EL FRAGOR DE LA MONTAÑA

Por Everardo Monroy Caracas

amapolaTodo tiene un principio y un fin y debo ponerle orden a los sucesos, como los viejos filmes del ruso Sergei Eisenstein.

Ser la cuarta de diez hijos no me diferenciaba a mis otros hermanos. La gente de la sierra chihuahuense estaba inoculada de sangre europea e indígena. Los españoles, franceses y alemanes habían edificado sus cabañas entre árboles y peñascos. A su vez, los indios tarahumaras, guarojíos, pimas y tepehuanos aprendieron a tolerar a los colonizadores. Indiscutiblemente eran los dueños naturales de los bosques, valles, páramos y ríos. Los inmigrantes, como mi padre, habían cercado algunas superficies e impuesto el implacable lenguaje del capitalismo. Los alambrados marcaban cada territorio privado y ningún nativo que apelara a su derecho de propiedad, por sangre o herencia, tenía autorización de cortarlos o cruzarlos. Hacerlo significaba prisión o muerte. Entonces, los nativos optaban por rentar sus parcelas y convivir con sus nuevos vecinos de piel lechosa, cabellos rubios y pedazos de ágatas azules en los ojos.

En una ocasión, un gobernador raramuri llegó ante una autoridad agraria y exigió en su mal castellano:

—Me pertenece el ejido del Encuentro, es de mi gente.

El funcionario le entregó una botella de aguardiente. Luego de tres tragos, exclamó:

—Tenemos que hablarle a Rolando Iñiguez, el encargado de trabajarlas. Tu gente se las vendió.

—Los montes del ejido no se venden, son de raramuris… Tu ley así lo dice.

El gobernador tarahumara nunca regresó a su cabaña. Fue envenenado. Antes de morir, según constaba en los documentos de cesión de derechos, el cacique Rolando Iñiguez tenía el permiso para explotar  durante diez años sus tierras y bosques.

Abraham Katz conocía cada historia y rincón de aquellos bosques impregnados de trementina y saponarias; tasajeados,  nervudos y oscurecidos por el follaje y los barrancos: hondonadas desperdigadas con su sopor de letrina natural y una riqueza invaluable en sus entrañas.

Nada escapaba a la mirada de águila de mi padre.

Había abandonado el campamento menonita. Lo mismo hizo con su esposa e hija, Ágata.

Aun así, no se arredró.

Abraham Katz  exploró nuevos territorios, contrató tierras en medianía y se reinventó una nueva familia.

Así conoció a Mariana Amor, hija de Conrada Espinoza y Apolonio Amor, un modesto policía de la comunidad de Cusihuiriachi. A ninguno de los dos miré ni escuché. Murieron cuando mi madre aún desconocía el significado de las palabras. Tuvo que ser criada a la mano de Dios. La maleducaron los familiares de mi abuela.

El menón supo seducir a Mariana y hacerla su mujer.

Su casa la construyeron con adobe, láminas de zinc y troncos de encino.

Mi hermano mayor, Jonás, nació en un rancho cercano a Ignacio Zaragoza: Los dos amigos.

Posteriormente, en El Rosario, llegó al mundo Adán.

En Sierra azul tuve la fortuna de lanzar mi primer berrido.

Mi nombre original fue Zoyla Amapola, pero al ingresar a la escuela primaria opté por utilizar mi segundo apelativo. Zoyla servía de pretexto para mofas y retruécanos: “Zoy la traviesa… Zoy la güereja… Zoy la que hace todo…”

—No me llamo Zoyla, me llamo Amapola —le aclaré  al maestro y a mis compañeros de aula.

—¿Amapola?

—Así es, Amapola Katz… Y no quiero que me digan Zoyla…

German fue el primogénito de la familia, pero murió al mes de nacido. Después de mí, deambularían bajo la fronda de los encinos y tascates, mis hermanos Wenceslao, Leila, José, Mateo, Isabel y Desdémona.

—Tenemos que mudarnos, mujer —le informó Abraham a mi madre, quince días después de haberme parido.

—¿Y ahora pa’dónde?

—Basuchil… Hay unas tierras que voy a trabajar a medias…

No hubo resistencia. Mi madre lloró toda la noche, porque dejaba atrás recuerdos, pertenencias y amistades. Salieron del aserradero en un día de mucha lluvia.

“Recuerdo —dijo mi madre— que llegó tu papá después de tres días de ausencia por andar tramitando el nuevo destino de la familia y me indicó que empacara todas nuestras cosas —que no eran muchas—: la ropa de él y mia y la ropa de tus dos hermanos y la tuya.

Empaqué nuestras pocas pertenencias y algunos trastos. Salimos de aquel lugar una madrugada, en la troca bolillera que Abraham tenía. Se descompuso después de algunas horas de transitar en la sierra por aquel camino, de muy malas condiciones y anegado de agua por las constantes lluvias que no paraban desde algunos días anteriores. No recuerdo qué fue, pero nos quedamos tirados en el camino, en el corazón de la sierra, con una lluvia tremenda y con dos niños pequeños y una recién nacida.

No era un camino de mucho tráfico porque quienes iban a Sierra Azul, eran sólo gentes que de algún modo tenían negocios con el aserradero o gentes que trabajaban ahí. Así que tuvimos que pasar ahí la noche. Tu padre nos acondicionó una carpa: debajo de la caja de la troca acomodó unas tablas con unas piedras de tamaño regular, de tal manera que el agua que corría por debajo de nosotros no nos mojara y puso unas lonas en la parte de arriba.

—¿Qué va a ser de nosotros Abraham? —le pregunté a tu padre.

El agua resonaba enojada y los enramados crujían por la fuerza del viento.

No contestó. Sólo se quedó mirando el camino semidestrozado. Así era su carácter en los momentos difíciles.

Así pasamos aquella noche. Tu padre durmió en la cabina de la troca y nosotros debajo, en las tablas. Apenas podía moverme. Te amamantaba y apretaba con mi cuerpo al igual que a tus hermanos para que no sufrieran aquel frío tan terrible.

Tu padre, al despuntar el día y amainar la lluvia, puso todo en orden y continuamos la marcha. Así llegamos a Basuchil, donde nació tu hermano Wenceslao.

HEMEROTECA: NATIONAL GEOGRAFIC

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