NUEVA PRISIÓN

el infierno de gaalia2

Moisés Estrada escribe en su libreta (Nota: el editor corrigió sintaxis y ortografía):

El primer día de clases en el Centro de Educación para Adultos Marie Curie.

El ambiente es carcelario.

Un policía de mirada escrutadora, armado y en uniforme azul plumbago, escudriña a cada alumno que cruza la puerta principal.

La sala de recibimiento cuenta con dos decenas de asientos empotrados al piso.

Una mampara aparece al fondo, del lado izquierdo, bordeando un corto pasillo que conduce a las escaleras de ascenso-descenso y a las tres plantas del viejo edificio: un cubo gris carcomido por el olvido.

En la planta baja se encuentran las aulas  —treinta o cuarenta—, las oficinas administrativas, el gimnasio, el salón de actos y el comedor, administrado por una empresa privada.

     Mi nueva prisión, pienso.

     Intento entender aquel embrollo burocrático para hallar el aula asignada, donde me impartirán las clases de francesación.

Las consignas impresas, en verbo imperativo, nada significaban a pesar de mi curiosidad.

En un largo rectángulo de fibracel, adherido en uno de los muros, aparece la lista de los alumnos aceptados en el centro comunitario. Yo soy un iniciado en la lengua galesa. Por lo tanto, mi nombre tendría que aparecer en alguna parte de aquellas sábanas de papel.

    Y así fue.

    Mi maestro titular seria Shou Liping, de padres chinos.

Tendría que presentarme en el aula 102 del primer piso.

 De los veintidós alumnos registrados para el grado uno, cuatro éramos hispanoparlantes.

Faltaban veinte minutos para iniciar la clase.

Sin evidenciar ansiedad, logré ubicar el lugar donde asistiría de lunes a viernes y durante doce semanas.

De ocho quince de la mañana a tres treinta de la tarde y  con dos recesos: uno de quince minutos, después de las diez quince, y otro de una hora, a partir de las doce treinta.

El parloteo de los recién llegados me era ajeno e inentendible.

Rusos, ucranianos, búlgaros, africanos, árabes, caribeños, indianos, pakistaníes, filipinos, vietnamitas, chinos, brasileños, etcétera invadieron los pasillos y las escaleras, antes de ser tragados por las aulas y quedar bajo la absoluta autoridad de su maestro o maestra.

     La primera palabra que escuché y me intrigó fue Bonjour y  empezó a ser viralizada entre la mayoría de alumnos:

     —Bonjour… Bonjour… Bonjour… Bonjour…

     Después me enteraría de su significado: hola o buenos días.

Y a diferencia de las costumbres de mi país de origen, México, la palabra podría ser utilizada desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde.

El ¿ça va? o el comment allez-vous también se convertirían en palabras usuales con el transcurrir de los días. Era una manera de decir ¿Estás bien? o ¿Cómo estás? que la mayoría de los alumnos, y me incluyo, utilizábamos para conectarnos entre sí, antes de lograr comunicarnos.

La lengua inglesa era la más recurrente, después de la lengua materna. Incluso, los profesores se apoyaban en el  inglés para sacar adelante sus clases, principalmente con alguna palabra francesa de difícil comprensión.

Shou Liping era antianglófono.

Tras el saludo, escribió en el pizarrón:

Seulement parler français en classe

El chinocanadiense, joven, huesudo y de cabellera paja, sonreía al demandarnos que anotáramos nuestro nombre en una hoja blanca, doblada en tres partes, y la colocáramos en nuestro pupitre.

En letras mayúsculas y con ayuda de un marcador negro, escribí: MOISÉS.

Los otros compañeros hicieron lo propio.

     Y el mentor agregó en francés:

Je m’appelle… Shou… Mon prenom est Shou et mon nom de famille est Liping.

     Luego señaló con su huesudo índice a una de las compañeras:

—¿Quel est votre prenom?

 La joven de largos cabellos y ojos diminutos y asustados, respondió entre titubeos:

     –A… Alex… Alexandre…

     Shou la contuvo y pidió que respondiera en francés “Yo me llamo Alexandre”.

 La ucraniana de 22 años, robusta y pesada de caderas, obedeció y repitió:

Je m’appelle Alexandre.

     Le preguntó lo mismo a cada alumno. Fue como me enteré del nombre y lugar de origen de cada compañero, porque precisamente la segunda ronda tuvo que ver con nuestra procedencia geográfica.

Shou escribió en el pizarrón y repitió en voz alta:

   —Je suis du Québec. Mon pays d’origine est Canada…

Uno a uno lo imitamos e intercambiamos datos personales, como domicilio, número telefónico y el tiempo de arribo a la ciudad. La mayoría éramos recién llegados a Quebec y teníamos necesidad de trabajar y sobrevivir.

Shou nos adelantó que, en dos días, nos entregarían el libro oficial de francesación, redactado por el clero católico y editado por el Ministerio de Educación de Quebec.

Y bajo ese marco referencial intentarían arrastrarnos a la causa separatista de Gran Bretaña y Canadá.

Ese día, 5 de septiembre, la prensa local daba como vencedor al nacionalista quebequés, Geogetto Burns, diputado y propietario de una empacadora de carnes frías. Sin duda, sería el próximo Primer Ministro de la provincia.

Los liberales y los conservadores, leales a la reina Isabel II de la Gran Bretaña, conservaban el apoyo político de la mayoría quebequés, pero difícilmente se aliarían con fines electorales.

El voto de los nacionalistas los superó durante los comicios del 4 de septiembre.

El gobierno provincial, encabezado por los liberales, enfrentaba graves denuncias de corrupción y represión: el permitir que la mafia siciliana controlara la obra pública de las principales ciudades de Quebec, y garrotear a  estudiantes universitarios que se oponían al incremento de la matrícula escolar en un setenta y cinco por ciento.

En protesta, miles de jóvenes habían tomado las calles y fueron reprimidos por la policía antimotines.

Tremblay introdujo una ley, aprobada por los asambleístas afines, para que la protesta pública se convirtiera en delito.

Los universitarios enfrentarían procesos penales desde la prisión.

Los directivos del Centro de Educación para Adulto María Curie difundían los acontecimientos en periódicos que favorecían al candidato del Partido Nacional Quebequés.

Shou Liping, durante el primer día de clases, claveteó en el mural de avisos —colocado al lado del ventanal— la portada del diario Le Chroniques, favorable a los liberales patriotas y donde se leía en grandes letras:

 PNQ, TRIOMPHE IMMINENT

Para entender de qué se trataba, tuve que apoyarme con mi pequeño diccionario Español-Francés.

Fue mi primera lección de política en el territorio de las marmotas, lobos grises, caribús, osos negros y alces de cornamenta descomunal.

A cuarenta y cuatro días de mi arribo a Quebec, sería uno más de la especie, seguramente por mis antecedentes castrenses  y ser un asesino por consigna superior.

VIDEOTECA:

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