MI AMIGO CHENCHO

el infante portadaAusencio Pelcastre fue un camarada distinguido en mis tiempos de chaval. Sin quejas enfrentamos los sinsabores del cuarto y quinto grado de primaria.

Nos hermanaba la aventura.

Su padre, serrano por todos los costados, levantó su casa de madera al borde del Llano grande, verdadero oasis de grama y charcos. Tenía una hija atractiva y callada. Mantenía a su familia tallando madera y destazando neumáticos viejos y pellejos de res.

Los Pelcastre eran los talabarteros de Huayacocotla.

En una ocasión nos internamos al huerto de mi padre, colindante al Llano grande. Chencho, como le decíamos de cariño, desenfundó una pistola de madera con cilindro metálico. El percutor, obtenido de un clavo, accionaba con una liga negra.

Fue la primera vez que toqué, accioné y escuche detonar una verdadera arma de fuego, calibre 22.

La camarilla se integraba con cuatro compañeros de la escuela primaria federal Wilfrido García: Chencho, Lucrecio Garrido, Severo Buitrón y yo. En algunas ocasiones se nos unía Martin, el hijo del cartero.

Siempre obligados a deambular en jorongo de lana, sombrero y botas de hule

Una o dos veces al mes nos íbamos de pinta, a cazar cuervos, conejos y ratones de pradera. Del grupo, yo era el más torpe en el manejo de la resortera —o charpe— y Chenco la elaboraba con horquetas de pino y tiras de cámara de neumático.

Los libros escolares terminaban ocultos en el hueco de un enorme encino. El motivo: vaciar nuestras mochilas o morrales de ixtle para meter las presas y piedras.

—Primero checamos las trampas y después estrenamos la pistola —nos aclaró Chencho.

Su cara de niño se distinguía por el color negro de sus pupilas. Cuando hablaba aquel par de círculos tornabanse opacos, como balines.

Imponía su autoridad y pocos cuestionábamos sus decisiones.

Severo tocaba el violín, por ser hijo de músico. En esa ocasión lo llevó a la foresta. Lucrecio tuvo el encargo de proporcionar el fuego: los famosos cerillos Clásicos con una pintura de Leonardo Da Vinci impreso en una de sus caras. Yo aporté un comal de lámina que tomé de la cabaña, sin permiso de mi padre.

De todos, únicamente Chencho usaba sombrero vaquero y cinturón piteado, elaborado con sus manos. En el cuero talló su nombre y una serpiente con escamas.

Nos internamos en la zona boscosa del rancho de mi padre. Un riachuelo corría al fondo del barranco y partía en dos al montículo poblado de jonotes, pinos, álamos y encinos. Chencho era el experto en colocar trampas para conejos y tejones. Utilizaba cordones de distinto grosor, alambre, palos tallados, piedras y ramas.

Después de la  cacería y de accionar la pistola hechiza, asamos nuestras presas: dos conejos y varios perdices.

Severo se había ausentado con el pretexto de ir a defecar. Media hora después regresó con dos litros de curado de pulque en un garrafón de plástico. Le robó al cuidandero del rancho de don Jesús Solís. Su cabaña se encontraba en los linderos de las tierras de mi padre.

Comimos y bebimos pulque. Severo tocó el violín y cantó corridos interpretados por Pedro Infante. Por demanda unánime, repitió en varias ocasiones La Calandria y Allá en el rancho grande.

El pulque nos alegró el día y amargó la tarde. En mi caso me provocó vómito y diarrea.

Mi tía Ana María estimaba a Chencho por la forma desenfadada de vivir. Era su ahijado. Uno más de los muchos que tenía en el pueblo y rancherías aledañas. Precisamente por conocer su carácter atrabancado, me advertía de los riesgos.

—Ese chamaco va a acabar mal y ahí de ti que lo secundes —repetía mi tía cada vez que lo encontrábamos en el mercado municipal o en la iglesia.

Chencho muy contrito murmuraba:

—Su bendición madrina…

Mi tía lo santiguaba y extendía su mano para que Chencho besara el dorso.

 —Me saludas a mis compadres y no faltes a la escuela —espetaba mi tía y le entregaba un billete de a peso.

—Dios le dé más, madrina…

En esos encuentros, yo pasaba desapercibido. Chencho evitaba saludarme.

—¿Por qué nunca me pelas cuando estoy con mis tíos? —le pregunté en el aula.

—Mi madrina me prohibió jugar contigo, porque cree que soy mala influencia…

Y los motivos sobraban para evitarlo.

Por ejemplo, un domingo me convenció para sacar a hurtadillas una yegua de mi tío Ramón, atada en el huerto del hotel. La montamos. La bestia, al sentir el primer pajuelazo lanzado por Chencho, partió a gran velocidad hacia la carretera.

En uno de los tantos saltos, fui lanzado al vacío.  Chencho sostenía la brida y yo iba a sus espaldas.

Tuve suerte de caer en un montículo de tierra suelta, extraída al excavar una zanja.

Varios testigos, principalmente el velador del hotel, le informaron de lo ocurrido a mis tíos.

Durante varios días lucí un enorme chichón en la frente.

 Por el susto, me obligaron a beber una copa de aguardiente con piloncillo y yerbas medicinales. Era el único medio para retener a mi espíritu o esencia de vida. De escapárseme, poco a poco enflacaría hasta morir, según la creencia de los pobladores.

Ese domingo solo fui alimentado con una cemita, un pan de la región. Me prohibieron comer la barbacoa de borrego que una mujer de Viborillas le regaló a mi tía Ana María. Era su comadre.

Los años transcurrieron sin darnos cuenta. Mis andanzas en Acapulco, Tulancingo y Ciudad de México me alejaron de Severo, Lucrecio, Martin y Chencho. Cada uno maduró a su manera y perdimos contacto.

Chencho Pelcastre se hizo hombre. No continuó sus estudios al terminar la primaria.

Por su carácter bronco y apego a las pachangas, cosechó infinidad de amigos y enemigos.

Las mujeres casadas lo asediaban por su porte físico y carisma.  Durante el día sus maridos se partían el lomo con la yunta o en las oficinas públicas. Le sobraba tiempo y vigor a Chencho para aplacar su furor uterino.

En las fiestas patronales demostraba sus habilidades dancísticas. Lo mismo hacía en la monta de toros y en las carreras de caballos cuarto de milla. Durante sus duelos a puño pelado, tenía la sucia costumbre de noquear a sus adversarios. Después, les orinaba el rostro para despertarlos.

Su hermana, de niña flacucha y granienta, se convirtió en  una atractiva mujer, de cintura estrecha, cadera ancha y trasero  destacable. Difícil no mirarla al caminar. Inquietaba terriblemente a los hombres casados, e incluyo a mi padre. Por él me enteré del trágico final de Chencho: lo balearon en una fiesta.

—¿Y qué piensas ser de grande, Chencho? —le pregunté en una de las tantas incursiones a Viborillas.

En su llanura encharcada atrapábamos ranas y serpientes. Las asábamos para comer.

—Voy a tener un cabronal de vacas, toros para jinetear y caballos cuarto de milla… Quiero ser ranchero y gallero…

Chencho tendría nueve años, uno más que yo.

Por lo mismo, en los instantes de redactar estas líneas, sorprende recordar sus innumerables habilidades de artesano y vaquero: criador de gallos de pelea, cazador de venados y jabalíes, jinete de caballos cuarto de milla, tallador de madera y cuero animal, domeñador del metal y vidrio, fabricante artesanal de huaraches y calzado y forjador de dagas, machetes y armas de fuego…

 —¿Y tú qué quieres ser? –reviró Chencho.

Tallaba una figura humana en un trozo de madera. Nunca se despegaba de su navaja de bolsillo.

—Maestro o licenciado, eso quiere mi tío…

—Mejor licenciado, así me sacas de la cárcel…

Nos quedamos absortos, bocarriba, observando las agujas triangulares de los pinos que se desparramaban por la ladera del cerro.

La niebla empezó a ascender con su generoso aliento de vida…

Aún resuena el violín de Severo y la voz melodiosa de Pedro Infante, interpretando La Calandria

En una jaula de oro / pendiente de un balcón / se hallaba una calandria / cantando su dolor…

VIDEOTECA:

HEMEROTECA: TvNotas – 6 noviembre 2018

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s