LA TRAILA

Por Everardo Monroy Caracas

fusilados6

El día en que hagamos caminar a las montañas, verás la tierra nivelada como una llanura; reuniremos a todos los hombres, sin olvidar uno solo.

Corán

Encontrar a Carlos M fue algo sencillo. La traila, con dos enormes mantas a los costados, continuaba en el mismo lugar descrito por Ventura Paredes, compañero de oficio de Eduardo Contreras.

Hablamos español, se leí en una manta.

El frío había construido una capa de hielo sobre el pavimento y eso dificultaba el paso. No era sencillo llegar a la unidad y trepar los cinco escalones de madera. Los manchones de nieve formaban montículos de una blancura enceguecedora. La gente que se dirigía al edificio del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración, en la avenida Dundas, iba muy abrigada y arrojando vaho por nariz y boca.

Eduardo accedió a la traila y encontró todo en silencio. Una computadora apagada descansaba sobre el despostillado escritorio cubierto de papeles. El polvo daba fe de que en esa temporada invernal, el abogado propietario de la traila, dejaba todo en manos de la buena voluntad de sus colaboradores.

“¿Dígame?”, alguien habló a las espaldas del periodista. Al volver la cabeza, encontró a un hombre delgado, de lentes bifocales, sonriente y cabello ralo, muy negro.

“Busco a Carlos M”, dijo.

“¿A sus órdenes?”, contestó. “Lo vi que ingresó y lo seguí. Está duro el paso, ¿verdad?” y señaló hacia el exterior.

“Vengo de México y quiero aplicar como refugiado”, dijo Eduardo.

“¿Traes tu pasaporte y dos fotografías?”.

“No, únicamente el pasaporte”.

“Okey, vente mañana, a las ocho, y te llevo a aplicar. Únicamente necesitas el pasaporte y tres fotografías”.

En esos momentos empezó a repicar su teléfono celular. El periodista observó que le faltaban tres dedos de la mano derecha. Mientras hablaba, dos personas ingresaron a la traila. Era un matrimonio que venía de Costa Rica y la mujer, obesa y con grandes ojeras, llevaba en la diestra un fólder color crema, con manchones de grasa oscura. Saludaron y aguardaron a que Carlos terminara su conversación.

“Van a llegar mis hijas y mis dos nietos y tengo miedo que me los regresen del aeropuerto”, dijo el hombre. El ojo izquierdo le temblaba constantemente.

“No te preocupes”, lo calmó Carlos. “En tu historial vienen sus nombres y el personal de migración sabe que son tus hijas y tienen derecho a refugiarse. Diles que no tengan miedo”.

Una nueva llamada telefónica interrumpió la conversación. Carlos optó por irse a una oficina contigua, al fondo de la traila. El periodista y el costarricense empezaron a dialogar. El matrimonio tenía cuatro meses en Toronto y la señora estaba desesperada por la falta de dinero y la presencia de sus tres hijas que radicaban en Panamá.

Daniel, como se llamaba el hombre, inquirió:

“¿Ya tiene trabajo?”.

El periodista respondió:

“No, tengo una semana de estar aquí”.

“¿Y dónde vive?”.

“Conseguí un cuarto que se anunciaba en un periódico hispano”, dijo Eduardo.

“¿Cuánto paga?”.

“¿Trescientos cincuenta dólares?”.

Alicia, la esposa de Daniel, intervino en la conversación e invitó al periodista a ir a su iglesia, ubicada en la avenida Kipling, cerca de Albión.

“El pastor es una buena persona y le va ayudar. Aquí puede trabajar en cash y recibir una despensa gratuita por semana. Vaya el domingo”, dijo con suma seriedad.

Eduardo después se enteraría que el matrimonio huyó de Costa Rica porque su único yerno, un guardia nacional, asesinó al hijo de un finquero de Cartago. Éste, en represalia lo mandó matar. También prometió ejecutar a la causante de la tragedia: una de las hijas de Alicia y Daniel.

La familia optó por abandonar Costa Rica e intentar volar a Canadá. Por falta de dinero se vieron en la necesidad de separarse: las hijas y nietos se refugiaron en Puerto Armelles, Panamá y ellos en Toronto.

Eduardo enfrentó la primera historia de cientos que diariamente se acumulaban en territorio canadiense.

La traila, propiedad del abogado Robert G, era una caja de resonancia de la tragedia humana. En menos de cinco años se había convertido en un pequeño consulado hispano donde los aspirantes a refugio recibían apoyo legal gratuito. Los servicios eran cubiertos por el gobierno, a través de Legal AID. Carlos laboraba con  Robert G. Su trabajo consistía en traducir las historias de persecución al inglés, ser intérprete y atender a los clientes de primer ingreso. Fungía como una especie de asistente y tenía bajo su responsabilidad el manejo de la traila, colocada en el estacionamiento de su bufete. Desde 1991 se ayudaban mutuamente y Robert G tenía fama de ser uno de los abogados migratorios más influyentes de Ontario.

Carlos no sólo se avocaba a inscribir a los solicitantes al panel de refugiados. Por su carácter colaboracionista, formado en su antigua militancia religiosa, les daba otro tipo de apoyos. Por ejemplo, aplicar para recibir ayuda asistencial, vía welfare, y conseguirles alguna casa, albergue, departamento o cuarto donde pudieran habitar.

De esa manera desarrolló una increíble red de amigos y conocidos.Se convirtió en una especie de asesor moral de quienes intentaban residir en Canadá o simplemente buscaban juntar dinero y aprender una nueva lengua.

Con el transcurrir de los meses, Eduardo descubriría los alcances altruistas de este hombre, temeroso de Dios, sin convicciones partidistas, imbuido en una tragedia familiar indescriptible y adaptado a las fortalezas y debilidades de un sistema legal migratorio lleno de hoyos y misterios.

Carlos regresó al punto de reunión del periodista y los costarricenses y se despidió. El reencuentro tendría lugar al día siguiente, a las ocho de la mañana.

Eduardo aún no se adecuaba a los nuevos símbolos y ruidos de la ciudad. Por el momento, tenía la necesidad de pagar dos dólares con veinticinco centavos cada vez que abordaba un autobús urbano. El inglés volvíase inexpugnable e inaudible y las monedas escaseaban. Por cada dólar canadiense necesitaba invertir casi doce pesos mexicanos. En el departamento donde vivía, compartía con otro inmigrante el refrigerador y el baño y la recomendación había sido clara:

Cada quien tiene sus alimentos y su parte de refrigerador. Nadie debe tocar las cosas del otro, así se tenga hambre o falte el dinero, hay que evitarnos broncas”.

El departamento estaba en el piso diez y nueve de un edificio de veintiún niveles. Constantemente se activaban las alarmas contra incendio y era necesario abandonar los departamentos en pijama o calzoncillos y descender las escaleras a grandes zancos. Los tres elevadores quedaban inactivos.

Eric Márquez tenía el contrato del departamento de dos habitaciones, baño, sala y cocina y rentaba una recámara. Trabajaba con un matrimonio de filipinos, dedicados a limpiar edificios públicos, y durante doce horas diarias arrastraba una pesada aspiradora y una cubeta rellena de desinfectantes, jabón líquido y estropajos. Intentaba vivir dos años más en Canadá y regresarse a Venezuela, de donde provenía, para abrir un restaurante de comida internacional. No le interesaba ahorrar su dinero en bolívares, la moneda oficial de su país, sino en dólares americanos.

Había tenido la paciencia de abrir una cuenta bancaria en esa divisa y desde Toronto enviar los dólares a nombre de Juan Enrique Cabrera, su verdadero nombre. Llevaba cuatro años sin estatus legal en Canadá y había logrado sobrevivir sin ser molestado por la policía migratoria. Todos los sábados, puntualmente, hacia la transferencia de dólares a través de una agencia latina, Vigo, que le cobraba quince dólares por cada trescientos enviados. Jamás bebía alcohol, ni fumaba y pocas veces se relacionaba con alguna mujer.

Y daba sus razones:

“En Canadá las mujeres tienen mucho poder legal y con sólo denunciarte con la policía te detienen, encarcelan y luego averiguan”.

Cuando llegó a Canadá lo hizo como turista. Desde entonces no dejó de trabajar. En Baruta acuchilló al amante de su mujer, una enfermera del hospital Maitana, y por ser empleado del aeropuerto internacional “Generalísimo Francisco de Miranda” logró abandonar su país e internarse en Canadá. Primero estuvo en Québec, donde aprendió francés, y terminó en Toronto. Ya dominaba el lenguaje de los sajones y le rehuía a los hispanos. Esa era su principal recomendación:

“No te juntes con latinos porque son muy inmorales y transas, sólo se aprovechan de ti”.

Un par de meses después, el periodista le daría la razón. Su anterior compañero de departamento, un irlandés manco, se casó con una ucraniana y tuvo que mudarse a una casona de la avenida Weston. Así que Eric sacó un anuncio en el semanario Compra y Venta, de origen hispano, y Eduardo logró sustituir al irlandés. De entrada pagó 700 dólares por su derecho a la habitación y adquirió un viejo sofá cama, valorado en cien.

Durante la noche, el periodista escribió en su diario personal, algunos apuntes relacionados a su experiencia en el transporte público de Toronto. Estaba devastado por la falta de dinero y trabajo y el sueño empezaba a convertirse en su acérrimo enemigo. La sabia de la vida iba alimentando el suelo canadiense hasta exhibirle los huesos.

HEMEROTECA: La mirada de Dreyer – Nosferatu

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