MI HIJO ARISTÓTELES

Por Everardo Monroy Caracas

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Aristóteles no quiso nacer y me selló el útero. Pensaba en él o lo imaginaba sin darme cuenta del tiempo.

Es casi la medianoche y Quiroga continua a mi lado y ronca. Su olor a disolvente me despertó. Supuse que por el agotamiento pospuso el baño.

Mi hijo Aristóteles sigue presente y he aprendido a conversar con él. Nos movemos en mundos paralelos y cronológicamente similares. Los horarios cuadran y estoy segura que continua en el escritorio, estudiando para enfrentar los exámenes académicos de enero.

Hoy cumpliría veinte tres años, de seguir en Quebec.

Enciendo el televisor, sin volumen, y me entero de lo que ocurre por los subtítulos en francés:

El primer recién nacido en el 2016 fue hombre y lo recibieron médicos y enfermeras  del hospital de Saint-Luc de Montreal. Javier Salif  Dole-Bravo pesó tres kilos setenta y dos gramos y sus padres son de origen antillano-centroamericano.

Quise comentárselo a Quiroga. Me arrepentí. El pobre es un fardo. Se ha alejado de la música y los libros.

Es un cadáver viviente, sumido en sus propios infiernos de deudor y patrón.

Este 2 de enero no fue distinto al de otros años. Nos hemos adherido a la pulidora, al cubo, al trapeador, a las escobetillas, a los guantes de hule y al jalador de agua.

Aristóteles seria el auxiliar ideal, erudito y colega. Hugo lo imaginaba hecho un hombre y conduciendo su propio automóvil y al retornar de la high school nos alcanzaría en el trabajo. Su amor al filósofo y mentor griego siempre fue un referente en nuestros actos diarios.

De ahí el acuerdo mutuo de llamar a nuestro hijo Aristóteles.

“Duerme por favor, madre”.

Escucho tus palabras y cierro los ojos para incursionar en tu habitación y darte los buenos días.

En unos minutos serán las cuatro de la mañana y tu padre despertará para beber una taza de café. Después, somnoliento y preocupado por mi salud, retornará a las oficinas del bulevar Maisonneuve, donde continuará con el encerado.

Es domingo y en nada se diferencia del sábado. El imperio del frio impone sus códigos de sobrevivencia. No hay protesta. Cientos de camionetas, pagadas por el gobierno municipal, recolectan la nieve de la ciudad y arrojan sal para descongelar las banquetas.

Aristóteles pide que no sucumba a la enfermedad, que  apoye a su padre y que nos alejemos de los embrollos políticos de Venezuela y el Medio Oriente.

La ambición del hombre es ilimitada y mata a niños y ancianos”, insiste.

Y pone el ejemplo de lo ocurrido en  Arabia Saudita.

Su monarca Salmán Bin Abdulaziz autorizó el fusilamiento y decapitación de cuarenta y siete musulmanes chiitas, adversarios de su gobierno. Ante los duros cuestionamientos del gobierno iraní, optó por romper relaciones diplomáticas y alentar la quema de su embajada en Riad. Los aliados de Abdulaziz, integrantes de la OTAN, tendrán que proteger sus intereses económicos, porque Arabia Saudita es el principal productor de petróleo y socio comercial de Estados Unidos, Japón, China, las dos Coreas, Alemania e India.

Habrá guerra y no quiero ser ave de mal agüero.

“Los banqueros no tienen frontera ni religión y también son negociantes de la muerte, de ahí los seguros de vida”, me lo recuerdas, hijo.

Temo toser y despertar a tu padre. Siento tus manos tibias sobre mi pecho. Intentas amainar los espasmos. Siempre estás cerca, velándome y lamentando no haber incursionado en el mundo visible de tu padre.

 El ginecólogo quiso hacernos creer que hubo un descuido de mi parte, al trabajar en demasía y no alimentarme correctamente. La anemia estuvo presente en el primer análisis de sangre. Tu padre, por la urgente necesidad de pagar la hipoteca, me permitió hacer mi parte en la limpieza de oficinas.

No lo lamento, hijo, te lo confieso.

Mientras sigas a mi lado y te vea crecer bajo el arcano mundo que me has mostrado noche a noche, continuaré la batalla de vida, sin apartarme de tu padre.

Es un buen hombre.

Y aquí es válido citar al gran Aristóteles: nuestro mayor pecado fue alejarnos de la esperanza para soñar despiertos.

Después del éxodo obligado, cedimos a la oscuridad.

Ya en el exilio, no aprendimos a defender nuestros principios revolucionarios.

Nos venció el olvido y la cobardía.

HEMEROTECA: La sociedad del miedo – Heinz Bude

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