HUIR DE LA RATONERA

Por Everardo MOnroy Caracas

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Los piratas del mundo, arropados por la usura, terror o miseria, lograron asentarse en terreno fértil y, desde ahí, trastocar el idioma materno. Reinventaron las palabras.

La mayoría de inmigrantes latinos —como enebros intoxicados con monóxido de carbono—, siguieron la misma senda de los conquistadores. Hacia adelante, mintiendo y abusando de los débiles.

No todos, sí la mayoría.

El Ronco Rentería y Narguiles no fueron la excepción.

Tuve que ser cauto, antes de enrolarme en las filas de los mentirosos y ladrones.

De continuar en el departamento, Clarence —la del culo solar y respiración de matraca—, me lo advirtió. Lo hizo en un lenguaje muy suyo, bajo la regadera y tragando caña por el trasero.

En su mal castellano, insistió:

—Tienes que tu irte parce que Richard très fou, muy loco… Il denunciarte con policía de l’immigration.

Por primera vez le agradecí a mi pipe por salvarme de una irremediable deportación.

En el bar Le Pourvoyeur, de Jean Talón, donde recibí los doscientos cincuenta dólares por la limpieza del supermercado, también Martin me reveló que algunos paisanos cazaban indocumentados, por dinero. El gobierno federal, a través del Ministerio de Inmigración y Ciudadanía, pagaba mil dólares por cabeza.

Su advertencia en poco se diferenció a la de Clarence, la amante de Narguiles:

—Aquí los vicios y las deudas debilitan la lealtad, Venancio. Es preferible que intentes legalizar tu estancia en Montreal para que no te deporten. Cualquiera que esté cerca de ti, por muy cuate que sea, puede ponerte dedo… Todos tenemos un algo de culeros y cobardes.

Sin anunciar mi partida, dejé atrás la ratonera de Narguiles —En textos posteriores relataré el porqué de nuestra cercanía— y busqué a Johnny Morales para que me ayudara a conseguir un lugar donde dormir, mientras iniciaba el trámite de demandante de refugio político. Hablé desde un teléfono público y me recibió de inmediato en el despacho de abogados migratorios, donde laboraba.

La tarjeta electrónica de la Sociedad de Transporte de Montreal —Société de transport de Montréal—, regalo de Susana, jugó un importante papel en esos días aciagos. De no haber contado con ella, tendría que haber pagado tres dólares veinticinco centavos cada vez que abordara un autobús urbano o el tren subterráneo.

El paralegal, ya alimentado de mis problemas existenciales, habló por teléfono con el asistente del pastor de la Congragación de Cristo. La respuesta fue inmediata. Tendría un lugar techado donde dormir y guardar mis pertenencias,  mientras legalizaba mi estancia migratoria.

—Te espero el miércoles a las siete de la mañana en esta dirección, hermano  —dijo el paralegal mientras escribía en una tarjeta con el logotipo del despacho de abogados—. Tienes que tener una historia de persecución y miedo que respalde tu solicitud de refugio político.

HEMEROTECA: TvNotas – 16 Octubre 2018

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