BIENVENUE

Por Everardo Monroy Caracas

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En dos semanas dejé de ser un proscrito en Canadá.

Hizo el milagro una hoja marrón que recibí de un oficial del Ministerio de Inmigración y Ciudadanía. Difícilmente olvidaría el número y nombre de la calle: 1010, Saint-Antoine Ouest, segundo piso.

Johnny Morales me felicitó por mi nuevo status: demandante de refugio político.

Los condimentos del milagro: la existencia en Guatemala de militares y policías corruptos y asesinos, paramilitares, polleros, narcos, sicarios y trasnacionales con vocación ecocida y genocida.

En un formulario de trece páginas, titulado Fondement de la demande  d’asile, aporté datos personales y el motivo de mi huida de Guatemala a Montreal. La agente migratoria —rubia preciosa y simpática—, escuchó con atención el relato de mi sorprendente odisea, propia de un Ulises moderno.

El diminuto cubículo de la entrevista,  partido en dos por un grueso cristal antibalas, seguramente registró cada palabra vertida. Fui monitoreado. La mirada, el tono de voz y los gestos, tenían su propio significado.

Intuí que contaría con su apoyo por la insistencia de las preguntas.

 La agente de la Commission de l’immigration et du statut de réfugié du Canada anhelaba conocer al detalle los lugares donde me establecí temporalmente, antes de internarme a su país, por vías terrestre y pluvial: Guatemala, México y Estados Unidos…

Todo ocurrió dentro de un bunker de seis niveles —construido en un céntrico cuadrante—. De calles estrechas, sembradas de rascacielos gris acero y con enormes cristales.

Durante la entrevista, que tuvo una duración de hora y media, utilizamos audífonos y micrófonos para la traducción oral simultánea. Nunca vi a la intérprete o cámaras de video.

—Usted dice ser del parcelamiento de Chiquirines, del Municipio de Ocós, Departamento de San Marcos, de Guatemala. ¿Es así?

—Correcto.

—¿Pero cómo es posible que usted sea un perseguido político si en Chiquirines únicamente viven setecientos habitantes?

—El problema es el narcotráfico, el tráfico humano y la explotación de nuestras zonas forestales y los mantos acuíferos, señorita.

—Usted en el formulario escribió que es militante del Frente de Resistencia en Defensa de los Recursos Naturales y Derechos de los Pueblos y el Comité de Unidad Campesina. También aseguró que han sido asesinados varios de sus dirigentes, como la lideresa Evelinda Ramírez Reyes, quien tenía su residencia precisamente en Chiquirines…

—Correcto.

—¿Y por qué teme usted por su vida? ¿Por qué no solicitó protección de su gobierno?  ¿Por qué no demandó refugio político en México o Estados Unidos?

—Desde 1999, cuando el gobierno privatizó la industria eléctrica en Guatemala, yo participé en los movimientos que se oponían a esa decisión arbitraria. Tuvimos dos reuniones con el presidente Álvaro Colom porque los costos del servicio eléctrico eran muy altos y en respuesta, empezaron a reprimirnos. Como usted ya leyó en mi solicitud de refugio, ocho de los más importantes dirigentes del FRENA fueron asesinados por paramilitares y yo sobreviví porque en el 2010, después de ser ajusticiada la compañera Evelinda logré escapar en una lancha pesquera por el poblado de Manchón hasta Puerto Arista, Chiapas y de ahí pude esconderme cuatro meses en Tonalá, donde trabajé en un pequeño aserradero.

—¿Pero por qué no demandó ayuda de los gobiernos mexicano o estadounidense?

—Hay mucha corrupción, racismo y represión en los dos países, señorita. Mi paso por México fue un infierno y en Estados Unidos los pobres no tenemos derecho a obtener el refugio político, usted lo sabe mejor que yo. Si acudía ante una autoridad me arrestaban de inmediato y aislaban en un centro de detención temporal y tres meses después me deportaban… Muerte segura…

Después de aquel bombardeo de cuestionamientos, la agente abandonó el cubículo. Estuvo ausente quince minutos.  Sin duda, era observado con cámaras de video camufladas. Por lo mismo, intenté leer un folleto sobre derechos y obligaciones de un refugiado político en Canadá. Sin embargo, lo abandoné y abri un periódico latino que cargaba desde mi encuentro con el paralegal.

—La mejor manera de combatir los nervios es leyendo —me recomendó Johnny Morales, antes de que yo ingresara a la entrevista—. Y le sugiero hermano que permanezca tranquilo y cuando responda, hágalo con seguridad y mirando de frente… Los mentirosos siempre tuercen la vista…

El Guateque es un periódico tabloide de cuarenta páginas, distribuido en Montreal. Lo elaboran y editan guatemaltecos. Sobrevive con los anuncios contratados por comerciantes hispanos. Es un semanario de mucha utilidad para la comunidad latina. En sus tres secciones promocionan consultorios dentales, despachos de abogados, restaurantes y supermercados hispanos. Su mayor acierto es publicar anuncios de agencias de empleo o patrones que contratan a inmigrantes sin papeles. Les pagan al contado y no necesitan presentar el permiso de trabajo, emitido por el gobierno provincial.

Durante nuestro trayecto en el tren subterráneo y antes de descender en la estación del metro Bonaventure, el paralegal me aclaró que en el continente americano únicamente los estadounidenses tenían posibilidad de ser aceptados como refugiados políticos. Lo mismo ocurría con ciudadanos de otros veintisiete países de Europa, Asia, Medio Oriente y África. Por tal razón, de darle entrada a mi solicitud, debía ser razonable y no autoengañarme. Sería un error actuar como ciudadano canadiense.

—Se trata de ganar tiempo, hermano, y ahorrar —dijo mirándome a los ojos, sin mover un musculo facial—. Eso sí, usted recibirá mucha ayuda del gobierno mientras se decide su situación migratoria. Le recomiendo que trabaje duro, aprenda francés y no se meta en problemas, porque aquí la justicia es muy exigente. Hay cero tolerancia… En Quebec nadie se muere de hambre o de una enfermedad curable…

Desayunamos en una cafetería cercana al edificio del Ministerio de Inmigración y Ciudadanía. Recibí respaldo desde nuestro encuentro, tres días antes. En el bufete de abogados leyó mi supuesta historia de persecución y miedo, redactada y corregida por Lisandra. De inmediato me presentó con su jefe, el abogado migratorio de descendencia afroantillana, Antoine St-Ives.

Las instrucciones de St-Ives fueron, que:

El paralegal estaría conmigo en las oficinas del Ministerio de Inmigración y Ciudadanía.

Y me apoyaría con todos los trámites burocráticos:

Llenar el formulario de trece páginas, entregar mis documentos personales caducos —licencia de conducir, pasaporte guatemalteco y visa americana—  y aguardar en la sala de espera mientras yo enfrentaba un rápido chequeo médico, tomaban mis huellas dactilares y era fotografiado de frente y perfil. El agente migratorio registraría en la ficha signalética detalles de mis cicatrices, seis lunares del pecho y dos tatuajes: un quetzal y la palabra Melania  en el antebrazo izquierdo y la espalda.

Todo ocurrió de acuerdo a lo previsto.

Después de tres horas de espera, me entregaron la hoja color marrón con mis datos personales y fotografía. El documento me autorizaba transitar libremente en Canadá, mientras analizaban mi solicitud de refugio político.

Una mujer de rostro marchito, tal vez por el tedio, le informó al paralegal que el viernes, a las diez de la mañana, debía presentarme. Me interrogaría un agente de la Commission de l’immigration et du statut de réfugié du Canada.

—Es un simple formalismo, hermano Venancio —explicó Johnny Morales—. Lo van a interrogar para confirmar si no tiene traumas que pongan en riesgo la seguridad de los vecinos o si es buscado por la justicia de Guatemala o de otras naciones. Cubriendo ese requisito, pasaremos a la siguiente fase: lo llevaré a las oficinas de la Comisión de Ayuda Jurídica de Quebec para que le proporcionen un abogado migratorio sin costo para usted, hermano, y es ahí donde entramos nosotros… Tenemos que armar el expediente que compruebe sus dichos y será un juez migratorio quien decida si se queda o lo deportan…

—¿Y el proceso cuánto tiempo durará, guasero?

—Un año o dos, depende… así que tranquilo, hermano…Cristo está de su parte…

Mientras aguardaba, en el claustrofóbico cubículo, el retorno de la agente migratoria, ojiverde y nariz operada, evoqué a Melania, mi Melania. La muy hija e puta seguía latente, incendiaba mi cerebro, la maceta. Era como si hubiese recibido un mameyazo en la nuca.

Por instantes pasó a segundo término la preocupación de mi estancia legal en Montreal. Su ausencia física corroía mi entereza.

No me importaba seguir vivo, saludable y sin miedo…

La necesitaba…

Nada era igual sin Melania Cordero…

—Dans quinze jours, nous vous enverrons une lettre où nous confirmerons si votre demande de refuge politique a été approuvée. —la voz de la agente migratoria me atrajo al presente—.  Bienvenue au Canada monsieur Cobos…

HEMEROTECA: Breve historia de la guerra de los Balcanes – Eladio Romero

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