TRECE…

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En Acapulco jamás fui hostilizado en mis incursiones de niño y adolescente. Siempre recibí muestras de amor y solidaridad. Ahí aprendí a reír y ayudar al prójimo.

Todo lo contrario en Huayacocotla, pueblo serrano, frío e inhóspito: los castigos y desafectos arreciaron. Lamenté no haber sido boxeador.

Lloré en demasía.

Mis apellidos carecían de la sustancia filial, por el alejamiento de mis padres Fernando y Lucina.

De sus calenturas febriles arribamos a la tierra tres hermanos con una misma sangre y apellidos: Sergio, Everardo y Olaf.

El más pequeño, el menos afortunado de caricias paternas, terminó en brazos de la bisabuela materna, partera y curandera del pueblo: doña Conrada.

Olaf, desde que aprendió a caminar, se convirtió en el lazarillo de la anciana, su doloroso calvario…

En Huayacocotla me indignaba observar a mi hermano mayor, moreno y rebelde, ser aporreado como un costal de box, por los responsables de nuestra crianza: la tía Ana María, de recio carácter y su marido, Ramón Baca, el recaudador de impuestos del pueblo.

En Acapulco aprendí a reír…

No deseaba tener amor filial sin compartirlo con Sergio, al que mi padre le negaba su derecho afectivo. Lo convirtió en una especie de Huckleberry Finn: travieso, respondón e irreverente.

Llegué a esconder las escobas, fustas y trancas de las puertas para evitar lo golpearan.

En acciones punitivas, de noche le negaban el acceso a nuestra habitación y un plato de comida caliente.

Tuve que ingeniármelas para abrir con un alambre el candado de la alacena.

Sin la anuencia de los tíos sustraía leche, tortillas y queso.

Durante la puesta del sol, depositaba el plato y la taza de peltre en el alfeizar de la ventana para que Sergio sobreviviera.

Mi padre había reconstruido su vida emocional con una nueva familia, noble y genuina.

Mi madre, enferma de pasión y resentimiento, terminó temporalmente recluida en un centro de rehabilitación contra las adicciones de la ciudad de México.

Después de superar su mal de amores se desposó con un hombre de talacha, conductor de autobuses urbanos.

 Nuevamente gestó su vientre a tres mujeres y un hombre: Gema, Tania, Gabriela y Armando.

Una tarde de invierno, ante la necesidad de conseguirle comida a Sergio, decidí sustraer galletas y latas de sardina enjitomatada en una tienda de abarrotes, adyacente a la casa de mi tía, nuestra tutora.

La Bodega, como se llama la abarrotera, escondía un secreto familiar que después se difundió, como plaga maligna en los hogares y cantinas del pueblo.

Antes de descender del tapanco y poner mis descalzos pies sobre el mostrador de algarrobo y cubierta metálica, fui descubierto por don Luis Gómez, propietario del negocio.

Sostenía una lámpara sorda.

Escuincle ¿qué haces ahí?… –—preguntó mientras me aluzaba el rostro.

—Nada…don Luis —alcancé a balbucir y volví a meterme a las penumbras del tapanco, como tlacuache.

Por el temor a la chicotiza, hui al rancho de mi padre —La Quinta de Chapultepec— que se encontraba a la orilla del llano grande.

Dos días después, busqué,  en el barrio Agua Caliente, a  la bisabuela Conrada. Sin preguntas, me acogió en su rústica cabaña durante una semana, mientras su hija Elvira, la madre de mi madre, llegaba a rescatarme.

Tenía trece años y había terminado la primaria.

 Temerle a mi padre no era algo fortuito.

Sus prolongadas ausencias en el seno familiar, por ser empleado de la Secretaria de Agricultura y Recursos Hidráulicos, le otorgaban el suficiente liderazgo para imponer castigos. Lo hacía sin dialogo previo.

Mi madrastra,  Gumercinda Cardoza era la responsable de ponerlo al tanto de lo que ocurría en el sacro refugio de la familia.

Mis hermanastros German, Oscar y Ariel, aun pequeños, eran ajenos a mis travesuras.

 Sandra Lorena y Raymundo nacieron en Tulancingo. Nunca los conocí adultos o conviví con ellos.

Mi tía era la otra voz autorizada para dar los pormenores de mi comportamiento y el de Sergio.

En dos ocasiones perdí el conocimiento por los potentes cruzados y uppercut de mi padre.

Tenía buen punch y un desmedido gusto por el futbol americano.

Y aun así, jamás dejé de amarlo y recordarlo.

La abuela Elvira Martínez radicaba en la ciudad de México, donde atendía un estanquillo llamado Huayacocotla, en la colonia Roma.

Tras el reducido establecimiento, cargado de dulces, refrescos, cervezas, panes y cigarros, estaba su recámara y el baño.

Por una manda a la Virgen del Carmen, vestía el hábito de las monjas carmelitas.

Un enorme escapulario de madera colgaba sobre su delgado pectoral.

Los domingos asistía a misa en un templo dominico, de la colonia Polanco. Ahí se confesaba y comulgaba. Todas las noches oraba diez padres nuestros y cien avemarías. Lo hacía de rodillas, frente a un gran crucifijo empotrado en la cabecera de su cama.

No pude someterme a ese régimen de claustro monástico y de estridentes gritos.

La abandoné a los seis meses de mi arribo.

Lamenté el haberme separado de mis colecciones de historietas de Kalimán y Memín Pinguín y una novela  de pasta dura, El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

En un mes ingresaría a una escuela secundaria, cercana a la Fuente de las Cibeles, pero preferí retornar a Acapulco y reencontrarme con el barullo porteño, la morisqueta con trozos de pescado frito y los zambullones y corretizas en las aguas pardas de la playa Tlacopanocha.

En Acapulco descubrí la risa y el olor y sonido del mar…

***0***

—¿Tienes papá? —me preguntó don Guido, el pintor de brocha gorda cuando le solicité trabajo y un lugar donde dormir.

—No, solo mamá, señor…

En mi tercera incursión al puerto de Acapulco no quise repartir botellas de cloro y estar bajo las órdenes de su esposa, doña Zulema Ampundia.

Su dureza me recordaba la trágica existencia de Sergio, doblegado por las crueles golpizas de nuestra tía.

—Bueno, ahora vas a vivir con Carmela y mi hijo Lucio —me dijo don Guido Gándara frente al esqueleto de una casa de dos pisos de la avenida Cuauhtémoc —. Después de terminar el trabajo te voy a llevar con ellos, pero calladito te ves más bonito. Nada de hablar de Zulema y mis chamacos, menos del trabajo, porque ella lo sabe todo… Ese es el trato… Pedro trabaja conmigo y te va a enseñar a lijar y pintar… Tienes que ponerte a las vivas

No cuestioné su propuesta, porque conocía el duro trato que les infringía a sus trabajadores.

Don Guido era tan parecido al hablar como el color de su uniforme de calle. Siempre te miraba de frente. Sus debilidades eran las mujeres y el envejecer. Odiaba las arrugas y combatía las canas con tinturas de un negro betún.

Le encantaba tener hijos-gaviota y mujeres-gallina que lo toleraran y atendieran sin chistar.

Todas las mañana se observaba detenidamente  en el espejo, gesticulaba y sacaba la lengua.

Antes de abandonar el inmueble, depositaba cien pesos sobre la repisa del altar de iconos sagrados.

 Por la noche, Carmela Villalta me recibió con su bebé en brazos.

En la mesa de la cocina y frente a un platón de ceviche, se encontraba Pedro, el hijo mayor de don Guido.

Pedro abandonó la silla y corrió hacia mí.

—¡Brother! —exclamó efusivamente al abrazarme—. Supe que regresarías y se lo dije a mis carnales

En la calle Aquiles Serdán, don Guido le compró el departamento a su amante, quince años menor que él.

Después de saludarme con sequedad  y ofrecerme algo de comer, Carmela dijo que compartiría una habitación con su hijastro.

Carmela me entregó una sábana amarillenta y parchada antes de irme a la cama.

Minutos después, en el sanitario, la vi en cuclillas, limpiándose su peludo pubis con una bola de papel sanitario.

Cruzamos miradas y no se inmutó.

Mi apego a los libros me ayudó a tener una mejor óptica de la realidad, a pesar de ser un adolescente.

Había leído una novela que escondía celosamente mi padre bajo el colchón de su cama —Jacky, la universitaria— y en ella descubrí los secretos de la fertilidad humana y la belleza e inteligencia de una mujer independiente.

Carmela seria mi mejor mentora, en esos menesteres…

HEMEROTECA: TvNotas – 30 octubre 2018

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