PADRINAZGOS

Por Everardo Monroy Caracas

soledadq9

El abogado migratorio, Jason Rico, fue insistente. La mujer rubia no aceptaba la respuesta enviada por el Ministerio de Inmigración, Diversidad e Inclusión de Quebec.

Renato observaba la escena. Llenaba el formulario de una nueva demanda de padrinazgo de un jubilado quebequés a una cubana de veintidós años.

El anciano, de origen hondureño, ejercía su oficio de trailero.

Uno más de los cuarenta y cinco mil canadienses interesados en desposarse con personas sin estatus migratorio. Hombres y mujeres contactadas por Internet o durante los viajes de descanso a países caribeños y de centro y Sudamérica.

—Lo único que podemos hacer es apelar la resolución del Consejo Canadiense para los Refugiados, señora —ofreció el abogado sin evidenciar incomodidad por los reproches de su clienta.

—Estoy dispuesta a iniciar una huelga de hambre —amenazó la ciudadana quebequés y madre de dos adolescentes—. Creo que han vulnerado mis derechos, porque soy una mujer que trabaja, paga sus impuestos y tiene derecho a rehacer su vida conyugal…

—El problema, señora Legault es la edad —aclaró el abogado—. No es fácil que la autoridad migratoria avale la unión por la gran diferencia de edades y además, le recuerdo que su novio es cubano y muchas mujeres han sido abandonadas después de darle la residencia o ciudadanía a su pareja, principalmente cuando se trata de cubanos.

—Pero ese es mi problema, abogado —increpó la mujer—. Yo lo voy a apadrinar y durante tres años Miguel no va a depender del presupuesto público, sino solo del dinero que yo gane… Si me equivoco, es un asunto mío y estoy dispuesta a correr ese riesgo…

—Le pido que se serene —demandó el abogado, de padres marroquíes, pero nacido en Montreal—, vamos a seguir los trámites que permite la Ley sobre inmigración y protección a inmigrantes. Por lo pronto, siga acumulando pruebas de que su pareja es hombre productivo, sano y, de ser posible, hombre de iglesia…

—Por favor —suplicó la mujer—, haga todo lo posible para que Miguel pase a mi lado esta navidad en Montreal…

—Señora Legault, usted sabe que es mi mayor deseo y también estoy consciente de su derecho a buscar la felicidad, muy por encima de cualquier burocratismo o prejuicio social.

—*—

Antes de abandonar el bufete jurídico, Renato checó su correo virtual. Descubrió que Elisa —o su enfermera— le había enviado un correo electrónico.

Una o dos veces al mes, a petición de ella, distribuía entre sus amigas y amigos sus reflexiones o relatos.

En esta ocasión, al texto fue encabezado como…

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EL LEÓN DEL DESIERTO

Fuiste el único que aguardó el arribo del amanecer sin una queja. Jueves agresivo, de absoluta soledad y frio.  La calle 23 olía a orines y basura podrida. Te lamentabas haber perdido la última corrida del tren subterráneo. Tendrías que caminar dos kilómetros y exponer tu salud al predominar una temperatura inferior a los catorce grados Fahrenheit.

Habías participado en un encuentro de poetas en el bar Le Lion du désert. Después de leer tus tres sonetos ante una treintena de asistentes, en su mayoría   viejos como tú, optaste por retornar a tu departamento. Diosdado Jesús Iñiguez no pudo acompañarte. Marieta seguía enferma y pidió su ayuda. Era su único hermano.

La cafetería del ruso Ulianovsk no cerraba durante la noche.  Intentarías llegar al lugar para no rendirte por el frio.

En el buzón del  teléfono celular recibiste dos mensajes de Paila Sanfermines.  Te recordaba que el sábado por la noche te entregarían los medicamentos contra el asma.  Posiblemente uno o dos paquetes de antibióticos.

—Me dijo Aline que intentará saludarte  —te adelantó Paila— y está muy contenta porque le dedicaste el libro de poesía amorosa…

 

No te cansas de pisar mi sombra

desnuda y sudorosa

con la piel mojada de tu alma.

Cardas la alfombra azul

del deseo

 

Y sales airosa, sin calma,

en sucio devaneo,

sobre la cama de abedul

con sábanas de palma…

 

Mientras recorrías el primer tramo del trayecto percibiste el molesto escándalo del silencio. Como un simple distractor  empezaste a armar versos y ritmos. Te sorprendió confirmar que la solitaria avenida tenía ojos aguamarinos y plantillas de piel seca y oscura.

El viernes sería 14 de abril y la dentista te aguardaba, como siempre, con su generosidad samaritana…

Ninguno de los poetas presentes en la tertulia de los jueves asimiló tus poemas. La cerveza y el vino los enclaustró en sus propios versos y frustraciones.

Cada poeta era un retrato de sí mismo: encadenado al espejo de las palabras recorridas.

HEMEROTECA: Ernesto Guevara, tambien conocido como e – Paco Ignacio Taibo II

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