CORAZA ESPECIAL (Cap. 4)

Por Everardo Monroy Caracas

crisalida4

Jueves 1 de diciembre.

Sin la evidencia física del ahora fiambre, pude regresar a mi cueva. La imagen de Gael hecha trocitos me incomodaba. Opté por beber vino tinto y semiemborracharme. Necesitaba tranquilizarme. Dormir sin sobresaltos.

En la ciudad no quedaba rastro de la tormenta de nieve del 20 de noviembre. Campeaban el frio y la humedad.

Dormí a plenitud, sin sueños o pesadillas; menos remordimientos.

Como a las cuatro de la tarde abri los ojos y comprobé que respiraba.

No lo lamenté.

El manojo de llaves continuaba en el taburete que utilizo de buró. Recordé que antes de reencontrarme con Crisálida planeé curiosear en el departamento de Gael. Lo tomé de sus enormes pantalones, sin consultarlo con ella. Me atreví en un intento de hurgar algo de su pasado y presente.

Me preocupaba el asunto de la familia de Gael. Lógico, en pocos días notarían su ausencia y seguramente lo buscarían. Entonces, las cosas entrarían en el terreno ministerial.

Era necesario hacer algo.

Por primera vez cambié el café disoluble por una buena ración de vino chileno. Ya animado y en bata de dormir, descendí al piso, donde Gael tenía su departamento de dos recámaras.

Al abrir la puerta, un ramalazo de calor me dio la bienvenida.

 La calefacción seguía encendida. Significaba que Gael planeaba regresar la misma noche, de no ocurrir la tragedia.

Al internarme en aquel solitario y desordenado lugar, observé que en el vano de la puerta de su habitación, se filtraba una tira de luz amarillenta.

—Gael… —murmuré pensando que alguien estuviera dentro—, Gael, soy Almicar…

Silencio y penumbras. Hacia esfuerzos por caminar de puntitas.

Giré la perilla y empujé la madera.

El dormitorio era un desastre. El televisor estaba encendido, sin volumen. Sobre una sucia almohada yacía un libro de bolsillo: Los cuentos completos de Guy de Maupassan, en castellano. Se lo regalé en su cumpleaños. Uno de los relatos, Bola de sebo (Boule de suif), fue el que más le impresionó. Sirvió de pretexto para beber whisky y pasar una buena velada en su departamento.

En algo coincidíamos: la mejor gente es la marginada y vituperada por la burguesía, aristocracia y la izquierda burocrática.

Me dolía pensar que al día siguiente tendría que descuartizarlo; convertirlo en carne molida. Merecía distinto final, porque durante los doce años de buena vecindad, siempre fue alegre y solidario. Sin embargo, nunca habló de su familia o amigos, únicamente de la fábrica de chicles y chocolates y algunas aventuras amorosas en bares, lugares de masaje y centros nocturnos.

Mientras cavilaba, escudriñé su closet y la mesa que utilizaba de escritorio, donde hallábase su computadora portátil. La encendí. En la pantalla apareció la fotografía de Marilyn Monroe agarrando un frasco de perfume Chanel 5.  Me apoltroné en el sillón y empecé a auscultar los archivos.

Tuve algunas previsiones, gracias a mi afición a las novelas policiacas: llegué equipado de un par de guantes de plástico y unas chanclas de baño que posteriormente incineraría.

Estúpida decisión.

Mis huellas dactilares podrían ser registradas en todos los rincones de aquel polvoso cuchitril. Lo mismo de Crisálida.

Me sorprendió encontrar en una de las carpetas cientos de fotografías de transexuales desnudos y videos triple equis. En el mismo archivo, abri dos carpetas rotuladas con las palabras Crisálida y ladyboy. Las causantes de su muerte o la muerte del caguamo.

Quedé anonadado al descubrir todo el material videograbado de su intimidad sexual e infinidad de chats.

En una memoria USB que tomé del caparazón de una tortuga —convertido en tazón—, copié el material gráfico y videograbado. Lo analizaría en mi departamento. Lo mismo hice con un archivo, intitulado Famille, donde hallé correspondencia electrónica y fotografías del peruano junto a distintas personas, latinas y quebequés.

El retorno a mi departamento tuvo dos inconvenientes. Fui avistado por un par de chamacos al cerrar la puerta de la buhardilla de Gael. El otro hecho infortunado: en los instantes de ascender por los escalones me topé con Guillaume Exarchopoulos que, sin ocultar su animadversión hacia mí, advirtió que le hablaría a la policía si volvía a invadir su lugar del estacionamiento.

—No ha sido solo una vez, señor Almicar –dijo con su bocaza de rubio desteñido y falsa dentadura— y hoy tuvo suerte que no lo hiciera, porque llevé mi automóvil con el mecánico…

—Le pido disculpas…

Bah –profirió, salpicando de saliva mis barbas y continuando su ascenso—, no necesito sus hipócritas disculpas… Usted avergüenza a la comunidad latina de Montreal…

Sus insultos no me calaron.

Los viejos tenemos una coraza especial, después de enfrentar la muerte durante varios años. Le temía a la prisión por haberla ya experimentado. Te vacía y mata lentamente.

Es la tortura más ruin que puede experimentar un revolucionario.

Mi preocupación fue otra, ante los inesperados encuentros: el saberme descubierto en chanclas y bata de dormir, después de salir de la madriguera de Gael.

De iniciarse una investigación policiaca, por denuncia de sus familiares, quedaría concatenado a los hechos. En Quebec, los agentes llegarían hasta las últimas consecuencias para esclarecer la desaparición de un obrero jubilado.

Gael Arteaga seria hallado completo o en cachitos.

No era un asunto fácil mentirle a la policía. Menos en un país especializado en interrogar a posibles delincuentes y generar guerras psicológicas, a través de la televisión, prensa escrita y radio. De llegar a focalizarme como sospechoso, tendría que despedirme de mi libertad.

HEMEROTECA: Taibo II, Paco Ignacio – Pancho Villa. Una Biografía Narrativa [pdf]

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