AL VUELO…

Por Everardo Monroy Caracas

polvos ajenosLo escribes al vuelo. Durante el trayecto en el tren subterráneo. Te diriges al corazón de Montreal. La marcha de maestros iniciará en una hora, a las diez de la mañana. La policía ha acordonado las calles. El cuadrante terminará siendo una jaula: La cage de la dignité. Intentaran impedir el arribo de los estudiantes.

Hay despidos y recorte presupuestal en el Ministerio de Educación.

Es la nieve volando por mi casa…

La que lame al ventanal de enfrente…

Llora un laurel azul y sin carcasa

golpeado por un viento irreverente…

 

Es tu perro de pelo incandescente

Quien presiona para ir a visitarlo

Salta, ladra y es grandilocuente

En su afán de cagarlo y orinarlo.

 

Por las calles, comercios caza-clientes

y los taxis, perpetuos bajas-subes

que remojan a locos e  invidentes.

 

El invierno arrastra hacia los clubes

a borrachos, adictos y dementes

que deambulan asidos de las nubes.

Frente a ti, dormita una mujer de rostro marmóreo. El agotamiento es evidente. La delata el ritmo de su respiración. Es de sueño profundo. No le importa alterar la tranquilidad de los vecinos.

La entiendes. Lo mismo ocurre con tus compañeros de vagón. Hay solidaridad.

Intentas elegir la parada correcta, de las veintisiete de la línea verde, Angrignon-Honore Beaugrand. Escudriñas el estrecho espacio con asientos azules y muros empapelados con propaganda comercial.

—¿Quelle heure est-il, monsieur?

Lo pregunta un hombretón de escasa cabellera y bigotes de Bienvenido Granda. A su costado, una mujerona cargada de peso engulle placentera su barra de chocolate con almendras.

—Nueve diez…

—¿Es usted escocesa? —le preguntas a la mujer de carnes generosas.

—No, italiana, de Florencia…

—Yo soy irlandés —interviene el rubicundo bigotón—, de Dublín… y estoy de paseo…

La mujer lo observa con admiración. El irlandés tiene enormes manos y un poderoso cuello de pesista. Su emoción se desvanece al acallar el ronroneo de su compañera de asiento.

—¿Ya llegamos? —cuestiona la mujer sin dar visos de preocupación.

—No corazón, faltan cuatro estaciones, descansa —el irlandés la tranquiliza.

Ella obedece.

Un tipo de piel oscura y ojos lapislázuli tararea una melodía. La escucha en su IPad. Utiliza audífonos. No suelta el tubo cromado que retiene a una veintena de pasajeros. Es un mentor. Lo evidencia la cinta roja atada en su antebrazo izquierdo, donde tiene grabadas las letras FAE: Fédération Autonome d’Enseignement.

Es uno de los treinta y cuatro mil maestros en paro de la isla. Le demandan al gobierno provincial un incremento salarial del 13.5 por ciento y cesar los despidos injustificados.

No les importa que el frio esté a menos diez grados centígrados o la nieve convierta las calles en territorio minado.

Tú serás un testigo privilegiado de la marcha. Has decidido meterte en la cafetería de la rue Jeanne-Mance. Desde el ventanal observaras el paso de la caravana de profesores en paro.

El gobierno liberal no solo se niega a aumentarles el salario, sino busca incrementarles las horas de trabajo semanal: de treinta y dos a cuarenta. De ahí el origen de la protesta.

Relees tu soneto. Descenderás en dos paradas, precisamente en la estación de Place-des-arts.

Es atractiva la mujer que ronca. Te recuerda a la actriz Mónica Bellucci. Su vecina de asiento, la italiana del chocolate con almendras, ha enmudecido. Lo mismo el irlandés. No cesa de bostezar.

El único alegre y energético es el afroquebequense. Escucha Yellow River, vieja rola de los Creedence Clearwater Revival.

 Y de repente, como cualquier juglar de la desdicha, brota el siguiente soneto. Decides recuperarlo en el reverso del volante que promueve la marcha magisterial.

 

No te preocupes, vida mia, es algo tuyo:

invade nuestro hogar, lo aromatiza;

nada puede alejarme; menos tu orgullo,

porque truecas el mal olor, en fina brisa.

 

Eres la diosa Laksmi: mi hermosa Flora.

Deja de lloriquear, no tengas miedo,

que en un rato más el viento aflora

y dejará de aletear tu grácil pedo.

 

Cuando el amor alegra nuestra vida

nada debe alterar la convivencia,

menos un gas inquieto que no anida.

 

Es tiempo de volver a tu presencia

y demostrar señero que en la huida

jamás olvidaré tu flatulencia.

 

Y ya encarrerado, te lanzas por la segunda composición. El milagro de la cafeina…

 

Si has tocado la puerta y no contesto

es por mis ausencias obligadas;

sabes muy bien que no hay pretexto

de tener nuestras vidas separadas.

 

Si has buscado en el bar al tipo apuesto,

de melena leonada y barba hirsuta

Te recuerdo mi amor, te soy honesto,

le he partido su madre al hijo e puta.

 

Es por eso mujer que estoy muy lejos,

enclaustrado entre hampones y borrachos

y escuchando los chistes más pendejos.

 

Es por eso que jalo mis mostachos,

olvidando el dolor de mis corvejos

y luciendo infeliz mi par de cachos.

HEMEROTECA: Breve historia de la Revolucion rusa – Inigo Bolinaga

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