LA VERDOLAGA

el infante portadaEn septiembre cumpliría quince años. En esos tiempos convulsos y difíciles, vagaba por las calientes callejuelas de Acapulco. No tenía casa. Sobrevivía de las propinas recibidas en el mercado central por cargar canastones.

Dormía en la playa Icacos, cerca de la base militar, por ser la más segura. En las regaderas públicas combatía la salinidad del cuerpo y evitaba cualquier contacto con estupefacientes, principalmente pegamento, thinner o mariguana. Temía ser atacado por algún depredador sexual.

Seis meses antes de mí arribo al puerto, ocurrió lo siguiente en Tulancingo: mi padre entró a la recámara. Llevaba su cartera en la mano.

—Ten —dijo, y me entregó cinco billetes de cien pesos.

Era domingo. Yo laboraba en la  fábrica de hilados y tejidos El Gato. En aquella ocasión, decidí no ir. Vería el encuentro final de la liguilla del Chivas del Guadalajara y el  equipo América de los Azcárraga. Lo haría en el televisor de la familia López Rivera. Marcos, el primogénito, era novio de una prima lejana y compañero de futbol soccer en el deportivo de la Escuela Industrial de Tulancingo.

—Tienes que irte y buscar otro lugar donde vivir…—exclamó mi padre.

—¿Por qué?

Mina ya no quiere que vivas con nosotros. No le gusta que fumes y faltes mucho a la escuela. Además, le molesta que leas con la luz encendida hasta después de la media noche…

Guillermina Lara se llamaba mi madrastra. Mi padre rehízo su vida tras separarse de mi madre. Marcelino y yo fuimos ingresados a un orfanatorio administrado por monjas salesianas. El hospicio recibía generosas donaciones de la madrina de Guillermina, rica y solterona.

Tres años después de nuestro ingreso al orfanatorio, mi padre decidió llevarme a vivir a Poncitlán, Jalisco con su nueva familia. Trabajaba en la construcción de una planta hidroeléctrica.  Un año después, radicamos en la ciudad de México.

 Mi vida sufrió un vuelco por una travesura. En mi papel del espadachín Zorro y con una regla de madera destruí  todos los rosales de la vieja millonaria. Terminé en casa de la tía Ana María, propietaria del único hotel de Huayacocotla. Su casona se encontraba a un costado de la terminal de autobuses y de una escuela primaria de sacerdotes jesuitas. Con ella pasee tres años de mi vida.

De Huayacocotla partí a Tulancingo, Hidalgo. Mi padre y su familia, por cuestiones de trabajo, ahí rentaron una casa.

—¿Por qué ya no quiere Mine que viva con ustedes?

Mi padre, macilento y mirada huidiza, bajó su cabeza cana y depositó el dinero en el camastro. Después, me dio la espalda y abandonó la habitación, arrastrando los pies. No llevaba pantuflas.

No tuve tiempo de llorar o suplicarle a Mine que reconsiderara su decisión. Simplemente agarré la sucia talega de lona que guardaba bajo la cama. La rellené de ropa arrugada, un par de tenis y dos novelas policiacas de Mickey Spillane —Yo el jurado y Bésame moribunda–, que mi padre coleccionaba.

Antes de las nueve de la mañana, bajo un sol timorato y tibio, deambulaba por la avenida José María Morelos, en dirección a la carretera Huauchinango. Ahí abordaría el ferrocarril y partiría a Santa Ana Hueytlalpan. Desconozco por qué quise viajar a Huayacocotla por ese medio. Lo hice en uno de los vagones cargados de productos de las cementeras de Pachuca y la fundidora de acero del Estado de México. Iba repleto de bolsas de cemento y calhidra, varillas, láminas de cinc y rollos de alambre de púas.

Armida, hija de mi tío Melitón, siempre necesitaba de jornaleros, albañiles y cuidanderos de sus piaras, borregos cimarrones y cabras importadas de Marruecos. Estaba seguro que  no me negaría su ayuda.

Fue así como llegué al rancho Los Quelites, en plena sierra veracruzana.

Bajo un cielo rojizo, casi purpura, saludé a mi prima y conocí a su pareja sentimental. Era un tipo de rudos modales, semicalvo, tuerto y con parte del rostro ennegrecido. Después me enteraría, por boca de los vaqueros, que sus heridas eran producto de un incendio.

Desde el momento que Armida me lo presentó en la caballeriza, dijo llamarse Pedro Alberto Torrentera Dorantes.

De inmediato me ofreció su ayuda para ilustrarme sobre los asuntos del rancho.

—Usted tiene que saber cómo tratar una recua de por acá, porque es tambien cristiana y tiene la encomienda de Dios de estar al lado nuestro para allegarnos de comida. En las mulas y burros cada sábado hay que cargar la carne, la manteca, el carbón, los botes de miel, los quesos y los granos y enviar todo a Potrero Seco, Huayacocotla, Zilacatipán y hasta Texcatepec… es una jodita para los animalitos, no te creas amigo…

—De eso se trata, primo…—intervino la prima—. Aquí olvídese de la ciudad, no hay horario de descanso… Cada pesito que obtenga, tiene que ganárselo con sudor y sangre…

—Gracias por recibirme, primita, trataré de no fallarte…

—Fallarnos –corrigió Armida—, porque en este jaleo también están Pedro, los otros rancheros y sus mujeres. Aquí somos una familia, no se te olvide.

Intenté hacerme la idea de ser un hombre de campo, pero valí madres.

En menos de dos meses, el tedio, la rutina y el cansancio empezaron a deprimirme. Madrugar todos los días doblegaba mi fortaleza. De no ser por el buen humor que destilaba Pedro, la rutina del rancho sería una tortura. Nunca faltaban las veladas con música y bailada, cacerías de jabalíes o venados e ir a nadar en las pozas cercanas, alimentadas por los escurrideros de las montañas.

Por la radio escuchábamos la programación de la XEW.  Pedro normalmente evitaba acompañarnos durante la hora dedicada al desaparecido Pedro Infante, su tocayo. Sus voces eran muy semejantes. También llegué a creer que Pedro en realidad era el inolvidable cantante sinaloense, oculto en aquella inhóspita región serrana del Corcovado.

Una fría noche de julio, envuelto nuestro paso por una pesada sábana de niebla, le comenté a Pedro que quería largarme del rancho e irme a vivir en alguna ciudad portuaria del país. Me ilusionaba conocer la mar y navegar en una lancha de pescadores. Olvidarme del rudo trabajo y los días invernales y lluviosos.

—No te detengas, hazlo —dijo Pedro mientras cabalgábamos tras tres mulas cargadas de leña y costales de carbón —. Estás en edad de hacer valer tus sueños, de apoderarte del mundo, pero hazlo ahora que puedes, porque después será demasiado tarde…

—Ni yo mismo me entiendo, Pedro…Tengo una familia desastrosa y cobarde…

Pedro, protegido por una manga de cuero, gruesa y amarilla, repitió literalmente una reflexión escrita por Luis Alcoriza en una de las populares películas protagonizadas por Pedro Infante, El inocente:

La vida es como una carretera mal pavimentada. Y ahí vamos jalando según el motor que tenemos. Algunos van volados y se salen de las curvas y a otros nos falla algo y nos quedamos tirados hasta que alguien viene a levantarnos… —y en tono paternal, agregó—: Despídete de Armida, ella lo entenderá. Nunca te vayas sin dar las gracias… La persona agradecida siempre tendrá las puertas abiertas… y ahí tengo un dinerito guardado que de algo te ha de servir… Cuando dispongas de tu partida, me avisas para dártelo. Y te recomiendo que vayas a Acapulco, a Puerto Márquez… En esa playa yo disfruté cosas que por ahora no entenderías…

—Lo haré Pedro, muchas gracias por comprenderme y nunca olvidaré tus consejos y los buenos momentos que la paseé en el rancho…

—Órale pues, entonces abríguese bien con el jorongo, porque la niebla está reterejega…y hágame segunda…

Y de inmediato, como si nuevamente personificara al mecánico Culberto Gaudasar, el Cruci, en la película El Inocente, empezó a cantar La verdolaga a la manera de Pedro Infante…

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