EL ANGEL DEL SILENCIO

Por Everardo Monroy Caracas

hermanos

La vida existe, palpita y huele.

No es un asunto de médicos y enfermeras. Es de fecundadores, ninfas y xanas.

Dador de aliento, de origen lunar a otro de mantra reptiliana y de presencia, a lo déjà vu: peligroso juego de espejos, suplencias palpables o cánones con rueca de nitrógeno.

Tú estuviste presente.

Nadie puede contártelo. Solo una delgada sábana azul turquesa te separó de la recién nacida. En un descuido del electro cardiólogo, tu teléfono celular registró su imprevisible presencia física.

Surgió de la nada, chorreando sangre y con los ojos abiertos, cargados de curiosidad y estupor.

Una cuna de dedos enguantados la arrullaba: mil quinientos gramos de masa y hueso, bellamente distribuidos en aquella diminuta figura femenina, acunándose en las enormes manos del cirujano pediátrico.

Sus acompañantes, tan iguales y uniformados, hicieron su parte. Preservaron el lugar para evitar más desgarramientos.

Un hecho previo al parto.

Desde las tres de la tarde, del lunes 21 de marzo, realizaron la tarea, sin observar el reloj, tres robustos bomberos, seis paramédicos, un cirujano pediátrico, tres pediatras, cuatro anestesistas, veinte enfermeras y el técnico en electrocardiogramas. Trabajaron  en absoluta armonía para darle presencia física a una nueva vida.

Lo insólito estaba frente a los cansados ojos de Basilio, sin su boca visible.

Durante el inicio del equinoccio de primavera, Vesná Nobili Sikorski arribó al mundo desnuda y en silencio, no hubo berridos.

Basilio sorprendido.

La madre de Vesná, abierta del vientre, intentaba disculparse en polaco de algo incomprensible  para el auditorio.

Sola enfrentaba los espasmos de la anestesia y desvariaba. La procaína aportaba sus migajas de euforia, como si la hubiese tocado el Espíritu santo. La mujer de cara cetrina lanzaba interjecciones en galo, letón y polaco, la lengua de sus ancestros.

El trailero —en bata, cubrepelo y tapaboca—, seguía en shock. Totalmente ajeno a la presencia de las máquinas robóticas, bombillas incandescentes, sanadores-turquesa y el contenedor relleno de borlas blancas, empapadas de sangre.

Nadie le dio la bienvenida a Vesná. Ni sus padres, menos Wiktorja Sikorski, la modesta cocinera del restaurante japonés Labuki, en Vilnius, donde conoció a su marido.

Una robusta enfermera de cabello naranja, visible a pesar del cubrepelo, absorbió con servilletas cualquier vestigio de sangre uterina o líquido amniótico de la recién nacida. Vesná ni siquiera se inmutó al serle cortada la cuerda umbilical.

Wiktorja dejaba de pertenecerle. Ya no sería el supermercado de sus apetencias.

Basilio le habla a Basilio, en plena Sala de partos:

El recuento de los hechos ocurridos, el sábado 21 de marzo, pueden aburrirte, Vesná, pero tienes que saberlo.

Mientras tu madre era izada en una camilla para meterla en la ambulancia, una cascada de nieve se desprendió del cielo y blanqueó su pálida faz y sus largos cabellos negros.

La ambulancia empezó a gemir y en  diez minutos, después de sortear innumerables semáforos  y conductores impacientes, paró frente a una mole de concreto y vidrio de diez plantas.

En un cubículo del segundo nivel rastrearon las pulsaciones de tu madre, un costal de dolores.

La delgada figura de Wiktorja terminó crucificada en un camastro, mientras un ojo luminoso escaneaba su útero, donde te encontrabas y que deseabas abandonar, después de treinta y un semanas de reclusión y oscuridad.

Y la contraorden partió del jefe cara pálida, dador de vida.

Tu madre tuvo que ser desclavada y transportada, en otra ambulancia, a un vetusto edificio de muros grisáceos. Tu madre terminó internada en uno de los refugios de proparto, en el quirófano 4G-32. Ello ocurrió exactamente a las diez de la noche con un minuto.

La primavera acababa de arribar.

Ya no habrá retorno, hija.

Tu madre, Edgaras, Darijus, Benas y yo te cuidaremos en el sótano del vetusto edificio de Rosemont.

Te aguarda un dorado cofre con nuestras lágrimas y alegrías.

Los cantos lituanos no cesan de resonar. La Diosa de la Primavera asciende y aguarda el momento oportuno para insuflar los besos de sus padres.

Vesná  Nobili Sikorski tendrá su primer refugio terrenal en tierra montrealense.

HEMEROTECA: La mirada de Dreyer – Nosferatu

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s