Montreal, por la estación del Metro McGuill, y limpia alfombras en la universidad de Concordia.

El destino es canijo: precisamente en Toronto tengo un amigo con una encomienda similar y se lo digo. Ríe con escandalo porque el alcohol la anima y habla y habla, en ese estado de euforia, propia de las mujeres de origen antillano. Hay algo de ella que me intriga: su desapego al dinero. No ha permitido que ninguno de sus acompañantes pague la cuenta.

Hemos ingerido cuatro jarras de cerveza clara, Pilsener, y está contenta porque el Ministerio de Inmigración y Ciudadanía le impidió ingresar a Canadá a su marido.

“Ese hijo de perra era un desobligado y golpeador”, comenta y vuelve a llenarnos los tarros.

La conocí en el centro comunitario del boulevard LaSalle, donde solicité apoyo para conseguir un empleo. Leía a Sartre en su lengua original y en una vieja edición de hojas amarillentas. La palabra La Nausée, en letras blancas, destacaba en la pasta, y el libro había sido impreso en 1938, en la Unión Soviética. Gallimard fue la empresa editorial que tenía los derechos. Le recité la introducción antes de abordarla: “Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos. Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado…”

Eréndira levantó la vista y me enfrentó:

“¿Perdón?”

“Me refería a La Náusea”, dije e intenté congraciarme. “Antoine Ronquetin es un absurdo y su ideología sin sentido se inscribe en la década de la confusión y los fundamentalismos suicidas. Sartre lo escribió entre la primera y la segunda guerra mundial”.

Eréndira cerró el libro y me aclaró que en realidad aquel volumen lo encontró en una de las aulas de la universidad McGuill, donde trabajaba.

“La verdad a mí no me gusta leer, sino bailar y conversar”, dijo y me estrechó la mano.

Fue así como nos conocimos y la charla pasó del existencialismo francés y los chismes políticos de Colombia y México, a la soledad obligada en Montreal. El estar sumergidos permanentemente en unos escenarios de trabajo continuo, mutismo obligado y búsqueda permanente de la felicidad. Después vendrían el intercambio de números telefónicos y el evocar, eso sí, algunas rolas inscritas en el vallenato, de Diomedes Díaz. El Cóndor Herido, Mi ahijado y Mi primera cana eran mis preferidas, le dije… y coincidimos. El amarillado libro de Sartre terminó en mis manos, pero Eréndira me pidió que intentara devolvérselo en castellano.

En nuestro reencuentro materialicé su deseo y de paso, le regalé un libro de cuentos de su paisano Gabriel García Márquez: La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada.

Lugui y Monserrat, compañeros de desvelo, tuvieron que retirarse del bar porque en dos días filmarían la protesta de un grupo de defensores de animales en contra de una pasarela de modelos con abrigos hechos a base de piel de castores y focas. El reportaje se difundiría en la televisora de la Universidad de Concordia. Así que tuve la encomienda de llevar a Eréndira en un taxi a su departamento de la calle Mansfield y prometerle que el siguiente viernes acudiríamos a la premier de una película mexicana: Días de Gracia que abordaba el tema del secuestro y la corrupción policiaca.

El reencuentro seria en el Cinéma Banque Scotia Montréal, de la calle Sainte-Catherine Ouest.

Y entonces la escuché recitar:

“El límite de nuestros actos empieza en el instante de auto valorarnos ante nuestros errores ocultos, no por los actos públicos que anhelaban favorecernos…”

La cita no era de Sartre, de eso estaba seguro, y al preguntárselo, su respuesta me obligó a reabrir el viejo libro que tres días antes me había regalado y que seguía intacto en el interior de mi mochila. Entre las páginas 78 y 79 estaba una fotografía de ella, de espaldas sobre un muro multicolor. Algún dejo de felicidad inoculaba su rostro, intenso y bien trazado ante el ojo del fotógrafo.

Y precisamente en la página 78 de La Nausée, resaltaba un breve texto subrayado con tinta amarilla:

“¿Cómo yo, que no he tenido fuerzas para retener mi propio pasado, puedo esperar que salvaré el de otro?”

HEMEROTECA:  mexico a traves de los siglos tomo 4

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