EL ENCUENTRO

el infierno de gaalia3

La entrevista con Luc Tremblay le impidió dormir lo necesario. No quiso hablar con Paul, menos con su hija. Preparó un mojito e intentó leer los periódicos. Imposible. Los abandonó al pie de la cama, al recordar su encuentro con el Primer Ministro de Quebec.

El regalo —un sobre tamaño carta— truncaba su pretensión de dar la batalla abierta en la francesación. Los centros de enseñanza para adultos, dependían de su ministerio.

No podría despedir a los maestros, sugerido por Tremblay.

—Minan la influencia del quebequés separatista ante el alumnado, el magisterio y el personal administrativo —advirtió el Primer Ministro.

Catherine  conservaba una buena figura, trabajada en el gimnasio.

No consumía carnes rojas y grasa animal.

Le gustaba desplazarse desnuda y descalza en su departamento de Westmount.

La ansiedad le provocó apetito, pero prefirió beber ron con yerbabuena, cocacola, hielo, azúcar y agua mineral.

No molestaría a la trabajadora doméstica.

Emily descansaba en el basement. La filipina llevaba tres años a su servicio. Estaba consciente que podría disponer de ella las veinticuatro horas del día.

No solo los judíos canadienses gozaban de ese privilegio.

     —Seguir en esa absurda ruta ideológica lo único que va a provocar es más violencia y desempleo, Catherine —insistió Tremblay—. Quebec depende de la inversión privada y en su mayoría es inglesa.  Hablamos de trescientos mil billones de dólares y es lo que representa nuestro Producto Interno Bruto y solo en bienes y servicios. ¿Entiendes lo que te digo?

     El encuentro se realizó en uno de los vetustos salones del  Hôtel de Ville: sede del gobierno municipal de Montreal.

Tremblay portaba sus inseparables tenis Footjoy y un traje de algodón soft swing, rojo y de mangas largas.

El portabolas de piel de alce, la gorra y los palos de golf descansaban en uno de los sillones estilo medieval.

     —No es asunto mío, Luc… Tienes que hablar con Geogetto…

     —Geogetto no escucha, porque se siente un ganador y no le quito ese mérito, pero te busqué a ti porque eres sensata y algunos nacionalistas te escuchan…

     Tremblay estaba de pie. Catherine, en el diván pegado al balcón. Desde ahí visualizaba algunos aspectos de la calle de Notre-Dame, el rio Saint Lawrence y la casona marmórea convertida en el museo Château Dufresne.

Le sabía a cicuta el vino tinto uruguayo.

¿Don Pascual Tanat?

Calaba la mirada inquisidora del interlocutor, su antiguo jefe en la Asamblea Nacional.

Catherine intentó lanzar la bola hacia la cancha de sus adversarios:

—El Partido Liberal no hizo lo correcto para evitar el deterioro de sus gobernantes y no lo digo a nombre de mis colegas.

Tremblay la devolvió con mayor contundencia:

—En el municipio de Montreal, para darte un simple ejemplo, los setenta y tres concejales representan a los partidos políticos o sus tendencias ideológicas y los Nacionalistas no se sustraen a esa verdad palpable. ¿Tú crees que el alcalde o todos sus directores o subdirectores eran ajenos a lo que ocurría? Hay mucho dinero metido en la obra pública que nos rebasa a ti y a mí e incluso, al propio Geogetto Burns, aunque le tenga repulsión a la lengua de la monarquía inglesa.

     Las palabras de Tremblay no trastocaban su visión de las cosas.

Catherine no había participado en el trasiego de los intereses económicos y políticos de sus adversarios.

Era problema de los diecisiete alcaldes y concejales de la provincia. Cada funcionario tendría que asumir su responsabilidad histórica y pagar las consecuencias penales o políticas.

Geogetto, a pesar de ser diputado y servir al gobierno de Montreal, jamás estiró el brazo o abrió la mano ante el poder corruptible del crimen organizado. Estaba segura.

Cuando Diódoro pidió, a través de un correo electrónico, que se reuniera con Tremblay, lo hizo con el único interés de sondearlo y entender hasta donde le afectaría ese asunto, cargado de inmoralidad administrativa.

El Primer Ministro tenía la suficiente autoridad legal y política para citarla en su casa o en el edificio Honoré-Mercier de Quebec.

Por los momentos políticos vigentes, prefirió viajar a Montreal y tener el encuentro en la sede del gobierno municipal.

Y Tremblay lo pensó al instante del saludo:

No hablaré con la ministra de Inmigración y Comunidades Culturales, sino con Catherine Pearcen, la pupila y el caballo de Troya en las filas de los nacionalistas separatistas.  

 —Por cierto —dijo Tremblay sin soltarle la mano—, tengo algo para ti y ya puedes dormir tranquila. Clinton. Me lo entregó personalmente, porque le dije que te buscaría…

     Catherine tomó el sobre blanco, sin remitente.

No pudo controlar sus nervios al recibir el beso de despedida en la mejilla y alejarse con pasos firmes, sin volver la cabeza.

Era un domingo fresco, sin sol, muy concurrido.

El corazón de la ciudad transpiraba poca humedad y demasiado barullo.

La rutina diaria: automotores y transeúntes iban hacia adelante, sin retroceder.

Prefirió regresar al departamento en taxi.

Y no tuvo ánimos de conducir el Audi, regalo del padre de su hija, en su 56 aniversario.

Le calaban las palabras de despedida del Primer Ministro:

     —Tienes futuro, no lo derroches en broncas de titanes… Apártate y deja que Geogetto y los liberales resolvamos nuestras diferencias.

     Lo conoció en 1985, al concluir sus estudios universitarios. El encuentro fue en las oficinas de la Asamblea Nacional. Sin inhibirse le solicitó trabajo.

Nunca imaginó que al aceptarla en su equipo, fue investigada. No pudo evadir su pasado de colaboradora del Frente de Liberación Quebequense, el FLQ.

El informe escrito, elaborado por personal del Ministerio de Seguridad Publica, lo relacionaba con los hechos sangrientos de octubre de 1979.

Catherine se alarmó.

Y supuso que los familiares y amigos de Paul Laporte se le irían a la yugular, antes de exponer sus razones.

Un integrante de la célula Chénier —nombrada en honor al patriota quebequés Jean-Olivier Chénier—, le había confiado parte del operativo.

Y por no denunciarlo, indirectamente avaló el secuestro y la ejecución del Ministro de Inmigración y Trabajo.

     El sabor amargo del vino uruguayo seguía presente.

Catherine optó por intentar combatirlo con un tercer mojito.

No tuvo deseos de intimidar sexualmente con Philippe Luçon, el prostituto congoleño que contrataba dos veces por mes. Radicaba en Toronto.

El lunes hablaría con Geogetto y le informaría de su encuentro con Luc Tremblay.

—Los separatistas tarde o temprano tendrán su primavera y quiero que tú estés ahí para vivirla— le sugirió Tremblay.

Nunca imaginó que su protector tendría que enfrentar el descredito y el miedo a ser asesinado o encarcelado por sus socios o detractores.

Tremblay estaba por descender al infierno del poder: ser consumido por los dolorosos rigores del invierno político.

Catherine no deseaba unirse en su caída.

HEMEROTECA: Como mueren las democracias – Steven Levitsky

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