LOS ARREBATOS DEL AMARANTO

Por Everardo Monroy Caracas

mil veces3

Adiel Mijares lanzó el anzuelo durante el convivio de bienvenida. Prometí sopesar su oferta. Desconfiaba de su parsimonia y generosidad. Un millón de dólares por un fiambre enloquecía a cualquier aventurero sin fortuna. Sin embargo, el contar con un aliado de tal envergadura tendría consecuencias letales. Sin duda, sus enemigos eran tan poderosos como él y me cazarían en cualquier rincón del mundo.

El enano apestaba a azufre.

Me interesaba conocer a Sofía Estrella, no voy a negarlo. De paso, recuperar mis recuerdos en los lugares míticos de la sierra madre oriental. Difícil olvidar las pláticas dominicales de los ancianos reunidos en la plaza principal, al término de la misa. Leyendas de venganzas familiares, búsqueda de tesoros escondidos, apariciones de seres de ultratumba y romances suicidas que plagaban de fantasmas y nahuales los páramos y bosques.

Después de probar la barbacoa y los tamales de zacahuil con carne de guajolote y salsa picante, preparada a base de chiles pasilla y guajillo, Adiel Mijares me soltó la historia de Sofía Estrella y el amor que le profesaba.

—Es la única persona que no me hace sentir un ser anormal, un personaje de circo  —me confió sin yo abrir la boca.

Una vez al mes intimidaban y Sofía Estrella jamás se avergonzaba de su desnudez o falta de pericia sexual. Le temía y respetaba.

Los tragos de aguardiente y sotol me animaron a escuchar sus confesiones y olvidarme de su apariencia física de gnomo. Hablaba sin elevar el tono, con una voz en susurro. Sus manos pequeñas y regordetas las conservaba pegadas a los descansos de la poltrona de mimbre. Sin duda, un excelente conversador, culto y muy seguro del poder que ejercía con la audiencia.

Los dos guardaespaldas  nos observaban impertérritos, como estatuas de bronce. Estaban adheridos a los fusiles de asalto y sus espaldones pegados a los morillos de la puerta. Me taladraban sus pequeños ojos de marmota. Les incomodaba la inesperada presencia  de las mujeronas de enagüas blancas, responsables de atendernos. Cada quince minutos ingresaban a la terraza para abastecernos de alcohol y trozos de queso y carnes frías.

La historia del asesinato de un sanguinario jefe de sicarios, llamado Santiago Torres, y los arrestos de Sofía Estrella, la responsable de cometerlo con la ayuda de un verduguillo, llamó mi atención y entendí el por qué Adiel Mijares le guardaba respeto. El crimen ocurrió en Sinaloa, durante sus tiempos de infanta. Entonces era una chamaca montaraz, de huesos tiernos y cabellera trigal, ajena al cepillo. Su padre, matón a sueldo, mantenía a la familia sembrando amapolas y  cadáveres.

Desde los once años, su vida quedó inoculada por la desdicha, el encono y el miedo. Su atractiva presencia física la convirtió en una especie de diosa del inframundo, parecida a Medusa. Sin embargo, su inteligencia y astucia le permitió sortear los peligros y la pobreza.

—Pero no hagas caso de mis infidencias —convino el cacique, orejón y calvo—. Quiero que te enteres por boca de ella, de mi portentosa madona, todo ese tramo de su vida que pocos lo creerían. Ella es la luz de este hombre  que te ofrece su casa, afectado por las penumbras y el frio.

Invariable en mi postura y silencio, aguardé la presencia de la mujer.

La pequeña figura de Adiel Mijares seguía frente a la mesa circular, de mármol blanco, cargada de platones y botellas, y reclinado en su poltrona con los pies enfundados en gruesos calcetines rojos, seguramente de lana.

Por momentos, desde la terraza con balaustradas en forma de copas españolas, visualizaba parte del caserío de Huayacocotla, el añejo templo católico del siglo XVII, el Palacio Municipal de dos niveles; el parque con su quiosco circular y enrejado; el billar de don Salvador Monroy, las bancas de hierro dulce, donadas por los comerciantes y ex alcaldes; los árboles de laurel y trueno en forma de pájaros y rumiantes y el mercado municipal recubierto con láminas de zinc y vigas de sicomoro.

El paisaje me remontó a los mejores momentos de mi niñez y adolescencia. Desafortunadamente un asunto familiar me obligó a abandonar el pueblo. Desde entonces no volví a degustar el pan de cemita y las galletas de fruta, el mole de guajolote, los frijoles negros con epazote y manteca de cerdo y el agua de calabaza endulzada con piloncillo.

Una inquietante onda perfumada de amaranto restalló en mis narices. Me obligó a levantar la vista y enfrentarme al origen de la arrobadora esencia.

Sofía Estrella estaba ahí, ante mis ojos, envuelta en su vestido blanco de lino, bordado por manos indígenas y estupendamente escotado, al gusto del enano: La reliquia de Dios, como era identificado por sus cercanos, al decirse descendiente del viejo Simeón, uno de los primeros mesoneros y talladores de cantera del pueblo y guardaespalda del aristócrata español, Pedro Romero de Terreros, el Conde de Regla de la Nueva España, como lo conocían en el reino peninsular europeo y sus protectores, los papas Benedicto XIV, Clemente III y Clemente IV.

—Intentaré no ir a las carnicerías—recuerdo que le respondí a Cameron antes de abandonar la penitenciaria de Kingston.

Y algo había fallado.

La esposa de un carnicero diabético y amante agradecida de un mafioso liliputiense me arrastraría a un viaje sin retorno. La maldición del amaranto, supuse.

De aceptar la oferta del cacique, cavilé, tendría que valerme del instinto, de mi instinto lumpenesco, de bestia urbana, para salir del atolladero. La recompensa era tentadora: la compañía ad infinitum de Sofía Estrella y el millón de dólares

Tareq Bichara, El Libanes, difícilmente toleraría mi presencia en Las Higueras y buscaría destruirme. De eso no tenía duda.

HEMEROTECA: John Huston – AA VV

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