LOS AMARRES…

el infierno de gaalia5

Anthonny Lapenane  recibió a Catherine en ropa casual —jeans, camisola y sandalias— y el palio arzobispal bordado a mano por indígenas inuits de Ungava.

El encuentro fue en el privado, oculto en los sótanos de la catedral Marie-Reine-du-Monde, réplica de la Basílica de San Pedro, en Roma.

La cabeza calva y los pequeños anteojos circulares, dábanle al arzobispo cierto parecido a un monje budista.

El recinto olía a resina de cedro libanes.

    —Hija, estoy contento, porque asististe a misa y acudiste a mi invitación —dijo Lapenane.

La ministra se inclinó y le besó el dorso de la mano derecha.

     —Su bendición siempre es necesaria, reverendo…

     Lapenane la guió a un conjunto de sillones de madera sin laquear.

Una veintena de iconos cristianos de los siglos XVII y XVIII tapizaban los viejos muros encalados.

—Siéntate, siéntate y tomate conmigo una copita de anís… Hay tanto que hablar… más en estos días de mucho movimiento político en nuestra amada provincia…

Catherine obedeció.

No lograba disimular su ansiedad.

La tensión era evidente.

En dos días tendrían lugar los comicios para renovar la primera magistratura de Quebec.

Luc y Geogetto presionaban. Le exigían lealtad y un abierto trabajo político.

Lapenane representaba a los nacionalistas radicales. Se negaba a negociar posiciones en el área educativa.

Los liberales canadienses controlaban la Casa de los Comunes y al gobierno federal.

—Ten, hija… es un anís persa, de donde se originó este portento de bebida espiritosa…

—Tuve la oportunidad de probar un Pernod en Marsella, de manos de su alcalde Jean-Claude. Entonces comprendí los misterios de esta bebida…

—Es digestivo el alcohol dulce…

Lapenane era hijo de padre francés y madre italiana. Su amistad con el cardenal Enrico Turqueda, su antecesor, influyó para que el Papa Juan Pablo II lo designara arzobispo de Montreal.

Durante doce años fue Prelado Auxiliar y tuvo bajo su responsabilidad el control político de los templos y colegios católicos de la provincia.

Un sacerdote, hermano del subsecretario de Inmigración, Freddy Dupond, le informó al Vaticano de los sucios negocios de algunos alcaldes de Quebec —en su mayoría liberales— y la mafia siciliana.

De ahí el escándalo mediático.

—Hablé con el Primer Ministro y no pondrá obstáculos antes y después del resultado de las elecciones…

—Luc sabe que las cosas no andan bien en Quebec, hija. Tiene que aceptar el veredicto de la ciudadanía. Los indicadores del  desempleo y subempleo están por arriba de lo permisible, más del nueve por ciento…El asunto de la corrupción altera la tranquilidad de los prestadores de servicios de Quebec, Laval y Montreal…

—La dirección general de Elecciones da por hecho que Geogetto gana, pero con un puntaje muy cerrado. No creo que tengamos mayoría absoluta en la Asamblea Nacional…

—Lo sé, lo sé, hija… Pero es el principio…No habrá marcha atrás, ten la seguridad. En la diócesis estimamos que los Nacionalistas obtendremos entre cincuenta y cinco a sesenta escaños de la Asamblea, de ciento veinticinco. Debemos sentirnos satisfechos… Los liberales y los coalicionistas tendrán que aliarse para defender su visión de país, ajeno a los intereses mayoritarios de los primeros quebequés

—Definitivamente la izquierda quedó rezagada… No avanza. Ya Geogetto está en pláticas con ellos… Estimamos que pueden obtener uno o dos escaños…

—No confío mucho en los solidaristas por su apego al comunismo internacional… Están abiertamente a favor de los matrimonios homosexuales y de lesbianas… Su postura al aborto también lastima a la iglesia… Hay que ser prudentes…

El arzobispo bebió su tercera copa de anís sin dar visos de querer acortar la conversación.

Catherine sabia —como las cúpulas del poder político y financiero—que monseñor Lapenane tenía las manos metidas en el movimiento universitario opositor al incremento de las cuotas semestrales: de mil setecientos dólares a tres mil quinientos.

Los dirigentes estudiantiles, por intermediación de varios sacerdotes y maestros separatistas, lograron acuerdos secretos con Geogetto para echar abajo el decreto, aprobado por los asambleístas de corte liberal, que intentaba disminuir el gasto público en la educación superior y fortalecer las finanzas de las universidades privadas y los bancos.

Miles de jóvenes tomaron las calles.

En las movilizaciones fueron macaneados y gaseados.

Las cárceles de Montreal y Quebec se llenaron de universitarios enardecidos.

Tremblay y los asambleístas liberales aprobaron al vapor una ley —la 78— para criminalizar la protesta y consignar penalmente la protesta.

La voz de Lapenane se hizo escuchar y trascendió en los templos católicos y prensa:

—La diócesis se opone a cualquier intento de coerción a los doscientos mil universitarios, por cuestiones de dinero. Debe resaltarse el dialogo y el respeto a sus demandas, que son legítimas. Entiendo la postura de quienes administran la educación, pero sobre el negocio privado debe prevalecer la paz social y el bienestar de nuestras familias.

 En respuesta, Tremblay  decidió adelantar los comicios y buscar la reelección.

Era el único recurso político para conocer los alcances de su labor al frente de Quebec.

En realidad, las elecciones serian un referéndum, donde dos millones de ciudadanos darían su veredicto de votar el cien por ciento de inscritos en el padrón electoral.

Tremblay no contaba con el apoyo del Vaticano y de la mayoría de empresarios, molestos por la injerencia abierta de la mafia siciliana en algunos ayuntamientos.

Lapenane dejó entrever su dentadura postiza, recién estrenada. Y sugirió:

—Hija, tenemos que aprovechar esa pequeña fisura que nos han abierto nuestros adversarios. Hacer una revisión a fondo de los programas pedagógicos de la francesación. Tú tienes el suficiente poder para podar las ramas y convertir el yes por el oui… Tienes toda mi consideración y bendición… Y lo sabes…

HEMEROTECA: Tres tristes tigres – Guillermo Cabrera Infante

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