LA MISERICORDIOSA

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Ser una zorra —como me llamó un cliente—, es algo que, en esta etapa de mi vida, deja de tener importancia.

Simplemente disfruto la vida.

Hay algo dentro de mí que me desconecta de lo cotidiano y banal.

He dejado que mi fe en los hombres tenga un valor monetario.

Hasta la fecha jamás he robado o mentido.

Cada dólar lo obtengo con lo que ellos ven de mí y les causa placer.

Cada anciano tiene una historia.

La escucho después de vaciarles sus arrugados testículos.

Nada me conmueve.

La vida les dio la oportunidad de encontrar el éxito. Terminaron arrumbados en sus pestilentes departamentos, como muebles inservibles.

No los cuestiono.

Tal vez soy tan semejante y estúpida.

Lo acepto.

Hubert siempre me repite que es feliz desde nuestros encuentros. Le devolví su autoestima. Jamás cuestiono su deformidad, su falsa dentadura y calvicie. Ama verme desnuda.

Su mayor delicia es tenderme bocarriba y meter su rasposa lengua en el coño.

Mientras eso ocurre, evoco a los tres hombres que en verdad amé y gocé, sin importarme sus ofensas y engaños.

Vous sentez comme un trientale boréale, ma belle Sandra…  ma belle Sandra —murmura alucinado el viejo conserje, perdido entre mis muslos…

Y solloza.

Le debo mucho a Hubert.

Le ayudo a bañar a su esposa y lo acompaño en la lavandería.

Lo merece.

No importa que me pague doscientos dólares mensuales por los servicios de cama. Es muy trabajador.

Los inquilinos del edificio le tienen aprecio.

—Casi cuarenta años trabajé en la construcción y terminé con una jubilación de mil doscientos dólares mensuales  —reveló Hubert, durante nuestro primer encuentro sexual.

Su esposa le dio la ciudadanía.

Lo sacó de la indigencia.

Por esa razón, la procura y no le importa que sus hijastros la hayan despojado de su casa y cuentas bancarias.

El gobierno federal le regala trecientos dólares mensuales. Ella nunca planeó su retiro y no solicitó su pensión antes de cumplir los sesenta y cinco años de edad.

Los otros clientes del edificio respetan mi individualidad. Jamás intentan sobrepasarse.

El viejo Nathan Payette, del departamento doce, frisa los setenta y un años y toca la guitarra. Cada jueves lo visito. Cenamos en su mesa o en la cama.

Es un experto en preparar espaguetis y pizzas y ama el vodka.

Es el más posesivo.

Sin embargo, me exige no dejarlo solo, después de intimidar. Le teme a la soledad.

El viejo sabe que en cualquier momento puede morir de un infarto. Es diabético y padece un principio de mal de Parkinson.

Es un rehén de los medicamentos.

De los cinco ancianos instalados en el inmueble del bulevar Saint-Laurent, Payette es quien más dinero obtiene por su pensión.

Un hijo de los seis que tiene le deposita dos mil dólares mensuales en su cuenta bancaria.

Es el heredero universal de una cadena de pizzerías y hamburguesas, establecidas en el viejo Montreal.

Una vez al año se reúne con su familia. Precisamente en octubre, durante el Día de Acción de Gracias.

Los trecientos sesenta y cuatro días restantes se comunican con él por teléfono. Así lo decidió el propio Payette.

—La familia antes me buscaba para encargarme a sus hijos o nietos —me confió Payette—. Tuve que pedirles que me dejaran en paz y si necesitaba su ayuda, les haría por teléfono…

Después de poner orden en su departamento y cenar, nos metemos en la bañera, donde le gusta tener sexo.

Payette paga mil dólares mensuales por obtener mis servicios sexuales una vez por semana.

De mis clientes, es el más pulcro, pero enfrenta el mismo problema de sus pares: insalubridad y desorden en su habitación y cocina. Por lo mismo, también hago trabajo de afanadora y psicóloga.

Tras eyacular, opta por reconstruirme sus días de inmigrante italiano, sus penurias de repartidor y cocinero de pizzas y la traición de su primera esposa.

Si algo me conmueve de los viejos montrealenses —y no importa su origen—, es el abandono en que se encuentran.

Tienden a la suciedad, el alcohol y la depresión.

Su potencial sexual no decae.

Temen dejar su espacio vital e reinventarse fuera de Canadá.

Los ancianos adinerados, como Payette, pasan los largos inviernos en Florida, las Antillas o el Mediterráneo.

No son palabras mías, sino de mis clientes.

Los entiendo.

—¡Que se joda! —diría Serela antes de ser ejecutado mi padre.

Y ahora lo repito, pero en plural:

—¡Que se jodan!

No es asunto mío el envejecer o ser pendejo.

Cada persona cava su propia tumba en soledad. Miente para no hundirse en el estiércol.

En mi caso, desde abril de 2008 soy ciudadana del mundo.

Mi pasaporte mexicano caducó.

No tengo documentos migratorios canadienses.

Los viernes debo visitar al viejo ruso Dale Gretzky y reconstruir sus fantasías sexuales con ayuda de un par de películas pornográficas.

Hasta una zorra latina puede ser misericordiosa…

HEMEROTECA: pro93