EL CHUECO

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Doña Graciela Torres guardaba tres revistas Por qué? en su herrumbrosa gaveta. En una, aparecía en portada un niño ensangrentado y la palabra, en letras mayúsculas:

¡ASESINOS!

Difícil olvidar la imagen.

Se trataba de una de las trescientas víctimas de la masacre del 2 de octubre de 1968, ocurrida en Tlatelolco.

Un año después del involuntario descubrimiento, volvería a encontrarme con la misma publicación. En esta ocasión, en la tienda de pinturas Dupont, aledaña al cine Río, en la avenida Cuauhtémoc y Vallarta.

El señor Guido Gándara era uno de sus concurridos clientes.

En el negocio compraba las brochas, lijas, disolventes, pinturas, bolsas de estopa y lacas anticorrosivas.

—Te vas a meter en problemas si sigues leyendo esas madres subversivas —advirtió don Juan Zermeño, propietario de la tienda y hermano del actor Álvaro Zermeño.

 La advertencia iba dirigida a un tipo sotaco y fuerte, apodado El Chueco. Trabajaba en el establecimiento de la cervecería Corona, cercano al cine Río.

Por culpa de una parálisis facial — Bell, según el término médico—, tenía un párpado caído y parte de la boca torcida.

—Hay mucha rabia, Juan… y eso no puede seguir así…

El señor Guido, preparaba la pintura anticorrosiva que utilizaríamos en los barandales de un inmueble en construcción.

Intervino en el diálogo.

—Es verdad, no podemos ignorar lo que sucede en México, menos en Guerrero… Hay muchos estudiantes alebrestados y mira que les trabajo a los hoteleros y son los que más se quejan de los secuestros.

—Seamos realistas, aquí el comunismo no tiene entrada. Nos gusta la libertad y los negocios —dijo don Juan Zermeño.

El jalisciense usaba el bigote a la usanza de su hermano Álvaro.

Un año antes, en 1967, Álvaro había protagonizado la película La ley del Gavilán. Su compañera de reparto fue la actriz ojiverde Elsa Cárdenas.

 Pedro, el hijo de don Guido, tomó la revista del Chueco.

Y juntos la hojeamos.

En las gráficas en blanco y negro, registradas por Óscar Menéndez, Héctor García, Armando Salgado y los hermanos Mayo, aparecían militares custodiando estudiantes, maestros y cadáveres ensangrentados en la plaza de Tlatelolco.

 —Hojeé la revista en la casa donde antes vivía —revelé.

 Doña Graciela me confió que su marido las leía y coleccionaba. Por lo mismo, después de su muerte, optó por conservarlas.

—Sea lo que sea —replicó el Chueco con su rollo de estopa bajo el sobaco-, sólo a balazos y no con grititos podemos defendernos de tanta represión y abusos del gobierno…

—Ni modo. Por eso los panteones están repletos de tanto pendejo… —exclamó el señor Zermeño

 Y no se esforzó en devolver la revista. Tampoco el Chueco tuvo la intención de reclamarla.

 En esos momentos, ingresó al local don Leopoldo Garduño Peñaloza. El tema político quedó sellado.

Pedro y yo nos alegramos al verlo.

En los cuatro meses que permanecí en Acapulco, el dueño de la tienda de pinturas Dupont me regalaba pases para entrar al cine Río.

Don Juan Zermeño era amigo personal del responsable de distribuir las películas mexicanas en Morelos y Guerrero.

El señor Garduño jugaba dominó y cartas españolas con el comerciante de pinturas.

En una ocasión, ayudé al señor Garduño a descargar de su auto sedán dos cajas con cartelones de la película Patrulla de valientes.

En agradecimiento me regaló stils y dos pases para entrar al cine Rio.

En la cinta, filmada en 1967, actuaban Rosa María Vázquez, Alberto Vázquez, Héctor Suárez y Guillermo Rivas El Borras.

En mis años de adolescente, el asunto de la masacre estudiantil me fue indiferente. Deambulaba por las calles porteñas como un simple sobreviviente.

Las imágenes de la revista Por qué? eran muy parecidas a las del semanario Alarma!. Presentaban cadáveres y detenidos, pero con un propósito diferente: político y económico.

Sin embargo, el morbo o la curiosidad las hermanaba. Su mercado estaba garantizado entre la masa despolitizada o politizada.

De no ser por los comentarios de los señores Guido y Zermeño con El Chueco, el asunto de la matanza del 68 hubiese pasado desapercibido en mi subconsciente.

 Los años transcurridos y el convertirme en periodista me ayudaron a desentrañar lo ocurrido en aquel fatídico 2 de octubre.

Lo trascendente del movimiento estudiantil fue su aportación democratizadora en el México del siglo XXI.

La audacia y valentía del periodista Mario Renato Rodríguez Menéndez permitió dejar un registro histórico del martirio y resistencia organizada de los universitarios, jornaleros, sindicalistas y maestros rurales.

La revista Por qué? es un referente obligado para entender lo ocurrido en la década de los sesenta y parte de los setenta.

Sin embargo, los cuadrantes porteños que me marcaron profundamente en esas fechas —y lo evoco con nostalgia— resguardaban dos cines populares —el Bahía y el Río—, el Mercado Central y el paradero del transporte colectivo Cine Río-La Base.

Los cuadrantes de mayor festividad y movilidad social: el principal hábitat, dinámico y viviente, de olores y sabores picantes, de prisas, mentadas de madre y sonrisas…

El Acapulco tradicional:

Vallarta, Cuauhtémoc, Feliciano Radilla, 2 de agosto, Constituyentes y su prolongación, la Aquiles Serdán…

Y la playa Tlacopanocha: lugar para las zambullidas refrescantes y los suculentos agasajos de camarones hervidos y ostiones en su concha con limón y salsa picante.

Precisamente en esta playa experimenté mi primera borrachera, bajo los tiernos cuidados de Carmen, la joven amante de don Guido.

En la playa de Tlacopanocha fue hallado el cadáver del Chueco.

El hallazgo ocurrió una semana antes de que yo retornara a Tulancingo para proseguir mis estudios.

 La revista Alarma! consignó la noticia con una gran fotografía en interiores.

El señor Zermeño le comentó al señor Guido que el Chueco había participado en varios asaltos de los camiones distribuidores de la cervecería donde laboraba. La policía judicial lo ejecutó por órdenes de los empresarios afectados.

En años posteriores, interpretaría el actuar del Chueco de manera distinta: el empleado de la cervecería no fue un delincuente común, sino un luchador social, un guerrillero.

Nunca conocí su nombre y apellidos.

Poco importa.

Tal vez, sus familiares y amigos lo reivindicaron y esté incluido, sin su apodo, en la lista de víctimas de la guerra sucia.

Caras vemos, corazones no sabemos —sentenció don Guido al enterarse de los pormenores de la ejecución del guerrillero.

—No era mala persona —precisó el señor Zermeño—, pero siempre estuvo en contra del gobierno… El que siembra, cosecha

En la misma revista Alarma!, donde se consignó la muerte del Chueco, publicaron  el asesinato de cinco personas en Beverly Hills, California, en manos de la secta satánica La Familia.

Una gran fotografía destacaba en la portada: la del autor  intelectual de lo ocurrido: Charles Manson.

En la matanza,  una de las víctimas fue la actriz Sharon Tate, esposa del director de cine, Román Polanski.

HEMEROTECA: pro96

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