ASUNTO DE LOCOS

el infierno de gaaliaI

A Próspero Fernando

El clima en Montreal era agradable, como ocurre en cada verano.

Las clases se iniciaron ocho días antes de las elecciones para designar al Primer Ministro de Quebec.

En el Centro de Educación para Adultos María Curie  acudían casi setecientos alumnos.

Por el trajinar de los maestros se evidenciaban reacomodos y nuevas estrategias del programa pedagógico.

Sin embargo, algo fallaba en los libros oficiales de 1994.

 La francesación no lograba su propósito educativo en siete de cada diez nuevos alumnos.

En la población escolar predominaban el inglés y la lengua materna.

Y así lo confirmó un informe del Ministerio de Inmigración y Comunidades Culturales, después de analizar miles de conversaciones registradas en el cuarto de seguridad del Centro.

     Y otro hecho despertó alarma entre los psicólogos y psiquiatras del Ministerio: cuatro de cada seis alumnos presentaba síntomas de depresión y dos, un comportamiento anormal, relacionado a la esquizofrenia.

En el seguimiento clínico aplicado a los alumnos, sin su consentimiento, descubrieron que un alto porcentaje consumía antipsicóticos, recetados por especialistas, ajenos al entorno familiar y social del paciente.

El médico de la clínica u hospital los canalizaba al lugar donde supuestamente les aliviarían su ansiedad, estrés e insomnio.

La ministra Catherine Pearcen convocó a una reunión urgente a sus colaboradores: tres subsecretarios y al director de Evaluación Pedagógica e Informática.

En el Salón de juntas, poco iluminado —por la fotofobia de la funcionaria— trataría el asunto del programa de francesación, ante el inminente triunfo electoral del Partido Nacional Quebequés.

La Ministra retuvo en sus manos el informe de veinte cuartillas. Sin leer su contenido —su asistente lo sintetizó en dos tarjetas de media carta—, lo pondría a consideración antes de discutirlo con el Primer Ministro.

 En realidad, en esos instantes pensaba en el embarazo de su hija Mayra y el viaje que realizaría a la India. Lo haría con su pareja sentimental: una maestra de español y la heredera del ex cónsul mexicano, Diódoro Carrillo Robles. Éste era presidente ejecutivo de una cadena de supermercados canadienses en Centroamérica. Catherine poseía algunas acciones.

La ministra y Diódoro vivieron un breve romance y terminaron en buena lid: una amistad duradera y de negocios.

     —No hay falla en la francesación —intentó convencerlos el director de Evaluación Pedagógica, cabezón y ojos saltones y acuosos—. En su mayoría, los prestadores de servicios contratan gente que habla inglés o su lengua de origen. El francés pasa a segundo término. Estoy enterado que la Asamblea Nacional trabaja sobre el asunto, pero todo depende de los resultados de la elección del 4 de septiembre.

    —Lo entiendo  —asentó Catherine—, pero tenemos los centros de Formación General de Francesación para Adultos con un propósito: posesionar entre los inmigrantes de nuevo arribo, nuestro origen lingüístico y cultural, sin menoscabo de las otras lenguas y culturas. ¿Se entiende, verdad?

   —Los maestros hacen su trabajo y me consta que trabajan con absoluta responsabilidad —justificó Paul Ouellet, como en un susurro.

Un malestar de garganta le impedía explayarse. Lo evidenciaba su pálido semblante. La falta de sueño hizo sus estragos.

    —Paul, eres el subsecretario de Cultura y debes estar enterado de todo  —Catherine evitó ser condescendiente con su amigo de infancia, de militancia partidista y un colaborador y confidente entrañable—. Hablamos de diez y nueve territorios en Montreal con más de cuatro millones de habitantes. Recuerda que también tenemos a la arquidiócesis metida en este asunto. La francesación va más allá de la buena voluntad del gobierno.

    Difícilmente, la Ministra alejaría los fantasmas del turbulento pasado: su antigua colaboración clandestina con el Frente de Liberación de Quebec y el involucramiento circunstancial en el secuestro y ejecución del Ministro de Inmigración y Trabajo, Pierre Laporte.

La célula Chénier era un clavo ardiente en su vida.

Paul Ouellet estaba enterado de todo.

     —Hablé con el reverendo Lapenane y nos hizo algunos señalamientos —informó Freddy Dupond, de piel sanguínea, escaso de pelo y con riachuelos azules en la frente y sienes. Su obesidad le impedía respirar con soltura—. Nuestro respetable Arzobispo cree que los anglófonos están saboteando la obra del gobierno provincial. Se ha puesto en contacto con sus sacerdotes para que se sistematice toda la información obtenida en sus doscientas veintitrés parroquias de la ciudad y que haya claridad de lo que ocurre en nuestros centros de Formación General de Francesación para Adultos.

     El subsecretario de Inmigración era el responsable de fortalecer la relación del Vaticano. Catherine fue su alumna de Literatura Francesa, en la Universidad de Montreal.

Freddy tenía un hermano sacerdote: el encargado de la parroquia Sainte-Catherine-Labouré, de la calle Clément LaSalle y cercana a la rivera del Saint-Lawrence.

     —El problema de la Marie Curie es lo que nos tiene aquí —recordó Catherine, incomoda por lo ajustado de su brassier. El dolor de pezones era molesto—. El informe del Centro de Evaluación Psiquiátrica del Ministerio no es nada halagador. Dos de cada diez alumnos presentan síntomas de esquizofrenia.  ¿No es así, doctor Bodreau?

Un día antes, el director de Psiquiatría en Lingüística Primaria, Alexandre Foysi,  filtró el informe a El Journal de Montreal.

El Primer Ministro, Luc Tremblay, habló con Catherine.

El diagnostico desnudaba a un Quebec contaminado de enfermos mentales. Ponía en riesgo la seguridad de los responsables de generar empleos. Los mismos que tomaban las decisiones de poder, dentro y fuera del gobierno, y en los partidos políticos. Esta era su mayor preocupación.

     El subsecretario de Enseñanza Francesa, André Bodreau —autor de doce libros de psiquiatría y lingüística galesa— frotó con la corbata sus anteojos bifocales al tiempo de responder.

     —El colega Paul no está equivocado en afirmar que los maestros hacen su mejor esfuerzo en los centros de formación. El problema va más arriba… Es consecuencia del desinterés personal de algunos directores de los centros de enseñanza y al burocratismo que impera en las propias entrañas de este ministerio. Los anglófonos se han posesionado de los puestos claves para sabotear los programas pedagógicos de francesación. A través del Ministerio de Educación, los centros de enseñanza han sido poblados de inmigrantes con problemas psiquiátricos… Intentan desacreditar el trabajo de los maestros y de la propia Ministra. Puedo afirmar que se trata de una acción criminal y debemos combatirlo frontalmente.

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