TAVITO

la dama5

Rarotonga no tuvo un final agradable, por enamorarse de la persona equivocada.

La misma maldición experimenté al seguirle las huellas a un matón de poca monta con  motocicleta y melena.

Puntual iba por mí a la escuela, bajo la anuencia de Serela y Guadalupe Carrizales.

La costumbre se volvió amistad.

Después, en uno de los tantos viajes del colegio a mi casa, tuve la necesidad de confiar en Octavio. Le pedí que me sacara del rancho.

—¿Y pa’dónde quiere jalar, Princesa?

—A la ciudad de Durango, donde nadie me encuentre…

—No es muy lejos para sus amores y yo lo pensaría dos veces, Princesa

—¿Y entonces pa’dónde, Tavito?

—Újule, lo ignoro; mejor termínese su lonche, mientras salimos del apuro…

Verlo arrodillado y sin playera, reparando la cadena de su moto, despertó mis urgencias de mujer.

Faltaban dos meses para celebrar mis quince años.

No me importaba estar bajo el resguardo autoritario y perverso de un oficial del ejército.

Estábamos solos, en un tramo del camino de terracería de San José de la Parrilla-Graceros.

No pude contenerme.

Le acaricié su ancha espalda y los músculos de sus antebrazos, duros, sudorosos y requemados por los climas áridos de Durango.

Después de mi dolorosa experiencia sexual con mi padrastro, Octavio hizo que recuperara mi apego a la vida.

Desnudos nos entrelazamos al lado de una brecha de encinares que bordeaban  el camino. En un hoyanco con líquenes y zacatal.

Por primera vez sentí que algo caliente se desprendía de mi útero. Me desconectaba de la realidad.

 Tardaría un par de años para entender los secretos de la sexualidad. La importancia de aquella sensación tan placentera y única.

Con el asqueroso de Carrizales aprendí a liberarme de su aliento carroñero y violencia, al apresurar su descarga seminal. Optaba por mover mis caderas con mayor velocidad y hacerlo creer que gozaba de sus embates y malas palabras.

—Déjame hacer unos buenos cobres y nos vamos, Princesa. Tiene mi palabra…

Octavio no era un personaje extraordinario dentro del negocio del tráfico de drogas o los asesinatos de paga.

En 1985 tenía dieciocho años. Se desplazaba bajo la horma de su padre y hermanos, productores de marihuana y criadores de cerdos.

El mayor sueño de Octavio era emular a don Candelario Guerrero y abrir una cadena de agroindustrias, donde procesara la carne de la piara familiar.

—Eres un zoflanero, pero no importa —dije y volví a besarlo en la boca y poseerlo.

Ande oiga, chucho o malandro, pero no mitotero…Y nunca me va a oír cacarear sin poner el huevo…

Y respondió de inmediato a mis caricias.

No volví a presionarlo.

Comprendí que lo intimidaban los guachos, bajo el servicio de don Candelario.

Un error de esa envergadura, podría costarle la vida. Incluso, estaba en juego la seguridad de su familia.

Nuestras constantes escapadas nocturnas a las barrancas, cercanas a mi jacal, lo hicieron adicto a mi sexualidad.

Ya no quiso compartirme con mi padrastro.

—Vamos a hacerlo, ni duda tenga, Princesa —dijo antes del amanecer, envuelto en su jorongo—. Aun no hay plan, pero sí hartas ganas de ayudarla y con algo de plata podríamos hacer buenos jales fuera del estado, ya verá.

—Lo que diga, pero no olvides que mi padrastro es muy trucha y tiene orejas por todos lados…

—Eso ya está cantado, no se preocupe…

Serela y mis hermanos ignoraban nuestros encuentros sexuales.

Mi madre subestimaba a Octavio, por su desapego a la escuela. No ignoraba sus vicios, parrandas y trafiques  al menudeo de marihuana.

Un bato sin troca, era un pelagatos entre la plebe.

Su única propiedad era un mueble de dos ruedas, marca Islo 125 y con el tanque de gasolina abollado.

Carrizales le permitía hacer sus enjuagues de narcomenudista, mientras cumpliera con sus órdenes: de lunes a viernes recogerme en el colegio e impedir que otros hombres se sobrepasaran.

 Por conocer las limitaciones mentales de Octavio —y el negocio poquitero de su familia—, nunca sospechó que tuviera suficientes agallas para traicionarlo.

Sin embargo, su mayor error fue subestimarme, dudar de mi capacidad de discernir y odiar.

Carrizales supuso que yo era una lepa tan similar a Serela. El aguantar su salvajismo y olores fétidos, de carne podrida.

Una mujer rencorosa y sin miedo, es capaz de todo, hasta de asesinar.

—¡Que se joda!

HEMEROTECA: KAHLO – Andrea Kettenmann

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