LOS POLLEROS

Por Everardo Monroy Caracas

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Bajo presión.

En permanente escrutinio de los mandamases del Diario. No tenía empatía emocional con mis compañeros de oficio.

Y requería demostrar mi valía reporteril.

Algo comprensible.

Ser ñero despertaba ciertas habilidades en la forma de hacer periodismo de investigación.

El confort de la oriundez mata la curiosidad por el entorno. Por el contrario, la aventura —o ser un nómada del mundo— agiliza el instinto y ayuda a ver diferente lo que aparentemente es normal.

Te sorprende la novedad.

En la década de los noventa, Ciudad Juárez concentraba un millón de personas —inmigrantes en su mayoría— en setenta u ochenta colonias y fraccionamientos.

El Juárez profundo —de la Chaveña a Anapra— estaba plagado de pandilleros, dealers, trabajadores de maquiladoras y empleados de bares, centros nocturnos, comercios y restaurantes. Hacia el lado noroeste de la ciudad, colindante con los Estados Unidos, la población era atípica. Un alto porcentaje consumía  drogas duras, principalmente heroína y crack. La policía llegó a contabilizar de quinientos a seiscientos picaderos.

Reportear en Ciudad Juárez exigía automóvil propio.

La  burocracia de los tres niveles de gobierno —municipal, estatal y federal— estaba dispersa en ese enorme asentamiento semiárido y contaminado. El tráfico vial imposibilitaba una eficiente movilidad en el transporte público.

En mi caso, dependía del reportero gráfico.

Sin embargo, el Arre Machos me movilizaba en su troca a cambio de invitarlo, cada noche, a cenar en un popular restaurante especializado en caldos de pollo o una caguama tres equis.

El señor Rodríguez Borunda presionaba a los reporteros y editores para no perder el liderazgo informativo.

Los periódicos El Norte de Juárez y El Mexicano contaban con excelentes reporteros en la fuente policiaca. El éxito de una oportuna noticia dependía de los buenos contactos en las corporaciones o en los bares.

Los feminicidios y las ejecuciones de narcotraficantes llenaban las planas de los periódicos. Las estaciones radiales, televisoras —canales 5 y 44— y diarios impresos sobrevivían de las maquiladoras, la publicidad política y la nota roja.

Los reporteros gráficos portaban las veinticuatro horas un radiotransmisor portátil para interceptar las frecuencias de las corporaciones policiacas. Se enteraban al momento de los asesinatos, balaceras, peleas callejeras, asaltos o secuestros. El Arre Machos conocía el lenguaje cifrado de la policía municipal y de las procuradurías, estatal y federal.

La competencia para obtener una buena fotografía o información exclusiva rayaba en la estupidez. Las muertas y muertos —abandonados en el desierto, asfalto o en el interior de una vivienda—, aparecían con toda su crudeza en los periódicos impresos y noticieros televisivos.

Una galería del horror. El auténtico oro rojo de los negociantes de la inseguridad pública: editores, abogados, políticos, propietarios de funerarias, jueces y policías.

En uno de los bares de la avenida Lerdo me topé con un oaxaqueño que conocí en el Hotel Campesino. Se distinguía de la clientela por su estatura baja, nariz corta y ancha y pelo crespo. Iba acompañado de una joven de minifalda y maquillaje excesivo. El Arre machos la saludó.

—Es una putita de La Paz —replicó sin preguntarle.

—¿De Baja California?

—No manito, de la calle La Paz, aquí cerca…

Por iniciativa de la joven, terminamos los cuatro en una mesa. El hombre de sangre trique me confió el motivo de su presencia en Ciudad Juárez: contratar un pollero para internarse ilegalmente a los Estados Unidos.

En ese encuentro casual obtuve información privilegiada sobre el tráfico humano.

El tema lo propuse al día siguiente en el periódico.  Me dieron luz verde. En dos días tendría que hacer el trabajo de investigación.

—El sábado queremos revisarlo —me aclaró el jefe de información.

No fallé.

El domingo 16 de junio fue publicado.

POLLERO, UNA OCUPACION REDITUABLE

No es nada difícil contactar a un pollero en Ciudad Juárez para internarse a territorio estadounidense. Se requiere dinero —de 150 a 250 dólares—, hospedarse en uno de los seis hoteles que sirven de descanso temporal a indocumentados nacionales y, de ser posible, tener un familiar en Nuevo México. Por ejemplo, en Las Cruces, Canutillo, Anthony o La Mesilla.

Las normas dictadas por el pollero son  inquebrantables:

—No llevar documentos personales. De tenerlos, deben enviarlos por correspondencia a sus familiares de Estados Unidos y  nada de maletas voluminosas, ni ropa holgada. En caso de ser detenidos por agentes de Migración, protegerlos y jamás identificarlos como sus contratantes. Soplar o denunciar puede traerles consecuencias graves a ellos y sus parientes cercanos.

Es sencilla la manera de contratar al pollero.

 Francisco García Rojas, aspirante a mojado, lo revela:

—Nosotros no llegamos aquí buscando quién nos pase. Ya venimos con un contacto y hoy por la noche se hace el traslado.

García Rojas es zacatecano y huésped del hotel Juárez, ubicado en la Avenida Lerdo, frente a la cerrada Tin Tan. Sus parientes radican en Las Cruces y le pagaran al pollero 250 dólares.

Otros quince mexicanos de Zacatecas y Guanajuato aguardan el arribo del pollero El Ñoño.  Es el responsable de cruzarlos a territorio estadounidense por El Porvenir, pequeño poblado del municipio de Práxedis G. Guerrero.

Un estudio de la Unión de Trabajadores Agrícolas Fronterizos (UTAF), con sede en El Paso, Texas, consigna que cada semana quinientos a seiscientos inmigrantes cruzan ilegalmente de Ciudad Juárez a los Estados Unidos.

De ellos —abunda— un cuarenta por ciento es factible que logre su propósito, por contar con el apoyo económico de sus familiares que radican en los Estados Unidos. El sesenta por ciento es extorsionado, engañado o entregado a las autoridades migratorias.

Miguel Oriak Albarrán, de León, Guanajuato, revela que ha incursionado en cinco ocasiones a territorio estadounidense. El pollero lo entrega personalmente en La Mesilla. Un hermano es quien paga el servicio.

—El acuerdo es que yo llegue vivo para hacer la entrega de los 250 dólares.

Los polleros acepten hacer el cruce en la frontera con un solo requisito: sus contratantes deben reunir un mínimo de veinte personas en los seis hoteles dispuestos como guaridas de los futuros mojados. Dentro del corazón de Ciudad Juárez.

Abel N, mesero de un restaurante de la calle Mariscal, enumera los hoteles utilizados por los aspirantes a viajar ilegalmente a los Estados Unidos: El Diamante, de la Mariscal; Juárez, de Lerdo y Morón, Rio de Janeiro, San Carlos y Sureño, de la Avenida Juárez.

El reportero entrevistó al mesero y sus tres acompañantes en el bar Las Vegas, de la Ugarte y Victoria.

Carlos Marentes, dirigente de la UTAF asegura que los polleros son mexicanos, y los protegen agentes migratorios.

—Los agentes saben que los traficantes de seres humanos tienen sus casas de seguridad en algunos hoteles de Ciudad Juárez y nada hacen para detenerlos —denuncia.

Y subraya:

—Es un lucrativo negocio que les genera entre cuatrocientos mil a quinientos mil dólares por semana. De ese tamaño en el negocio en la ciudad fronteriza de Chihuahua.

Cada indocumentado —estima—, paga un promedio de doscientos dólares para cruzar la frontera. De quinientos, solo 240 logran ser llevados a territorio estadounidense.

La red de polleros tiene su centro de operaciones en Nuevo México. Es por teléfono como los contactan.

Oriak Albarrán detalla su modus operandi:

—Primero, les indican a nuestros familiares donde debemos hospedarnos en Ciudad Juárez. Ahí aguardamos la llegada de quince o veinte personas para hacer el cruce. Hasta completarse la cantidad acordada, abandonamos el hotel.

“Segundo, el pollero recibirá un mensaje cifrado a través del aviso clasificado de algún diario local.  De inmediato publican la respuesta en el mismo medio. En el anuncio escriben en qué hotel deben hospedarse los interesados.

Tercero, el pollero con la clave especial Primo o Compadre dan la fecha de partida. Antes, en el hotel nos leen la cartilla para no ponerlos en riesgo en caso de ser detenidos por agentes migratorios de Estados Unidos. Tambien nos advierten que de denunciarlos ponemos en riesgo nuestra seguridad y de la familia que hará el pago.

Recuerden —nos aclaran— , nosotros no estamos solos. Atrás de nosotros hay gente muy pesada que no perdona a los soplones.”

Cuarto, durante la noche nos trasladan en dos o tres camionetas al poblado de El Porvenir, del municipio de Práxedis G. Guerrero. En esa parte se realiza el cruce al territorio estadounidense. Del lado contrario nos aguardan en dos vehículos para trasladarnos a Canutillo, La Mesilla, Las Cruces, Anthony y Nuevo México.

El Ñoño, de 30 a 32 años, es el responsable de conducir a los inmigrantes a los Estados Unidos. Su principal centro de operación es el hotel Juárez. García Rojas lo describe como un tipo chaparro, moreno, pelo a rape, narigón  y casi nunca se desprende de una cachucha de beisbolista. Es común verlo dos o tres veces por semana en dicho lugar, después de las nueve de la noche.

El hotel tiene trescientas habitaciones. El costo por noche es de 58 a 65 pesos. Carece de aire acondicionado, pero cuenta con televisor y agua caliente. Abundan las cucarachas. Mañana y tarde, es posible observar a personas con ropa modesta y sombrero en el recibidor de la planta baja. No disimulan su interés de encontrarse con el pollero asignado.

Abel N afirma que los polleros se reúnen una vez por semana en el bar Otihc. Normalmente los jueves o sábados, después de entregar a los indocumentados en el lado estadounidense.

—Se portan reatas con los batos que cruzan en la tierra de los gabachos. A ninguno engañan, ni se pasan de malandros

Y abunda:

—Antes se cometían abusos. Iban por la gente a los hoteles y los llevaban a lugares solitarios de Juárez, donde les quitaban sus pertenencias y el poco dinero que llevaban. Los mismos polleros hicieron una limpia con la ayuda de la policía. Ahora se manejan con una clave. El pollero debe repetirla. Por lo mismo, los alertan para no ser timados por personas que los visitan en su habitación.

El dirigente de la UTAF informa que los indocumentados de Centro y Sudamérica son denigrados y extorsionados por autoridades migratorias y policías municipales.

Dice:

—Los indocumentados de países centroamericanos o sudamericanos no se mueven con polleros locales. Lo hacen a través cárteles de Estados Unidos y  México. Son parte de una impresionante red de traficantes humanos. Su forma de actuar en nada se parece a la de los polleros de Ciudad Juárez. A nuestros hermanos latinoamericanos los tratan como animales. Llegan a abusar sexualmente de sus mujeres y los tienen casi sin comer. Durante dos semanas permanecen incomunicados en casas de seguridad de otros municipios.

En algunas ocasiones han utilizado como casa de seguridad una vieja construcción de la calle Mariano Abasolo, la número 435.  En el centro de Ciudad Juárez.

Marentes denuncia:

—Los compañeros pagan de mil a mil quinientos dólares y los meten en tráileres con escasa ventilación. Normalmente los reúne en alguna ciudad importante del Estado de México, Puebla o Querétaro. Ahí los seleccionan y trasladan a Ciudad Juárez en verdaderos hornos rodantes. El viaje a los Estados Unidos puede durar cuarenta y ocho horas.

La mayoría de los llamados braseros que logran cruzar el Río Bravo, terminan en Chicago, Illinois; Houston y Los Ángeles, Texas; Washington, Nueva York y San Francisco, California. De acuerdo al lugar el precio varía. El negocio se hace en dólares y la paga es por adelantado.

El reclutamiento, según la UTAF, tiene lugar en la capital del país de origen del interesado. Sin embargo, son mexicanos y chicanos quienes los movilizan en los territorios de Centro y Sudamérica.

La presencia de los aspirantes a braseros en los hoteles de segunda categoría, alientan la prostitución. Por ejemplo, en El Diamante y el Sureño, las meretrices tienen mucho trabajo, reconoce Oriak Albarrán.

—Ellas son aceptadas con agrado por los huéspedes durante los tres o cuatro días que dura el encierro. El único problema es que en contadas ocasiones les roban el poco dinero que tienen o agarran alguna enfermedad venérea…

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