SER LEPA

la dama3

—Vente lepa, te voy a enseñar a disparar —dijo Carrizales y le creí.

Vestía su quepí y una camisola chaudron con su barra dorada en cada hombrera. La escuadra calibre 45 colgaba en su cadera derecha, en una cartuchera negra.

En esos momentos no le temía. Era el semental y protector de mi madre; el que daba dinero para alimentarnos.

Salía y entraba al jacalón como en su casa.

Nunca pernoctaba con nosotros. Odiaba la pobreza.

Por su intervención con el inspector escolar, mis carnales y yo acudimos al colegio de la ranchería; un semiderruido inmueble de tres aulas, sin sanitarios.

Los hombres de don Candelario Cobos nos respetaban.

—Aún es muy chamaca —le recordó mi madre sin ni siquiera levantar la mirada. Como era su costumbre.

Meditabunda cocía las tortillas de maíz en el anafre de carbón.

—Aquí las lepas maduran a los trece años —respondió Carrizales—  y además mírala, si ya es toda una mujercita…

No mentía.

En los últimos cuatro meses mi cuerpo empezó a escandalizarme.

Los pechos dejaron de ser planos, al igual que mis nalgas.

Todo cambió.

Tan fue así que empecé a notar los tratos y las insinuaciones de los parroquianos y hasta de los maestros.

—Aguanta a que vengan Leopoldo o Albino, los mandé por agua y un poco de leña…

—Déjame entrenarla pa’que se defienda de los malandros que por acá abundan mucho —insistió mi padrastro.

Mi madre tuvo que ceder, aunque estaba consciente de lo que ocurriría.

Sin repelar me trepé a la pick up, toda polvosa, y nos dirigimos a los desfiladeros de La Parrilla, donde en algunas ocasiones los soldados y policías municipales practicaban el tiro al blanco.

La arboleda era escaza. Únicamente predominaban por esos parajes la roca caliza y unas yerbas de erial cargadas de chichicaste.

El abuso sexual fue salvaje y ocurrió en la cabina de la camioneta.

Su enorme verga me hizo sangrar y llenó mi cuerpo de verdugones.

Le supliqué que no me lastimara, pero sus urgencias de bestia en brama lo ensordecieron y mataron su entendimiento.

Después de rasgarme el himen y ensalivarme el rostro y los pechos, me advirtió que materia a mis hermanos si denunciaba lo ocurrido.

—Y tú ya me conoces que no miento —insistió.

Nuestro regreso fue de noche.

Diez horas permanecimos en lo desfiladeros.

Mis hermanos dormían en la cabaña, mientras mi madre desgranaba mazorcas en el solar, aluzada por el resplandor de la luna y las estrellas.

Ni un cuestionamiento o encono.

 En San José de la Parrilla y sus alrededores era algo natural secuestrar y violar a las mujeres.

Una manada de delincuentes poseían nuestro cuerpo y voluntad: sicarios, jefes policiacos, caciques y oficiales del ejército, acantonados en Nombre de Dios y sus alrededores.

Pocas lográbamos obtener la bendición del sacerdote o la autorización legal de un juez de paz.

—Dale gracias a la virgen de Guadalupe que sobreviviste, m’ija —dijo mi madre mientras me abrazaba sobre su regazo.

No dejé de llorar y maldecir mi condición de mujer.

Nada podría hacer para vengar la afrenta.

Mi violador contaba con la protección del gobernador y sus superiores de la zona militar.

En Durango la impunidad era una norma: predominaba la ley del más fuerte.

Carrizales tenía bajo su mando un destacamento militar y la aquiescencia de los ricos ganaderos y del principal productor de marihuana y amapola de la sierra duranguense: don Candelario Guerrero.

De ahí que mi madre me recomendara callar, seguir en la escuela y un poco más adelante irme a vivir a la Ciudad de México con unos parientes de mi padre.

Mientras llegara ese momento, en contra de mi voluntad, sería la amante de mi padrastro.

Y tendría la anuencia de Serela.

Por lo mismo, jamás volví a decirle madre.

HEMEROTECA: El sexo que habla I – AA VV

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