FLOR SIN RETOÑO

el infante portadaHay tantas cosas que contar de Pedro Alberto Torrentera Dorantes, pero me faltan palabras. Y no me refiero al artista de cine o al promotor de teletones a favor de la Basílica de Guadalupe. Más bien, quiero reconstruir sus días de clandestinidad en la sierra madre oriental y su encuentro con gavilleros y comunistas. Desde el 57 al 87, año de su muerte  —la verdadera—, nunca traicionó a quienes se cruzaron en su andar obligado.

Un jaramillista que terminó sembrando amapola en Texcatepec, tuvo la oportunidad de conocerlo. En esa ocasión, Pedro le presentó a El Golondrino, su hermano del alma, quien durante la velada, bajo el sopor del aguardiente y el mezcal, lo acompañó con la guitarra y en verdad, el viejo Pascual Díaz no paró de llorar toda la noche.

—Caray amigo, usted me recuerda a Pedro Infante, canta igualito, igualito…Por favor, repita Flor sin retoño…

El Golondrino y Pedro intercambiaron miradas y apuraron sus jarros de aguardiente de nanche. Cinco rancheros armados con viejos máuseres y algo cansados por el desvelo, los observaban desde sus posiciones. La noche, según le platicó El Golondrino a su hijo antes de morir, era muy clara por ser luna llena. Daban ganas de darle una mordida para comprobar si sabía a queso.

Pedro ya le trabajaba a mi prima Armida cuando se dio ese encuentro.

Porque debo confesarles que la pariente siempre era menesterosa con los guerrilleros que luchaban contra el genocida Gustavo Díaz Ordaz. Uno de ellos, dueño de varias parcelas sembradas de amapola, olmos, ciruelos y manzanos era precisamente don Pascual, El Cara de Caballo. Espero no me pregunten el porqué del apodo.

El ruco traía lo suyo, porque durante veinte años, o más, encabezó las revueltas agraristas con el evangelista-zapatista, Rubén Jaramillo. Incluso, tuvo la desgracia de observar, pecho en tierra, tras el tapanco de una casucha abandonada, el asesinato de su líder.

 En esa ocasión —nos contó—, su esposa La Pifa (así le decían de cariño a Epifanía Zúñiga) y sus tres hijastros también fueron abatidos a balazos.

Los responsables de la ejecución —militares y judiciales, comisionados por el secretario de Gobernación—, iban a lo que iban. Jamás se preocuparon de que la mujer tuviera en sus entrañas a un bebé que nacería en julio.

La matanza ocurrió en Xochicalco, Morelos, el 23 de mayo de 1962. Su jefe, Rubén Jaramillo, cayó en una emboscada, todo por creer en la buena voluntad del presidente Adolfo López Mateos, aquejado por la migraña y el autoritarismo. Le había concedido la amnistía y hasta le dio un abrazo en público, como el de Acatempan, entre el realista Agustín de Iturbide y el jefe insurgente, Vicente Guerrero.

—Nada de eso se ha publicado —recordó el viejo Pascual con ojos brillantes, a punto de soltar el llanto—. Los hijos de la chingada, como unos cincuenta o sesenta guachos y judiciales, fueron por Rubén y Pifa y sus tres chamacos. A mí me avisaron media hora después, o sea como a las dos y media de la tarde. Ellos vivían en la calle Mina, en Tlaquiltenango. De ahí se los llevaron a las ruinas arqueológicas de Xochicalco y dos horas más tarde, como a las cuatro o cinco, los asesinaron. Todos recibieron el tiro de gracia… Putos asesinos… Los muy mierdas jamás volverán a ser los mismos: viven con miedo y remordimientos… Cubrieron de sal infernal a sus descendientes… Heriberto Espinosa apodado El Pintor, fue quien nos traicionó y un teniente marihuano, alcohólico y psicópata, José Aurelio Martínez Balboa asumió su responsabilidad en estos cobardes crímenes…

Mi prima me contó la anécdota y dijo que Pedro intentó ahogar las penas de su anfitrión volviéndole a cantar Flor sin retoño. Todos, al unísono, acompañaron al ídolo en la interpretación. Y cuando digo que todos, también me refiero a los matones de rostro enhiesto y mirada de cadáver.

Pedro la inició:

Sembré una flor sin interés/yo la sembré para ver si era formal./A los tres días/que la dejé de regar/al volver ya estaba seca/ya no quiso retoñar./Al volver ya estaba seca/ya no quiso retoñar…

Y en conjunto secundaron a Pedro. Fue como un coro celestial adornado con los racimos de amapola humedecida que titilaba bajo el cobijo de una noche plateada y festiva:

Yo la regaba/ con agua que cae del cielo./Y la regaba/con lágrimas de mis ojos./ Mis amigos me dijeron/ya no riegues esa flor/esa flor ya no retoña/tiene muerto el corazón./ Esa flor ya no retoña/tiene muerto el corazón…

Quienes conocen la huasteca, saben que la gente de por allá es muy leal, como lo fue Pedro Infante. No en balde en 1947 filmó la película Los Tres huastecos, donde Ismael Rodríguez, entonces de treinta años, hizo malabares técnicos para presentar ante la pantalla a tres pedros infantes: un gavillero, un militar y un sacerdote. Eso sí, se trataba de unos triates de buen corazón y muy chingones en la interpretación de baladas rancheras.

Por lo mismo, el Golondrino nunca se arrepintió de salvarle la vida a aquel hombre de corazón colectivo y voz privilegiada, bendecida por la divinidad.

(Nunca supimos el destino de los discos de acetato de Pedro Infante que Jaramillo, por sugerencia de Epifanía, había comprado y guardaba en la sala de su casa de la calle Mina número 14, en Tlaquiltenango. En 1900 Rubén Jaramillo nació en un rancho del Estado de México y desde los trece años fue guerrillero zapatista)

Mi Prima Armida jamás intentó profundizar en el pasado histórico de Pedro, ya lo dije antes, un virtuoso de los sentimientos humanistas, como Jaramillo. Su aparente fealdad, provocada por el accidente aéreo, lo acrecentaba.

Armida aprendió a conocerlo por la voz y sus acciones de bondad. Pedro tenía la inocencia de un niño. Le gustaba bromear y regalar lo poco que tenía, dinero, ropa o alimentos. Nunca dañaba.

Mi prima y los jornaleros lo veían conducir el arado y guiar a los bueyes con firmeza y condescendencia, sin azotes. Lo escuchaban hablarles a las bestias (perros, caballos, vacas o corderos) y pedirles perdón por cualquier abuso de su parte.

Pedro Alberto Torrentera Dorantes, como se hacía llamar, tenía grandeza, porque convidaba amor, respeto y tolerancia. Tal vez pocos lo entiendan, pero cada vez que escucho Flor sin retoño aprendo a entender más a los hombres apasionados, por vivir en pareja,  y a los jaramillistas en receso, los que aman al Dios de los pobres…

HEMEROTECA: TvNotas – 16 Octubre 2018

 

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