CALABAZAS BLANCAS

Por Everardo Monroy Caracas

portada en la entrana del castorEs la primera vez que ocurre. Normalmente cada noche tengo pesadillas.  Son imágenes muy claras. Algunas logro recuperarlas tal cual. Me emocionan o preocupan.

Los protagonistas se asemejan a personajes relacionados a mi pasado. Brotan de la nada. Saltan con mucha facilidad de un tiempo a otro: de la infancia a la adolescencia o de la juventud o a la madurez.

Las historias emergen sin planearlas. Por desgracia, la mayoría quedan truncas, sin redondear.

Por ejemplo, anoche sucedió algo extraordinario: ligué un acontecimiento experimentado en un sueño anterior. Tuvo continuidad, pero sin el final convincente. En esta ocasión, quedé atrapado en la esquina de dos avenidas con grandes edificios, frente a un paso a desnivel. Cargaba dos bolsas de Maseca que intenté vender en un estanquillo.

El subconsciente trabaja de manera extraordinaria. Impone sus propias reglas.

Es difícil dar una explicación sobre el cúmulo de hechos obtenidos mientras dormimos.

Un botón de muestra: hoy intenté prolongar el sueño. Imposible. Me vi obligado a despertar.

Sin embargo, la historia seguía latente. El asunto del huerto de las calabazas blancas y los viejos granjeros volvió a concatenarse. Solo que en esta ocasión, varió la escenografía: de la zona rural, húmeda y fría, pasé a un escenario tropical, semejante al puerto de Veracruz o Málaga, la ciudad del Paraíso

Creí que el horror quedó atrás. También supuse que los ocho viejos granjeros de Saint-Malo jamás nos ubicarían (incluyo a Alex). Por desgracia no fue así. Uno de los granjeros, en bata de chef y cachucha de beisbolista —pringadas de pintura verde bandera—, pudo colarse a la casa de huéspedes. Lo visualicé al entrar a la cocina donde Leila preparaba el desayuno. Se trataba de la hija de nuestra casera.

El viejo, trepado en una escalera de aluminio, pintaba los muros del jardín.

En ese instante, con el periódico en mano, recuperé los acontecimientos ocurridos en una pesadilla anterior. De inmediato, decidí poner al tanto a Leida para prevenirla del peligro.

—¿Puedes sentarte a mi lado? —le pedí.

Ella cortaba cebolla en una tabla de picar de plástico. Lo hacía de pie, en la barra de azulejos que separaba la cocina del comedor.

—¿Es muy importante? —preguntó sin dejar de trocear la cebolla morada—, porque en dos horas bajan mi madre y los huéspedes.

—Es muy, muy importante…

El viejo nos observaba desde lo alto de la escalera. Me era difícil olvidar aquella cara ajada, púrpura por los excesos de ginebra.

Leida dejó el cuchillo en la tabla, se limpió las manos en su mandil y tomó asiento en una de las cuatro sillas de la mesa. Yo seguía en piyama y chanclas de pata-de-gallo.

(Solo que aquí pasó algo desagradable. La joven, delgada y pálida como una tortilla de harina, hizo un mohín de dolor y rápidamente metió dos de sus dedos en la boca. Una de sus prótesis molares se fracturó. La extrajo aun con baba y envolvió en una servilleta. Desconozco por qué las musas del subconsciente dieron ese toque surreal al encuentro)

—Mira de reojo hacia la ventana —le pedí con evidente nerviosismo. Obedeció—. El hombre de la brocha es un asesino. Está aquí para matarnos…

—¿A mi también?

—Es posible, pero primero quiere nuestras cabezas, principalmente la mia y la de Alex…

—¿Pues qué le hicieron?

La hija de madame Mercedes me miró con ojos asustados, a punto de llorar. Así era Leida. Demasiado susceptible, por su deficiencia cognitiva y estar bajo los cuidados de una madre autoritaria.

Me vi obligado a contarle lo ocurrido seis meses atrás, en Saint-Malo. En realidad, se trató de un monólogo. El propósito era ganar tiempo. Mientras estuviera focalizado por el granjero, estaría seguro en la casa de huéspedes. Tendría que aguardar el arribo de mi primo Alex. Todas las mañana trotaba en un parque cercano.

En Saint-Melo llegamos por azar. El automóvil tuvo un desperfecto en el sistema eléctrico. Nos dirigíamos a la isla de Nueva Escocia. Sin embargo, antes de internarnos a Fredericton ocurrió el incidente. Yara y Oreana reclamaron. Por ahorrar cien dólares, mi primo no llevó el auto al taller mecánico. Mil doscientos kilómetros separaban a Montreal de Truro, Nueva Escocia.

Nos vimos obligados a caminar con los mochilones a la espalda. Estaba por oscurecer. Por desgracia el tráfico carretero era escaso. Los sembradíos de maíz sobresalían en ambos lados del tramo que recorríamos. Después de media hora de forzada caminata, logramos visualizar una gran casa de piedra con varios techumbres de madera ennegrecida.

Podría reproducir el argumento, en lengua gala, de Masacre de Texas, película de culto. Tobe Hooper ha muerto y eso me libraría de futuros reclamos. Sin embargo, en mi pesadilla no participó el grotesco Leatherface o Cara de cuero. Nuestras chicas murieron por disparos de escopeta y Alex y yo sobrevivimos.

En un principio, los granjeros septuagenarios  —cuatro hombres  y cuatro mujeres— nos aseguraron que eran pensionados, oriundos de la ciudad de Quebec.

Habían comprado la propiedad para producir calabazas blancas, sin propósitos comerciales. Todos eran doctores en química y medicina. En parte decían la verdad. Miramos las fotografías y los títulos que colgaban en el salón principal, donde hacían sus tertulias.

Nada dijeron del laboratorio de cocaína, construido en un bunker del subsuelo. Tampoco que alteraron el ADN de las calabazas blancas. Ningún perro de la DEA sería capaz de detectar el narcótico. La fruta podría desmoronarse con los dedos y convertirse en el tan codiciado oro blanco.

Tres veces por año, le entregaban la droga a un bróker de Maine.

HEMEROTECA: El Poder de la Mente Subconscie – Joseph Murphy

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