NI COMO LLORARLE

polvos ajenosHace dos semanas evoqué a un compañero de oficio, ya desaparecido físicamente: Jaime Murrieta Briones, el Arre Machos. Fue un personaje singular en una ciudad fronteriza singular. Al enterarme de su muerte no pude viajar a Ciudad Juárez —donde lo inhumaron—, porque en el 2011 radicaba en Canadá, como refugiado político.

Un amigo de Ciudad Juárez me recordó la fecha del deceso —11 de mayo— e informó que era ilocalizable en Internet una crónica de mi autoría, donde recordaba algunas anécdotas de nuestro colega periodista.

—Sería bueno que lo reprodujeras —me pidió—, porque en mayo recordamos sus siete años de ausencia.

Sin embargo, el texto mencionado estaba perdido, pero el sábado 6 de octubre logré recuperarlo. Lo tenía en un disco duro externo cargado de películas y libros que le regalé a una persona cercana.

El hallazgo fue circunstancial.

En mi afán de compartir la filmografía del director italiano Francesco Rosi, recibí el disco duro y al abrirlo me encontré con una carpeta de antiguos escritos míos.

Parte del texto alusivo a Jaime Murrieta lo utilicé en la presentación de una novela de ficción, Crisálida.

Aclaro que originalmente este trabajo iba a formar parte de un libro coordinado por un periodista juarense radicado en los Estados Unidos. El proyecto se pospuso y opté por reproducirlo en  el blog El Canto de la Beluga que fue cerrado por WordPress por no respetar ciertas reglas de autoría.

EL ARRE MACHOS

El 16 de mayo de 2011, por un problema renal, murió Jaime Murrieta Briones, conocido en el gremio periodístico como el Arre Machos. Tenía 55 años. Tuve el privilegio de trabajar a su lado en Ciudad Juárez, Chihuahua.

Durante más de 20 años fue el fotógrafo de la violencia.

Su cámara registró miles de cadáveres, delincuentes, policías y militares inmorales y parte de la arquitectura salvaje de una ciudad sometida por las maquiladoras, la miseria y el vicio.

Este es el testimonio que escribí sobre este singular personaje:

I

Luis Donaldo Colosio Murrieta tuvo un doble en Ciudad Juárez.

Michoacano, jalisciense o juarense… El gentilicio era lo de menos.

Sin embargo, tenían otras características afines: cabellera rizada y trigueña, tupido bigote, piel clara y rozagante y un humor ácido, a flor de boca.

Le rehuían a los quehaceres domésticos y su gusto por las mujeres era recurrente y embarazoso.

En Cuernavaca conocí al hombre que le proveía acompañantes de ocasión a Luis Donaldo, en su mayoría estrípers. En el caso de su símil, Jaime Murrieta Briones, el Arre Machos, casi todos los viernes, bajo el influjo de las caguamas y su vestimenta chera, seducía a mujeres cuarentonas o cincuentonas en los salones de baile, al ritmo de una banda duranguense.

Luis Donaldo era hombre de partido, empresario y ranchero, de Sonora. El otro, Arre Machos, pobre, semianalfabeto y un reportero gráfico de la violencia urbana de Ciudad Juárez.

 

II

El 23 de marzo de 1994, en el instante que descendía del avión comercial que me trasladó de la ciudad de México a San Francisco, escuché las palabras “asesinato” y “el candidato del PRI a la presidencia de la República”. Una mujer rubia, uniformada y que hablaba un perfecto castellano le hizo el comentario al agente migratorio que sellaba el pasaporte.

En la habitación del hotel donde me hospedé supe de lo que se trataba: un lugareño de Tijuana, Baja California, obrero de maquila, de 22 años de edad, le dio un balazo en la cabeza a Luis Donaldo Colosio Murrieta.

En esos momentos no se hablaba de un segundo tirador.

Intrigado hice una llamada telefónica a Cuernavaca y así obtuve más detalles del magnicidio.

 La noticia trascendió a través de la radio y televisión. Las imágenes obtenidas por un agente del Centro de Investigación y Seguridad Nacional, fueron retransmitidas una y otra vez hasta quedar impregnadas en el subconsciente del teleauditorio.

El evento de Lomas Taurinas, donde sucedió el atentado, era amenizado por el grupo Banda Machos, y en el momento del atentado se reproducía uno de sus éxitos musicales, La Culebra.

El mismo día, en Ciudad Juárez, el Arre Machos, dejó de regatear el costo de una fotografía que acababa de imprimir y clavó la mirada en el televisor del bar.

El periodista Jacobo Zabludovsky, en traje gris y corbata negra, informó del deceso:

—Lamento decirte Talina (Fernández), y a todo el pueblo de México, que la presidencia de la República confirma que ha muerto Luis Donaldo Colosio, el candidato del PRI a la presidencia…—el conductor de noticias guardó silencio unos breves segundos, y añadió sin soltar un manojo de cuartillas que traía en la mano derecha—: Es poco lo que se puede agregar en cuanto al dolor que esto nos causa a todos los mexicanos. Un hombre bueno, entregado al servicio público, con vocación de servir, joven con cuarenta y cuatro años de edad, que trataba de convencer a la mayoría de los mexicanos para que lograran asumir mayor responsabilidad con el objeto de vivir mejor, ha sido asesinado de una manera artera y cobarde…

Arre Machos dejó de atender el televisor y solicitó la paga de la fotografía. Una pareja de enamorados había requerido sus servicios y les cobraría veinticinco pesos. Los tres se encontraban en un bar de la 16 de Septiembre y Lerdo de Ciudad Juarez.

—Le partieron la madre a tu gemelo, mi Murrieta–— exclamó una de las mujeres que atendía la barra.

—Yo trabajé con él en Jalisco, cuando estaba en el PRI— murmuró el Arre Machos.

Nadie le creyó.

La anécdota de cómo se enteró del magnicidio, lo escuché de la propia boca de Jaime Murrieta.

 

III

En junio de 1999, después de convencer a su casero para que me rentara una habitación, lo invité al bar donde, seis años antes, sobrevivía vendiendo rosas y tomando fotografías instantáneas con una cámara Polaroid.

El Arre Macho era de corazón indulgente y estómago traicionero, porque cuando le acicalaba el hambre era capaz de vender el alma de su mejor amigo.

Su espíritu errabundo lo arrinconó en Ciudad Juárez, un asentamiento urbano cargado de vicios y desmadre.

Cuando lo conocí, frisaba los cuarenta años y era reportero gráfico del periódico El Diario, uno de los tres de mayor circulación en el municipio. Su encomienda laboral era tomar fotografías de los ejecutados, detenidos y lesionados.

Tenía la guardia nocturna, que empezaba a las seis de la tarde y terminaba a las dos o tres de la mañana. Jamás se despegaba de la cámara y un radio escáner con las frecuencias de las policías preventivas y ministeriales.

El mote del Arre Machos se lo ganó a pulso. Cuando arribaba al lugar donde se realizaba el levantamiento de algún cadáver comúnmente gritaba:

¡Arre Machos, ya está aquí!

Y a la par, daba unos cuantos pasos de quebradita, tarareando alguna de las cumbias pegajosas del grupo Banda Machos.

Por ese comportamiento, personal forense, empleados de funerarias y agentes ministeriales empezaron a llamarlo Arre Machos. El sobrenombre se viralizó entre sus compañeros de oficio, y me incluyo. Solo una semana —en la primera de haberlo conocido— lo llamé Señor Murrieta.

 

IV

La Culebra, que es una de las composiciones de Banda Machos, que es originaria de Villa Corona, Jalisco, fue la clave para que ejecutaran a Colosio— me dijo el Arre Machos.

–Ah, cabrón, cómo está eso… —ironicé mientras nos dirigíamos en su automóvil al Distrito Guadalupe, donde la policía por radio reveló la presencia de dos cadáveres, en una acequia que irrigaba unos cultivos de algodón.

—La señal para darle el balazo era precisamente cuando se escuchara: Ay, si me muerde los pies / Yo la quiero acurruñar si me muerde los pies / Yo la tengo que matar. Y madres, en ese instante Mario Aburto sacó su revólver .38, una Taurus brasileña, y le dio en la madre al candidato…

—Está buena esa jalada para un cuento—dije.

Los fiambres del sexo masculino, ya apestaban. Los habían encostalado y uno tenía entre los dedos de la diestra una cachucha de beisbolista.

El perito informó que los ahorcaron, después de ser torturados.

Murrieta tomó una docena de gráficas y aguardó a que yo recabara todos los datos posibles.

De regreso a las instalaciones de El Diario, ubicadas en la avenida Paseo Triunfo de la Republica, me comentó:

—Te voy a presentar a un putito que quiere ser mujer y va a vivir con nosotros. Trabaja en una estética y los fines de semana se disfraza de Alicia Villarreal, la del grupo Límite, y participa en un travesti show, en un centro nocturno de la avenida Hermanos Escobar.

 

V

La casa donde vivíamos tenía una sala espaciosa con muebles lustrosos de mugre, cuatro recámaras y una cocina-comedor con un ruidoso refrigerador que amenazaba surcar por los aires.

El dueño era un farmacéutico septuagenario y cobraba 300 pesos al mes por habitación.

Una plaga de cucarachas se había apropiado de la estufa y toda la estantería escasa de alimentos. Por las noches, aquel enjambre de pequeñas orugas de caparazón color tierra, deambulaban en masa por todos los rincones de la vieja casona. Una desgarrada playera de basquetbolista impedía su internación a mi recamara, al bloquear la ranura inferior de la puerta.

En el mismo inmueble convivíamos dos reporteros de El Diario y el hijo de un juez ciego. La noche del 24 de diciembre de 1999, peritos del departamento forense sacaron de su cuarto al junior, hecho un fiambre, víctima de las drogas e hipotermia. Había mezclado anfetaminas con vodka y dejó abierta la ventana. El clima estaba a cinco grados bajo cero.

El farmacéutico me regaló sus libros que había acumulado al atender una librería, propiedad de un hermano.

El comportamiento de las cucarachas siempre me recordaba ciertas zonas ampulosas de Ciudad Juárez.

 

VI

El Arre Machos era un  experto conocedor del bajo mundo de ese asentamiento fronterizo.

En una ocasión me llevó a un bar donde la clientela masculina no necesitaba ir al baño para orinar. En la parte baja de la barra metálica construyeron una canaleta con agua corriente y en ella descargábamos la vejiga sin inhibirnos ante la presencia femenina.

Las mujeres, con sus mejores ropas, estaban ahí para divertirse, enganchar un galán ocasional o ganar un poco de dinero, porque la mayoría trabajaba de operadora en la maquila. Pagábamos cinco pesos por pieza bailada y la rocola jamás dejaba de funcionar durante la noche.

La cerveza caguama tenía un costo de diez pesos e iba acompañada de dos vasos desechables. En el salón no había mesas, solo una hilera de sillas pegadas a los muros.

El calor era tan sofocante que los enormes espejos de la barra, en forma de herradura, sudaban y reflejaban figuras surrealistas.

El nuevo inquilino de la casona, Cristal —como se autobautizó—, se sorprendió al internarse en aquel salón de baile, donde cada fin de semana acudía el Arre Machos.

El propósito de la visita fue el presentarlo al propietario, un italiano calvo mal hablado, y, de ser posible, dar su espectáculo como Alicia Villarreal del grupo Límite. Hacia fonomímica bajo la apariencia de la solista regiomontana: sombrero norteño, falda corta con olanes, chaleco dorado y cabellera rubia con dos trencitas a la altura de sus senos postizos.

—Yo no doy dinero —dijo el italiano—, sólo presto el local y que los clientes paguen una especie de cover.

A Cristal no le interesó el trabajo y continuó actuando en el centro nocturno de la Avenida Hermanos Escobar.

El farmacéutico le proporcionaba las hormonas femeninas para aflautar su voz y perder vello del rostro y cuerpo.

Cristal se injertó implantes de silicona en los pectorales y posteriormente, un cirujano plástico de El Paso, Texas le practicó una rinoplastia y la reasignación de sexo. El Arre Machos dejó material fotográfico de su transformación de hombre a mujer. Su propósito era vender las gráficas a una revista estadounidense.

Nunca conocí a detalle el desenlace de esa historia.

En mis libretas personales aún guardo varios apuntes de una novela inconclusa que titularía Crisálida. Incluso, le regalé la sinopsis de tres cuartillas a uno de los directores editoriales de El Diario.

—¿Y qué fue de Cristal, Arre Machos?–le pregunté a finales de noviembre de 2004, antes de internarme a Canadá.

—Es una hembra muy atractiva y parece que se juntó con alguien de El Paso…

En ese breve encuentro, detecté que el Arre Machos ya no era el mismo bohemio energético.

Nuestras correrías por las sucias arterias y los laberínticos barrios hacinados de Ciudad Juárez, apenas se interconectaban en nuestros recuerdos.

Había viajado a la capital del Estado —Chihuahua— para arreglar unos documentos en la inmobiliaria que le vendió su casa, en un fraccionamiento adyacente al aeropuerto internacional. Trabajaba aun en El Diario, pero me confió que le había perdido la confianza a la empresa de Osvaldo Rodríguez Borunda. Presionaban mucho a los reporteros gráficos y el dinero que recibía era insuficiente ante el descuento mensual del vehículo y la casa.

Lo noté más avejentado.

 

VII

—Oye cabrón, nunca me confiaste de dónde eres originario —le reclamé al término de la cuarta cerveza.

—De Jalisco…

—No que de Michoacán, de donde es Juan Gabriel…

—Ni madres, de Jalisco… —y la carcajada fue ruidosa.

Sin embargo, me hizo una confesión:

—Mi padre nunca me quiso y vengo de una familia muy pobre. Cuando nací me estaba muriendo y me dicen que cabía en una caja de zapatos…

A los diez años de edad optó por apropiarse de las calles y empezó a recorrerlas en absoluta soledad. Así creció, fortaleció sus sentidos de sobreviviente y aprendió varios oficios: chofer, pintor de brocha gorda, ayudante de albañil y fotógrafo.

 

VIII

Por su propia naturaleza silvestre y ser enemigo acérrimo de los libros, Arre Machos despertaba compasión y solidaridad a primera vista.

Los policías y sus compañeros de oficio continuamente eran presa fácil de sus actitudes pedigüeñas.

—Veinte pesos, nada más veinte pesitos necesito —demandaba y no faltaba una alma caritativa que escuchara sus ruegos.

Tenía la sangre liviana y mucha originalidad en sus chascarrillos picantes, de doble sentido.

Sus fotografías registraron el lado oscuro y violento de Ciudad Juárez.

En su recámara guardaba miles de rollos de negativos y graficas impresas, donde aparecían cadáveres en todas las posiciones inimaginables.

Durante una borrachera tuve la paciencia de atisbarlas y horrorizarme ante le descripción física de la muerte. Hombres y mujeres de todas las edades, inermes, inmersos en sangre y ropajes rasgados. No faltaban las jovencitas violadas, asesinadas y semienterradas en el desierto.

El archivo fotográfico del Arre Machos terminó en manos de un corresponsal del periódico Milenio en El Paso, Texas.

La prensa nacional e internacional adquiría material gráfico para enriquecer sus reportajes sobre los feminicidios o ejecuciones de narcos en Ciudad Juárez. Del dinero obtenido, un porcentaje terminaba en manos del fotógrafo. El Arre Machos cada fin de semana cruzaba el puente fronterizo para intentar obtener sus regalías y entregar más imágenes de cadáveres.

 

IX

—Y la fotografía del empleado de la farmacia que defecó cuando lo asaltaron, ¿aún la conservas? —le recordé en nuestro último encuentro.

—Se vendió… Me dieron doscientos pesos por ella…

Nos reímos al evocar ese momento.

Me tocó cubrir la noticia del asalto, en una farmacia de la calle Acacias, dentro del corazón de la ciudad. Llegamos al lugar antes que la policía y al abrir la puerta oteamos un fuerte hedor a mierda. El Arre Machos, como era su costumbre, empezó a soltar flashazos y al preguntarle al dependiente sobre lo ocurrido, apenas pudo articular palabra. Estaba paralizado, cadavérico, y el Arre Machos supuso que lo habían herido por la enorme mancha cafetosa que resaltaba en la parte trasera de su bata otrora inmaculada.

—¿Estás sangrando? —inquirió el Arre Machos sin dejar de consignar con la lente las huellas de la violencia.

—No… no… es que me cagué…

La crónica del asalto e infortunio del empleado fue publicada en El Diario. La gráfica, tan original por la expresión de miedo, vergüenza e impotencia de la víctima, terminó en el archivo personal del fotógrafo. En realidad, el Arre Machos le vendió el negativo y le hizo creer que no se la entregó a la empresa para evitar el escarnio de sus familiares y amigos. El tipo le creyó y aceptó el intercambio.

 

X

Después de despedirnos y alejarme del estacionamiento del bar Taurus, a dos manzanas de las instalaciones de El Diario de Chihuahua, observé al Arre Machos inclinado, frente uno de los neumáticos de su automóvil. Su delgadez denotaba cansancio e imaginé que jamás volvería a verle con vida. Atrás quedarían nuestras incursiones en territorio juarense o en los salones de baile donde acudían mujeres otoñales en busca de carne joven.

En esos encuentros nocturnos, el Arre Machos se disfrazaba de chero: cinturón piteado, botas vaqueras de piel de lagarto (o de tuano, como siempre nos albureaba), camisa negra con estampados dorados y pantalón de mezclilla ajustado, desnalgado, y sombrero norteño, a la cowboy. Casi infartaba a las damas cuando bailaban quebradita duranguense.

Los viernes por la noche, de no tener guardia en el periódico, difícilmente abandonaba las pistas de baile antes de las tres de la mañana.

 

XI

Muchos de mis éxitos periodísticos los obtuve con su ayuda.

Por esa razón, me indigné al enterarme de la golpiza que recibió de agentes ministeriales durante la noche del 5 de septiembre de 2006.

Una semana antes de ese incidente,  me reencontré en Toronto con Hugo Cevallos Arriaga, un empresario textil y encuestador profesional del Estado de México.

En 1994 colaboró en las campañas preelectorales de varios candidatos del PRI del estado de Guerrero. Le comenté sobre la existencia del Arre Machos y su gran parecido físico con Luis Donaldo Colosio. Quiso conocerlo.

Durante un par de años, Hugo trabajó con Luis Donaldo en sus tiempos de presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI y me reveló algunas de sus aficiones:

—Le gustaba relacionarse con estrípers y me hice de un directorio de las principales casas de citas. Luis Donaldo no era mala persona, tenía sus necesidades de hombre y amaba entrañablemente a Diana Laura, una mujer frágil y enferma. Sus más allegados colaboradores lo sabían.

En el caso de Murrieta, el de Jalisco, Michoacán o Juárez, sus mujeres las obtenía en bares, gracias a su habilidad de bailador. Así conoció a la que sería su esposa, una obrera de maquiladora y madre soltera. Su hijastra lo hizo abuelastro…

—¿Y sigue en El Diario? —me preguntó Hugo.

—No, dicen sus compañeros de trabajo que el dueño del periódico lo abandonó a su suerte, después de la golpiza que recibió el  5 de septiembre…

Uno agentes judiciales, en plena juerga callejera, descargaron su ira contra tres reporteros gráficos que registraron lo ocurrido. Eran las diez de la noche. Los fotógrafos de El Vespertino PM, Eugenia Cisero y Aurelio Suárez y el de El Diario, Arre Machos, tras tomar sus instantáneas, fueron vapuleados y despojados de sus cámaras. La periodista estaba embarazada y los tres fueron hospitalizados.

El parte del médico legista consignó:

 “Jaime Murrieta Briones presentaba el párpado superior izquierdo con hematoma y escoriación, policontundido, herida superficial, hematoma en labio superior, cuatro heridas en región occipital parietal, traumatismo nasal, además de que refería dolor en arcos costales izquierdos 7 y 8, hombro izquierdo, espalda, región lumbar y miembros pélvicos, lesiones que no ponen en peligro la vida, tardan en sanar más de 15 días y pueden dejar problemas respiratorios como consecuencias médico legales”.

El Arre Machos nunca contó con el apoyo legal de la empresa periodística donde laboraba. Únicamente recibió atención médica en un hospital público, el del Instituto Mexicano del Seguro Social.

 

XII

El 14 de octubre de 2010, un ex compañero de El Diario me informó, a través de Facebook, que el Arre Machos estaba grave, ya en fase terminal. Su esposa e hijastros recurrían a la generosidad de los amigos y conocidos para allegarse de recursos económicos.

Sus riñones ya no le respondían y el fatal desenlace era inminente.

El dueño de El Diario nuevamente le dio la espalda. Por desgracia así funciona la relación obrero-patronal en la prensa. Los editores extraen todo el jugo posible de su talento. Ya avejentados, consumidos por el alcohol, las drogas o las lesiones obtenidas por ejercer su oficio, terminan olvidados por la sociedad y empobrecidos.

—Cuando te mueras, pinche Arre Machos –bromeó en una de las tantas farras Lucio Soria, otro excelente reportero gráfico de El Diario–. Solo te vamos a enterrar la cabeza para ahorrar dinero… Por meco y latoso…

Jaime Murrieta Briones, el Arre Machos, siempre será recordado como un buen amigo, un periodista nato, audaz, sin convicciones políticas, pero firme en su propósito de consignar hechos con su cámara que aún nos horrorizan: las ejecuciones entre narcos y los feminicidios de Ciudad Juárez.

Ni como llorarle…

VIDEOTECA:

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