1937

Por Everardo Monroy Caracas

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En el siglo XV y principios del XVI, Limache era territorio inca. El emperador Huayna Capác había sometido a los pobladores de la región de Marga-Marga, llamados picunches. Pagaban tributo para no ser exterminados. Predominaban el oro y la plata. Sus habitantes eran excelentes orfebres y alfareros. Tambien agricultores y criadores de llamas y guanacos.

La caída del imperio inca provocó que los nuevos conquistadores europeos impusieran sus normas de convivencia y trabajo. El soldado español era cristiano. Por un decreto real, el capitán extremeño, Pedro Valdivia obtuvo grandes extensiones de tierra: abarcaban los arenales de Valparaíso, Villa del Mar  y Concon. Hasta las llanuras limitantes con la cordillera de la Costa. Gracias al rio Aconcagua, los valles eran húmedos, propios para la agricultura y ganadería.

Valdivia heredó su encomienda al clero. Los misioneros franciscanos la nombraron Doctrina de Limache. En 1636 ahí edificaron la iglesia de Santa Cruz, tras encontrar un árbol en forma de cruz con un grabado parecido a la figura de Jesucristo.

Los españoles diezmaron a los nativos originales. Los obligaban a realizar duras jornadas en las minas de oro y en sus haciendas. El único legado imperecedero de los picunches fue bautizar su hábitat —rico en metales preciosos—  como Penacho del brujo, en lengua mapuche.

Según una leyenda, sus dioses cubrieron su principal veta de oro —el cerro de La Campana— con una costra de granito. Supusieron que ello limitaría la codicia de los conquistadores europeos e impediría la destrucción del paraíso natural de sus ancestros.

Después de asistir a la escuela básica Estándar, de la avenida Urmeneta  —a cinco manzanas de la casa de los Shaw—, pude darme cuenta de los orígenes de la comuna. Entender por qué cada mes de febrero los habitantes de San Francisco de Limache participaban en largas procesiones religiosas y veneraban a la Virgen de las 40 horas. La fiesta patronal se realizaba el último domingo de febrero. Precisamente en una de ellas, cuando yo no cumplía mi primer año de vida, Frida decidió abandonar a sus padres y juntarse con un marinero mercante de Valparaíso.

La tristeza volvió a lastimar la cordura de Emma y Guillermo. Centraron sus haberes en mi cuidado y educación.

Me recuerdo de la mano de mis padres de crianza en el parque Brasil, la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes o en las ferias finsemaneras, donde Emma compraba frutas, granos y verduras. El olor a condimentos era tan penetrante, como el sabor de la leche.

El pan nunca faltaba en nuestra mesa.

Mi entrada al salón de párvulos me acercó, por primera vez, con niños de mi edad. El primer himno pegajoso que pude repetir, a los pocos días de ser inscrita, fue la Canción Nacional de Chile. La misma emoción sentí ante nuestra bandera tricolor con su estrella blanca sobre un fondo azul marino.

1937 era año electoral. Los muros, quioscos, árboles y candiles públicos estaban saturados de propaganda política.

Guillermo, al que de cariño empecé a llamar Gringuito, simpatizaba con el Partido Nacional Democrático. Ahí militaban los socialistas y comunistas. A la par, otro de los once partidos contendientes para renovar el parlamento, era el Movimiento Nacional Socialista de Chile —de corte fascista—. El candidato favorito de Limache, Marcos Chamúdez Reitich era periodista. Desde 1929 había ingresado al Partido Comunista, proscrito por el presidente de la república,  Arturo Alessandri Palma. Sin embargo, Chamúdez Reitich ganó el escaño y quedó demostrada la vocación democrática de los electores de San Francisco de Limache y las comunas aledañas.

Tengo presente la gran concentración de simpatizantes de Chamúdez Reitich, de origen sefardita, realizada frente a la estación del ferrocarril, inaugurada en 1856. Un año antes de fundarse la comuna de San Francisco de Limache. Guillermo me llevó en brazos para saludarlo. El político era muy flaco y alto, de rostro alargado, nariz curvada, como de cuervo; barbilla partida y un grueso bigote a la Groucho Marx. Usaba lentes, cabello muy relamido y peinado hacia atrás. En esa ocasión, vestía traje oscuro con corbata del mismo color. Sus principales compromisos —dijo en su alocución—, serian defender la soberanía de Chile; un régimen presidencialista y no parlamentario, como antes de 1925, y promover la nacionalización de la industria del salitre y proteger las mejoras salariales y asistenciales de la clase trabajadora.

La elección de los 146 diputados y 25 senadores tuvo lugar el domingo 7 de marzo de 1937. Tres meses después, celebré mis seis años de vida. Recibí, de los invitados que acudieron al corte de la torta de piña, muchos regalos: juguetes, ropa y dulces. En el manteo participaron Emma y Guillermo y nuestros vecinos, Gloria Guzmán y Saúl Cazares, padres de una muchacha de quince años, de nombre Henrieta.

La ausencia de mis padres y hermanos biológicos pasó desapercibida, porque ignoraba la verdad de mi origen. Emma y Guillermo me prodigaban amor y basamentos. Me llamaban hija; yo, mamá y papá.

Sin darme cuenta, mi inocencia los lastimaba.

Por desgracia, un año después, ese sentimiento hacia ellos cambiaria de una forma drástica y dolorosa…

HEMEROTECA: Cocteau y su tiempo – AA VV

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