RASHID RABBANI

la langosta portadaUna sarta de habladurías antes de servir la primera ronda de cerveza.  La Langosta es una ruidosa olla exprés.

La nieve acorraló a lo peorcito del barrio.

Pero vayamos al grano.

Te dices descendiente de aqueménides. Gigante, pesado. Pocos pueden dudarlo. Pech insiste que tienes sangre cosaca. Lo revela tu desastrosa faz, pringada de pulao. El cepillo jamás ha tocado tu pelambre, húmedo por la nieve.

El grosor de los nudillos no deja duda. Hay tanta callosidad, como el caparazón de un quelonio. Has bebido demasiada cerveza. Te partes el lomo en una bodega de neumáticos. En Kabul fuiste peleador callejero. Lo gritas a los cuatro vientos. Pítimo, como una cuba. Te ganabas el pan oliendo a cabra y machacando narices y mandíbulas.

Cada cicatriz del rostro —una roca labrada a martillazos— consigna tu pasado violento.

Si en Ghazni ganabas la pelea, es posible que hoy estuvieses muerto.

Falcón coincide con el peruano.

—Yo si le creo al man… Los guaros lo tienen muy prendido y estoy seguro que dice la verdad…No es nada güevón…

En un mal francés revelas detalles del encuentro. Intento imaginarte frente al talibán con el torso desnudo y en medio del corro de fundamentalistas musulmanes. Algo parecido al encuentro en Toledo, Ohio, de Jack Dempsey y Jess Willard. Lógico, en esta ocasión, los dos del mismo tonelaje.

Hay un antecedente. Tu viaje a Ghazni por un asunto familiar. Lo pidió tu padre.

—Nada sabemos de tu hermana, Rashid. Debes visitarla…

—¿Y quién recibe las cabras de Wasima?

—Con tu madre nos damos abasto  —lo tranquilizó su padre, ferviente seguidor del Corán.

De Kabul a Ghazni recorriste doscientos kilómetros de arenales y campiñas. Lo que menos imaginaste fue encontrar una ciudad devastada. Zeba tuvo que huir a Gardez con sus hijos. De ahí a Pakistán. Los talibanes secuestraron a tu cuñado, Farukh. Lo condenaron a morir por degollamiento. En su casa encontraron revistas y películas estadounidenses.

De nada te sirvió recitar en árabe la paz este contigo (as-salam aleikom). El guerrillero de la garita, en pakol, kurta y salwar, te obligó a descender del automóvil e hincarte con los brazos en alto. Lastimaba tus costados con el cañón del fusil.

Pech, Falcón y Viviana se han hecho cargo de tu cuenta. Yo, aunque lo deseara, ando escaso de dólares. Un problema de salud me alejó un par de semanas de la vida pública. Desde el viernes no cesa de nevar.

—Rashid, Rashid Rabbani, je m’appelle—repetiste al entrar al bar y enfrentarte con Pech y Viviana en la barra.

Bebes cerveza directamente de la jarra. Impresiona.

Es como si el monje Rasputín hubiese reencarnado en el afgano.

Fue el maldito colombiano quien te soltó la lengua. Sin necesidad de empujar el acelerador. Solito empezaste a recordar tus tiempos de gladiador y criador de cabras.

El jefe de la guerrilla —en turbante negro y manta patu guinda— te interrogó en turco y pastún. Tambien intentó sondearte en inglés y te disculpaste por tu ignorancia. Preferiste identificarte como boxeador que cabrero. Interesado, el jefe talibán pidió que te enfrentaras a puño desnudo con uno de sus hombres. No te negaste. Sin embargo, aprovechaste su interés para demandar clemencia por tu cuñado.

Dios tiene poder para perdonar todos los pecados. Él es el Perdonador, el Misericordioso—recitaste parte de un sura del Corán.

—Gánate nuestra benevolencia a pulso —fue la respuesta.

La pelea duró un par de horas. La protagonizaste en un solar bordeado de basura y rocas. Hedía a carne podrida. Pensaste en los cadáveres que yacían bajo los escombros de las casas destruidas.

Tu adversario era enorme, peludo. Verlo en la fotografía que conservas en la cartera confirma tus palabras. Los dos tienen el rostro tumefacto, sangrante. Te ves menos dañado, entero. Te imaginamos aporreando al guerrillero, tan greñudo y descomunal como tú.

Medio centenar de talibanes observan la pelea, sin desprenderse de los fusiles. Gozosos, pelando los dientes.

En Kabul eras conocido por camorrista. Tus peleas eran memorables. En días posteriores me enteré de más detalles de tu paso por Afganistán. Ingresaste a Quebec a principios de 2007. Por lo convincente de tu historia de persecución, obtuviste la ciudadanía canadiense. Lo mismo ocurrió con tus padres, hermana y dos sobrinos.

Como ocurre en estos menesteres extraordinarios, Pech coronó el buen rato regalando comida. En esta ocasión, pidió telefónicamente un gran platón de gabli pulao con carne de cordero, judías, arroz hervido y trozos de zanahoria. Por lo picante y la forma de comerlo, preferí solo mordisquear una rebanada de pan de sal, sin meter los dedos al platón.

La historia de Rashid tuvo un final desagradable. Farukh fue decapitado. No pudiste evitarlo.

Vengarte es tu obsesión. De ahí tu apego a la fotografía.

Los guerrilleros festinan tu duelo.

El talibán te venció…

HEMEROTECA: El cine negro en 100 peliculas – Antonio Santamarina

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