ASUNTO SERIO

el infierno de gaalia4

La soledad es ácida, corroe las entrañas.

Y en Montreal es un asunto serio.

Los inmigrantes estamos alejados de la verdad.

La mayoría reproduce las mentiras, miedos y prejuicios de su propia nación.

Importamos confusión y remordimientos.

Navegamos en las aguas sucias del resentimiento.

Por año, un promedio de cincuenta mil inmigrantes arriban a Quebec. Lo único que anhelan es no morirse de hambre o ser asesinados.

Y yo no era la excepción.

 El sábado 14 de julio, de sol ardiente y luminoso, descendí del autobús con el sanitario descompuesto, proveniente de Leamington, sin conocer a persona alguna, monolingüe y con novecientos dólares en la cartera.

    En una libreta anoté un par de textos en francés para intentar llegar al hostal Le Monde, de diez dólares la noche.  Me protegí aludiendo ser sordomudo. Llevaba escrita la dirección del lugar de mi destino: Rue Sainte Elizabeth casi esquina con la rue Sainte Catherine.

El hostal era conocido. Ahí acudía el turismo mochilero, integrado por estudiantes europeos y estadounidenses.

Un compañero de la granja donde laboraba en Leamington, propiedad de una familia menonita, hablaba francés. Por teléfono hizo la reservación en el albergue de dos niveles y catorce dormitorios.

Beltrán notificó que permanecería una semana.

Pagaría diez dólares por noche y  tendría derecho a la ducha y un desayuno caliente.

     Je suis sourdmuet et je cherche de l’auberge Le Mundo, dans la rue…

     El conductor pakistaní de turbante morado, leyó el texto y activó el taxímetro.

Durante el trayecto observé mi nuevo hábitat de sus grandes avenidas, edificios abigarrados y comercios de brillantes aparadores.

Una gran ciudad para un desconocido hambriento y ajeno a su nueva geometría arquitectónica.

El francés predominaba como lengua socializadora.

El verano cabalgaba  en las arboledas y construcciones polvosas y lastimadas por el hollín de los automotores.

El corto viaje tuvo un costo de diez y nueve dólares.

     La pesada mochila de excursionista me dio una identidad creíble, de turista otoñal, ante los ojos de la recepcionista que indagó en la computadora mi reservación.

     —¿De Leamington, c’est comme ça? —preguntó.

     Me apoyé en la libreta para recordarle mi condición de sordomudo. Y presenté la tarjeta de salud —en Quebec llamada Carte Maladie— y mi credencial de residente canadiense.

Pagué los setenta dólares de la semana contratada.

La mujer de párpados morados, mofletuda y rubia artificial, me entregó un plástico con el número 345. Era del tamaño de una tarjeta de presentación.

Y señaló la puerta de acceso a los dormitorios.

     —Ce fichu peuple devrait rester à la maison… —escuché a mis espaldas.

     El dormitorio asignado presentaba sesenta camas individuales alineadas —treinta por muro— y un estrecho pasillo que conectaba a las regaderas y excusados.

El lugar apestaba a kerosén.

Los colchones, desnudos y doblados, reposaban sobre esqueletos de alambre.

Un anciano con cabeza blanca me entregó un set de utensilios de cama y aseo: dos sábanas, almohada, funda, toalla, cobertor, jabón, cepillo y pasta dental.

— Nous ne sommes pas responsables des choses perdues —dijo y me hice el desentendido—. La salle à manger est au deuxième étage et est recueillie entre sept et dix heures du matin, pas avant ou après, mon ami…

     —¡ Économise tu verbiages, Craig!  —gritó la recepcionista del otro lado de la puerta–, ¡Le vieil homme n’écoute pas et ne parle pas, il est un cadavre vivant… Mieux vous l’écrivez dans son cahier!

Yo estaba acostumbrado a cuidar mis pertenencias.

Durante veinte años lo hice en el batallón.

En Leamington compartí la habitación con doce jornaleros de Jamaica, China, México y Centroamérica: indocumentados y con antecedentes penales.

El contratista nos obligó a convivir en aquel espacio sin ventanas y escasa ventilación.

De domingo a lunes nos trasladaba a las agroindustrias y empacadoras de frutas y verduras: granjas, las llamaba.

Cada jornada era de cinco de la mañana a siete de la noche.

El dinero lo escondíamos en una bolsa de plástico y en la entrepierna.

En Leamington pagaba veinte dólares de renta al mes. Los servicios de agua y electricidad eran gratuitos.

Los patrones podían echarnos o largarnos sin temor a ser demandados. El contratista nos puso al tanto de las reglas a seguir.

El primer salario lo recibí después de tres semanas de trabajo.

Y al dejar la granja, debí aguardar dos o tres semanas para recuperar el total del adeudo.

  Tuve que hacerlo, después de ser abandonado por Lluvia Amor.

Mi siguiente paso sería Montreal.

Me harté de permanecer en Leamington. La ciudad y el lago Erie olían a ella.

Había concluido mi ciclo en este asentamiento de veintiocho mil habitantes y mil trescientas cincuenta granjas y empacadoras de tomate, pepino y chile morrón.

Lluvia Amor  clausuró el ciclo de nuestro amasiato y retornó a Zacatecas.

La depresión hizo estragos en su salud. Corría el riesgo de que se suicidara.

La falta de matriz demandaba estrógenos de laboratorio y los médicos de Leamington rechazaban su apremio. Tendría que aguardar.

Yo soy un refugiado político con residencia permanente —no ciudadanía—,  pero sin derechos políticos.

Tampoco era meritorio ser monolingüe y subempleado.

 La lumière s’éteint à dix heures du soir et il est interdit de sortir ou d’entrer dans l’auberge.

El anciano escribió en mi libreta y se marchó.

Fue incomprensible su mensaje.

Regresé al dormitorio, donde ubiqué la cama asignada. Después, encadené la mochila en el respaldo de la cabecera.

Eran casi las seis de la tarde.

El sueño me venció, pese a los deseos de beber un par de cervezas y comerme un enorme trozo de carne de res con salsa picante y tortillas de maíz.

La imagen de Lluvia Amor estaba presente. Empecé a navegar en los confines de la aprensión y la tristeza.

Soy un solitario de sesenta años, en un país mecanizado y sin retorno al origen.

Nuevamente me vi en los eriales de Zacatecas, fusil en mano, uniformado y persiguiendo —entre las mezquiteras, gobernadoras, guayules y huizacheras—, a cinco abigeos —padre e hijos—, hasta darles alcance y ejecutarlos.

El teniente Robles dio la orden de decapitarlos y meter los trozos en bolsas negras para responsabilizar al Cártel de Durango.

Los pueblos aledaños a Rio Grande se enteraron del sangriento hecho. Ocurrió en las afueras del parque nacional Sierra de Órganos.

Los lugareños de Nombre de Dios inhumaron los cadáveres y responsabilizaron de las ejecuciones a los militares acantonados en la zona militar de Fresnillo.

Yo era uno de los integrantes.

En ese paisaje serrano conocí a Lluvia Amor, causante de mi locura.

HEMEROTECA: YAQUIS – PACO IGNACIO TAIBO II

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s