LOS MINA

Por Everardo Monroy Caracas

morir-en-montreal-portada10

La mujer del evangelizador tenía un estrabismo muy marcado. Roberto Mina aun no retornaba cuando presioné el timbre. Laboraba como jefe de cocina en un restaurante italiano. Su conyugue no tuvo inconveniente en abrir las puertas de su casa y conducirme al sótano, donde dormiría.

—Bob le manda bendiciones y espera que la estancia con nosotros le de paz, hermano —dijo apretándome mis manos con las suyas.

No sentí que su problema visual la incomodara: la córnea del ojo derecho inmovilizada en el ángulo cercano a la nariz.

Dijo llamarse Lisandra,  nacida en Quebec y  ser descendiente de padres colombianos, del trópico.

Roberto, su marido, era panameño.

Los Mina tenían dos hijos: hombre y mujer y con los apelativos de sus padres.  Estudiaban urbanismo en la Universidad de Concordia. Por lo mismo, el chef rentó una casa en el boulevard René Lévesque. Durante tres semanas estarían ausentes. Cada temporada vacacional viajaban a la ciudad de Panamá.  Evangelizaban en barrios y comunidades pobres, según me confió Johnny Morales.

—Si necesita toalla, shampoo o alimentos, no dude en pedirlo, hermano —ofreció Lisandra mientras me guiaba hacia la parte baja de su casona—. Hoy por usted, mañana por nosotros. Cristo provee y no desampara al necesitado y perseguido…

No pude sustraerme al balanceo cadencioso de su cuerpo, ágil a pesar de la edad. En los instantes que descendía por los escalones, observé la dureza de sus piernas y caderas de porteña. La imaginé en toda su desnudez.

Maldije mis sucios pensamientos y el traicionar su buena hospitalidad.

Después comprobaría mi equivocación. La vida siempre tiene un propósito.

Por lo pronto, echado en el sofá-cama y con la lámpara apagada, intenté ordenar mis ideas.

Necesitaba armar una historia de persecución y miedo, como lo sugirió el paralegal. Debía encuadrarla a hechos ocurridos en Guatemala.

Sin embargo, los únicos conflictos trascendentales en el departamento de San Marcos, de donde era originario,  se relacionaban al reclamo de tierras agrícolas, por parte de jornaleros pobres, y la protección de los recursos naturales: madera y mantos acuíferos.

Mi salida de Chiquirines había ocurrido en febrero de 2010. Desde entonces no dejé de trotar hacia el norte, sin volver la cabeza.

Del talegon extraje una lata de cerveza. Supuse que un poco de alcohol me ayudaría a despejar los recuerdos.

Las imágenes de Susana y Clarence resurgieron y calentaron la carne. Por unos minutos me dejé llevar por los gratos momentos de chimar con ellas.

La monotonía, el consumo excesivo de drogas y alcohol y las deudas bancarias echaron a la basura su derecho a ser felices, de disfrutar las delicias del amor y sexo. Por desgracia, Narguiles y Martin también vivían en la isla como muertos vivientes, bajo los infiernos de la soledad y depresión; odiando a la persona cercana, no a sus verdaderos verdugos.

Logré comprobarlo en menos de diez días.

Susana y Clarence, a su manera, me agradecieron el haber recuperado un poco de autoestima. Un modesto orgasmo no se le niega a nadie. Sus hombres les daban un trato  de objetos desechables. Estaban hartas de escuchar sus mismos reclamos y exigencias.

—De no ser por el coñac –me dijo Susana en uno de nuestros encuentros sexuales–, mi vida no tendría sentido… Estoy cansada… y me siento muy sola, muy abandonada de Dios…

Hice un esfuerzo para superar el hechizo de esa amarga evocación.

Ahora todo era distinto.

Yo dependía de los cuidados de una familia cristiana que ayudaba al inmigrante sin papeles. Estaba consciente que intentarían encadenarme a sus mismos temores de fe. Según los Mina, el Paraíso estaba al alcance de todos. Solo necesitaba zambullirme los treinta y cinco libros del viejo testamento y los veintiocho, del nuevo.

El nombre de una mujer de Chiquirines hizo eclosión en el subconsciente.

Y ocurrió en el instante que asimilaba mi nuevo entorno y las caderas, nalgas y canillas de Lisandra.

En el departamento de San Marcos, tuvo lugar un crimen. Fue muy sonado en el 2010.

—Evelinda…—exclamé con un silbante susurro–. Si, Evelinda Ramírez… Soy un arrecho, mierda… En ese hecho tengo que apechugar el refugio…

De un solo trago consumí la cerveza y metí la lata vacía en el talegon.

En un cibercafé ahondaría sobre el tema.

Desde el umbral de la puerta llamé en tres ocasiones a Lisandra.

—Dígame, hermano

La mujer que se desprendió del marco encalado, adyacente a la sala principal, por un instante me fue desconocida. Vestía diferente: ropas ajustadas y coloridas; el cabello castaño claro suelto, sin la peineta de carey. Tambien un parche y los lentes suavizaron su nueva apariencia.

En las manos portaba un libro de pastas negras y letras doradas.

—Señora, disculpe la molestia…

–No, no se preocupe… Leía un poco, mientras son las seis de la tarde, porque debo hacer una visita domiciliaria a dos manzanas de aquí. Usted sabe, hay tantas almas solas que al leerles un poco la Biblia reciben sosiego y ánimos para vivir…

—Me imagino, señora…

—Lisandra, solo dígame Lisandra, por favor, hermano

—Y usted puede llamarme Venancio…Tampoco me molestaría…

Uh, si supiera el problema que me metería si lo tuteo ante Bob o cualquiera de los hermanos… En la Congregación, la mujer debe ser virtuosa para no avergonzar al marido… Lo dice Jehová en Proverbios…

—¿Qué dice? —pregunté solo con el afán de romper fronteras.

—Léalo por favor —y tras hurgar en el libro, ubicó la cita mencionada. De inmediato me la colocó frente a la cara–. Mire, es el versículo cuatro…

Y le obedecí agarrándole la mano y el libro e inhalando una penetrante y agradable fragancia de jabón floral.

Repetí en voz alta lo que leía:

La mujer virtuosa es corona de su marido, más la que lo avergüenza es como podredumbre en sus huesos. Muy dura sentencia, ¿no cree?

—Lo creo… —acotó.

Noté su perturbación al sentir la presión de mi mano.

Miré su cara sin evidenciar algún sentimiento malévolo que pudiera inquietarla o avergonzarla. De inmediato la solté y cambié el sentido de la conversación:

—Necesito ir a un cibercafé, Lisandra… Me urge leer unos periódicos de Guatemala…

—¿Es mucho lo que necesita leer? Porque tenemos un ordenador de escritorio y Bob llega a la casa como a las once o doce de la noche. Yo solo voy a dar una lectura bíblica y regreso en una hora. Le recomiendo que me espere y puedo ayudarlo… Mientras descanse un poco en su habitación…

Mi aspecto hippioso —barbado, melenudo y algo desaliñado—, tal vez  fue una virtud y no defecto, dentro del territorio de los fundamentalismos hebraicos o musulmanes. Todavía no era consumido por la amargura o desdén a la vida. Mi cuerpo de uno setenta y seis conservaba el abdomen plano y los músculos en regla. Dejaron sus secuelas mis antiguas visitas al herrumbroso gimnasio de Chiquirines. De igual manera el cargar troncos en un aserradero, a pesar de mi afición a la cerveza y el comer paches, shucos y chuchitos.

La cusca de Melania siempre me lo recordaba con su sonsonetito de serpiente:

—Si…si… ya no lo repitas: “Yo como para llenar, eso es lo que importa…”

No pude negarme a la sugerencia de Lisandra. Regresaría al sofá-cama e intentaría leer algunas partes de una revista religiosa abandonada en la lavadora.

De paso, vaciaría una nueva lata de cerveza.

HEMEROTECA: La Comuna de Paris – Karl Marx

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s