MI AMIGO REMBERTO

Por Everardo Monroy Caracas

cine—Mis padres son repulsivos.

No lo afirmo yo, sino Remberto, el hijo agraviado.

—¿Entonces qué chingados hacemos hoy? —pregunté.

—Meternos al cine, qué otra cosa… —sugirió.

El Teatro del Pueblo era una sala cinematográfica administrada por la regencia capitalina. Estaba ubicada en una de las calles céntricas la Ciudad de México, a tres o cuatro manzanas de la plancha del Zócalo.

Remberto Mandujano Pintado todavía  no lograba superar la golpiza recibida una noche antes. Éramos vecinos y mi abuela fue la que comentó lo ocurrido en el departamento 13.

—Pobre chamaco, don Victorino llegó bolo y quiso enviarlo por una caguama. Ya conoces al mocoso, se rebeló y lo tundieron a cintarazos…

Un día después, mi amigo no quiso ir a la escuela, por los moretones del rostro y antebrazos. Prefirió invitarme al cine, donde exhibían tres películas de un actor japonés: Toshiro Mifune. Ambos desconocíamos los antecedentes del personaje homenajeado, pero doña Teresa Vivas, la madrasta de Remberto, trabajaba en el Departamento del Distrito Federal, y era quien nos surtía de stils y la cartelera cinematográfica del mes. Así nos enterábamos de lo que se exhibiría en el Teatro del Pueblo.

Por la agraciada dama, tenía en los muros de mi recámara  varios stils de películas donde actuaban John Wayne, los hermanos Almada y el Santo El enmascarado de plata.

El Teatro del Pueblo era un enorme huacal con butacas envejecidas y rayadas. La gigantesca manta de la pantalla se encontraba remendada y por lo mismo, al proyectarse la película, cambiaba la tonalidad del  color.

En la sala solo era posible encontrar vagabundos, pedófilos, homosexuales y a los verdaderos amantes del Séptimo Arte. Tampoco faltaban las ratas y cucarachas.

Doña Teresa, arqueada de piernas y pecho de madrota italiana, siempre bromeaba por las malas  condiciones del local, donde se exhibían tres películas diarias:

—Al Teatro hay que llevar garrotes y mendrugos de pan para matar  o entretener a las ratas…

Y no mentía.

Sin embargo, le faltaba agregar que el Teatro también era un abrevadero de sangre de las pulgas y chinches. Tal vez algunos parásitos morían de cirrosis, porque pululaban los vagabundos narcotizados por el aguardiente y pegamento de calzado.

El rencor de Remberto a sus padres no era gratuito. Pecaban de crueles y avaros.

Después conocería la causa de los abusos a mi amigo: Remberto fue adoptado y doña Teresa ya sabía de los enredos de cama de don Victorino Mandujano con la madre biológica de su hijastro,

 Ser chilango y puberto en la Ciudad de México no era poca cosa. Se trataba de una urbe estresante y violenta. Por esa razón, cada hogar era una olla de presión y la calle se convertía en un reducto de libertad para el adolescente oprimido e incomprendido.

Nosotros no éramos la excepción.

La escuela secundaria vespertina apestaba, como el Teatro del Pueblo, pero nos permitía huir de las golpizas cotidianas.

—Mis padres son repulsivos —revelaba mi amigo, mientras cruzábamos las pesadas cortinas de la sala cinematográfica, otrora fucsia, y nos sumergíamos en una especie de baño sauna.

En esa ocasión, la película Animas Trujano acababa de iniciar. La sala apenas le daba refugio a una treintena de miserables y perversos sexuales.

Nosotros conocíamos los riesgos. Por lo mismo, nunca nos separábamos al ir a los sanitarios, impregnados de amoniaco, metano y vampiros de semen.

Por primera vez conocí a Mifune, un japonés que gesticulaba con exceso. Seré sincero, en nada se emparentaba  a los personajes de mis fantasías de guerrero.  Animas Trujano era un campesino dipsómano y ladino, necesitado de reconocimiento social.

Remberto percibió otra cosa: al padre autoritario y repulsivo, como don Victorino.

Mi madre enfrentaba su soltería sin inhibiciones. Trabajaba de bailarina en un cabaret de la avenida Reforma. Siempre respetó nuestro espacio familiar y jamás percibí en su aliento algún tufo de alcohol o marihuana.

La amé y respeté hasta el último día de su vida.

 En estos momentos que redacto mis memorias, aún no he logrado descifrar la causa de su suicidio. Nunca la vi triste o llorando, menos quejándose de la vida.

Mi abuela fue quien realmente me crió, pero era alcohólica y chismosa.

La segunda película exhibida, Sol Rojo, fue la que me entusiasmó. Se trataba un western filmado en color. Los principales protagonistas eran el japonés Toshiro Mifune, la suiza Ursula Andress, el gringo Charles Bronson y el francés Alan Delon. Cada uno en su papel de héroe y antihéroe.

Mifune, como un guerrero samurái, nos demostró que la lealtad a su soberano y cultura significaba mucho en su acontecer personal. El samurái nos enseñó códigos de honor y disciplina. Valores que destruiría la burguesía naciente.

En el filme, el villano fue representado por Delon, y no por Bronson, Andress y Mifune.

La tercera película nos aburrió. No porque fuera mala, sino porque nada representaba para dos chamacos ansiosos de ver balazos, puñetazos o duelos de espada.  Rashomon era demasiado teatral. No abandonamos la sala, porque la semioscuridad significaba algo vital para nosotros: evadirnos del mundo adulto.

Ahora entiendo porque mi amigo, dos años después de ver los tres filmes con Toshiro Mifune, envenenó a su padre y madrastra.

En 1996, al salir de prisión, ingresó a los Estados Unidos por Tijuana. Es posible que durante la era Trump terminara deportado a México y colaborando en algún un cártel del narcotráfico.

Remberto es de mi edad, pero de pensamientos distintos.

Aun así, Remberto Mandujano siempre será mi compañero de correrías, como el Mifune de los Siete Samuráis.

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