LA OSCURIDAD (Cap.5-6, Final)

Por Everardo Monroy Caracas

crisalida5

Jueves 1 de diciembre

Crisálida no respondía a mis llamados. Era urgente ponerla al tanto de mi descubrimiento, pero mis palabras terminaban en el buzón de voz. Lleno de ansiedad, y con temor a desvanecerme, dejé el edificio. En mi cacharro rodante enfilé a la costosa guarida de la stripper.

—Contesta, contesta, maldita sea…—repetía cada vez que activaba el teléfono portátil.

Mi imprudencia tuvo consecuencias.

En la calle Ontario fui alcanzado por una patrulla. Su conductor, un policía de rasgos asiáticos, me conminó con el altavoz a detenerme y orillarme.

Obedecí. Me quedé engarrotado frente al volante. Le rogué al Gran Stalin —colgado en el espejo retrovisor— que me zafara de la bronca.

—Sus documentos, por favor… —demandó el policía, güero y pecoso.

Desde la patrulla y tras el volante lo observaba su pareja.

—¿Qué hice, oficial?

—Sus documentos…

Los extraje de la guantera y entregué: permiso de conducir, contrato de aseguranza y credencial de ciudadano canadiense.

El policía cara-de-fresa, en una IPad metió algunos datos que copió de mis documentos. Dos minutos después, menos hosco, me los devolvió con una advertencia:

—Señor Almicar, tiene que ser más prudente al manejar… Pudo haber provocado un accidente al doblar por la calle Saint André…

—Discúlpeme, tendré más cuidado…

Mi cerebro dejó de codificar lo ocurrido. Retomó el asunto por el que me dirigía al departamento de Crisálida.

Me angustiaba imaginar una escena dantesca al entrar a la habitación donde dejé el cadáver: Crisálida destazando a Gael Arteaga con una sierra eléctrica y metida en un jorongo de plástico negro para protegerse de la sangre.

La desesperación es la madre de la imprudencia.

El haber hurgado los archivos virtuales de Gael permitió dilucidar algunas incógnitas sobre su vida. Jamás imaginé que fuera un enfermo crónico, con un grave problema de ansiedad y esquizofrenia. En dos ocasiones, su madre lo internó en un hospital psiquiátrico. Los medicamente que ingería no debían mezclarse con alcohol o cocaína. De hacerlo, alteraría su personalidad y convertiría a su entorno en un campo de batalla.

Crisálida lo obligaba a consumir Viagra, según me reveló. El medicamento tambien podría ser lesivo para su salud.

Iba a tomar el teléfono e insistir en el marcaje, pero reculé. Había llegado al edificio donde yacía, bocarriba, el cadáver de mi amigo.

La escena que visualicé casi paraliza mi corazón.

En la entrada principal estaban aparcadas dos patrullas con las torretas encendidas y una ambulancia. Lo mismo, una veintena de curiosos. No les importaba el frio.

La nieve cubría la banqueta, a pesar de haber sido salpicada de sal.

Pensé en huir.

Sin embargo, la insistencia de ponerme en contacto con la stripper me obligó a ser menos obcecado e imprudente. La policía fácilmente daría conmigo. Mi nombre y número telefónico aparecían en los móviles de Gael y Crisálida.

Tendría que enfrentar la verdad. Dar mi versión de lo ocurrido, era lo mejor.

El peritaje del médico forense esclarecería la causa del deceso. El único cargo que podría enfrentar ante el fiscal sería el de omisión de socorro, o algo por el estilo.

Mi saliva perdió dulzura. Empecé a tragar algo parecido al jugo de sábila.

Las piernas se me aflojaron. Tendría que romper el anillo humano para internarme al edificio.

Lo mejor será entregarme a la policía, pensé.

Un hecho era claro: yo nada tenía que ver con la muerte de Gael. Solo quise auxiliar a su amante. Lamentaba que Crisálida sería la pagana de la tragedia, al no poseer un estatus migratorio. Sin duda la investigarían en un Centro de Detención Preventiva del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración. Su única carta legal sería demandar refugio político y aguardar, en encierro obligado, que un juez migratorio decidiera su futuro.

Deja de pensar en ella, pendejo… Piensa en ti… En lo que te va a ocurrir cuando comprueben que eres un pinche comunista arrepentido, que madreaba a su esposa, a Patricia Mora, y que, por esa razón, te refundió en la cárcel en seis ocasiones y al final, al saber que tu padre fue gobernador, te mandó a chingar a tu madre…”

Me sorprendió que los tres policías que custodiaban la entrada no me retuvieran o interrogaran. Ni siquiera les interesó mirarme. Seguían en lo suyo. Incluso, uno fumaba y bostezaba.

Así que continué la marcha…

En el piso donde radicaba Crisálida, observé a dos paramédicos con uniforme azul turquesa y botas de minero. Sostenían una camilla.

Un policía, de espaldas, hablaba con alguien en la puerta del departamento.

Una cabeza conocida apareció sobre el hombro del agente.  En la camilla observé a Crisálida. Parte del rostro lo cubría una mascarilla entubada a un tanque de oxígeno..

Me quedé trabado. Un latigazo eléctrico, impredecible, caracoleó en mi organismo y golpeó mi cabeza.

El aire dejó de ventilarme los pulmones y el cerebro.

Me desplomé.

La oscuridad fue absoluta.

Lo único que lamenté fue no poder introducirme al pinche túnel negro con la lucecita al fondo. De lograrlo, hubiese tenido la oportunidad de reencontrarme con mis padres y la vieja Coralia Quintanilla, mi gruñona bisabuela la que, dos veces por semana, me apaleaba de niño.

—0—

6

Dhona Chalor Sanjuán…

Palabras ajenas, lejanas, con olor a crisantemo.

—Repítaselo… algo debe saber…

—Lo dudo, se la presenté como Crisálida.

La voz de Gael fue interrumpida por otra voz, femenina y autoritaria:

—Se lo presentó, quiso usted decir…

—¿Por qué debo mentir?  —se quejó mi vecino—, Dios sabe que digo la verdad…

Dhona Chalor Sanjuán—alguien le hizo caso.

De inmediato sentí un leve golpe en la mejilla derecha.

Preferí hacerme el muertito.

Todo estaba claro.

La enfermedad de Gael hizo de las suyas. Crisálida no logró percibirlo, por tratarse de una enajenada comerciante del sexo.

Hasta en el subconsciente intenté conservar su imagen femenina.

Sus ojos verdes y pies alados, como de bailarina húngara, hablaban de su extraordinaria belleza.

Nada importaba la ambivalencia del género.

—No haga eso, oficial, puede provocarle un sincope cardiaco, es ya un hombre viejo…

Imaginé al médico intentando conservar activa mi respiración, por encontrarme bajo su resguardo profesional.

En algo ayudaba estar tullido y tuerto.

—No lo creo —la mujer defendió su derecho a sacar adelante su despiadado oficio de investigadora—. Este anciano, como usted lo llama, fue un peligroso asesino en México y tenga la seguridad que es un simulador. No tiene marcapaso y tampoco lo veo en la sala de terapia intensiva rodeado de cardiólogos… Es un simulador decrépito…

De algo estaba seguro, difícilmente lograría imitar a Gael en su papel de cadáver.

El motivo: yo no padecía catalepsia y menos era afín a las terapias electroconvulsivas…

FIN

 

HEMEROTECA: pro94

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