NI PARA DONDE CORRER

Por Everardo Monroy Caracas

polvos ajenosNi para donde correr.

Los anaqueles de todo el Centre Eaton presentaban lo mejor de la temporada y cada corazón rojo adherido en los aparadores y muros intentaba recordar la fecha. Era el día propicio para convalidar empleo y amoríos. El detalle ayudaba a encontrar el obsequio apropiado. Por ejemplo, tras la gruesa vitrina con cristales antibalas, sobresalía, en su estuche de terciopelo escarlata, un enorme diamante azul incrustado en una ancha banda de oro blanco de dieciocho quilates.

Una auténtica excentricidad, algo hollywoodense.

Bertrand Rudel-Tessier sonríe y su cara deslavada intenta conservar la inocencia de un sacerdote de campiña. Utiliza la escalera eléctrica para ascender a la tercera planta y evocar su breve diálogo con la atractiva empleada de la joyería.

—Quince millones de dólares y es similar al mismísimo diamante que James Cameron utilizó en la película Titanic

—Me gustaría el collar tailandés con zafiros, como el Blue belle

—Es posible que la próxima semana nos llegue una réplica exacta del reloj Chopard con sus ochocientos setenta y cuatro diamantes y oro dorado de primerísima calidad.

—Los suizos no se miden, preciosura…

—Le concedo la razón, caballero…

Tenía su parte agradable el haber alquilado en cincuenta dólares un esmoquin con calzado brillante y corbatín de seda. En su caso, echaba por tierra aquello de que el hábito no hace al monje. Nadie podría dudar de su apariencia caucásica y menos con sus fulgurantes pupilentes azul turquesa.

Incluso, estaba consciente que en esa fecha, domingo 14 de febrero, ninguno de sus compañeros de la fábrica o vecino de la Hochelaga incursionaría en la plaza comercial. La mayoría intentaba sobrevivir a la resaca después de la loca fiesta sabatina o, en esos momentos, estaba arrodillado y con los brazos en alto ante su pastor o líder espiritual.

La caza rendiría sus frutos de no impacientarse.

En la lujosa sucursal parisina L’Artisan Parfumeur tuvo la oportunidad de poner a prueba su nueva característica de gentleman. Una dama ataviada con un costoso abrigo de plumas y un ajustado pantalón blanco de cashmere que hacia resaltar el contorno de sus piernas, lo observó con detenimiento al cruzar la puerta de cristal y resonar la campanilla de alerta. Fue recibido por un amanerado empleado de cabello relamido, camisa blanca, corbata roja y mezclilla negra.

—Bonjour, caballero… ¿Algo en particular?

—Me quiero dar un lujo…

Número uno de Clive Christian —sugiere la dama y le guiñe un ojo.

El empleado retoma lo dicho y ataca.

 En un asiento de sándalo es pródiga la naturaleza florar, según repite. Desde aceite de cardamomo y vetiver, hasta esencias de lirio, jazmín, corazón de rosa y orquídeas.

Sin embargo, aquel mágico frasquito triangular con cincuenta mililitros de un líquido semejante a orines, tenía un costo promocional de mil dólares americanos.

—El envase es de cristal de plomo con un diamante en el cuello, monsieur

Bertrand Rudel-Tessier no ocultó su admiración al comprobar el alcance de su nueva vestimenta. Tuvo un trato preferencial y hasta degustó una copa de champagne mientras recorría la lujosa estancia cargada de espejos y distintos poliedros de cristal cortado.

 Las siete personas acodadas en el mostrador —entre ellas la dama del abrigo de plumas—, intentaban allegarse de las finas fragancias embotelladas y bajo una marca especial y costosa. Jean Patou y Chanel predominaban en su gusto.

El empleado de la zapatería no pudo sustraerse en su nuevo papel de millonario o semejarse a la hermosa prostituta de Desayunando en Tiffany, inventada por Truman Capote. De haber conocido a Holly Golightly, pero en el cuerpo de Audrey Hepburn, la experiencia hubiese sido inolvidable, sin pensarlo dos veces.

VIDEOTECA/Audiolibro:

 

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