LA PETITE ITALIE

la dama2

¿Que qué hago ahora aquí y desnuda sobre la cama?

Simplemente luchar para no hundirme en la depresión y acabar cancerosa y decrépita.

No he querido juntarme con un hombre para evitar el amarre al desamor y los celos.

Tener el cuerpo de una rumbera de los años cincuenta genera contratiempos.

En invierno disimulo los contornos de la carne y en verano el acoso sexual es permanente.

En Montreal, la mujer enfrenta la misma violencia de género que en cualquier país latinoamericano.

Me siento violada cada vez que los hombres me siguen con su mirada encendida y pegajosa.

Odio el sostén. Por desgracia, el grosor de mis pezones difícilmente logra ocultarse tras la tela.

Tengo el mismo problema con el trasero, las caderas y las piernas.

Los piropos arrecian. Las invitaciones a bares y restaurantes son recurrentes y molestas.

Quiero hablar del presente.

No es fácil deambular por la isla, sin tener certidumbre migratoria.

Desde el 2008 vivo en Canadá. Leonardo prefirió retornar a México y abandonarme.

Ahora lo entiendo.

En la actualidad tiene sesenta y dos años y una familia decente y religiosa. Esas fueron sus palabras.

 En mis brazos solo encontraba placer, encono y celos enfermizos.

Nuestro permiso de estadía en  Canadá —y en calidad de turistas—, fue de seis meses.

Después de ese lapso, optamos por la clandestinidad. En mi caso, tuve que apoyarme en mi cuerpo para no visibilizarme ante las autoridades migratorias.

El poco francés que aprendí ha sido de mucha utilidad.

Un paralegal me recomendó solicitar refugio político o casarme para aprovechar los beneficios asistenciales que aporta este país de treinta y cinco millones de habitantes.

—Es usted muy hermosa y fácilmente puede encontrar un sponsor que le de la ciudadanía —sugirió el paralegal con cara de simio.

Me opuse a la idea.

He tenido la oportunidad de intimidar con algunos hombres y la experiencia ha sido letal.

Mi condición de ilegal me vuelve vulnerable. Estos cabrones lo aprovechan para intentar someterme y convertirme en su esclava sexual.

La mayoría de los viejos son apestosos, maniacos y cuenta chiles.

Preferí buscar un departamento para solteros, que en francés llaman célibataire y en inglés, bachelor.

Pago quinientos cincuenta dólares mensuales y uno de mis clientes, Hubert Caron, es jubilado, labora como conserje del edificio y vive con su esposa de ochenta y tres años. Por su generosidad y el despertarle la libido, obtuve el contrato de arriendo. Nadie me molesta.

De jueves a domingo doy servicio sexual a domicilio, en el mismo edificio donde radico.

Mis cinco clientes, entre ellos Hubert, me permiten allegarme de dos mil dólares mensuales.

Todos tienen familia. Por lo mismo, evitan hacer pública su relación con una prostituta de mi calibre.

El barrio La Petite Italie es muy tranquilo. La mayoría de los vecinos son italianos y portugueses.

—¡Belle femme! —me grita, todas las tardes, el viejo Lombardo Quattrocchi, tras la barra de su carnicería.

Una vez por semana me hace sexo oral y dejo que acaricie mis chichis a cambio de surtirme el refrigerador con los mejores cortes de carne de res y cerdo.

Lo mismo ocurre con el tendero Bruno Racano y el propietario de la tienda de ropa La Cour Impériale, Lodovico Umana.

No permiten que me falten verduras, huevos, leche y elegantes vestidos, blusones, abrigos, pantaletas y zapatos. Son viejos simpáticos, correosos y muy calientes.

Mis encuentros de cama tienen lugar en los moteles de Laval, alejados de sus familiares y conocidos.

Por supuesto, también pagan mis servicios sexuales con dinero. Lo hacen en el instante de abandonar la habitación.

Les doy un trato de reyes, como lo hacen las jineteras cubanas con los turistas de la Habana y me alejo de su entorno social para no incomodarlos ante su familia.

Una vez por semana las vituallas llegan a mi departamento.

Nuestros encuentros sexuales son contactados por vía telefónica.

—¡Que se joda! —proferí sumida en llanto al ser abandonaba por Leonardo.

En esos instantes  era rehén emocional de otra persona. No comprendía el valor de la libertad e independencia.

No me importa envejecer como una puta solitaria, sin patria, mientras los tiempos amargos queden sepultados en San José de la Parrilla, donde el padre de mi hermanastro, Agustín Cernades, me desvirgó con violencia y cobardía. Era yo una adolescente y amaba a mi familia…

HEMEROTECA: TvNotas – 2 Octubre 2018

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s