COMPITA

Por Everardo Monroy Caracas

el infante portada—Jamás lo había visto tan frágil, a pesar de ser un palo santo, como decimos en Huaya, verdad de Dios…

—No te creo, prima…

—Te lo juro, sobrino… El mismísimo José Alfredo se dobló cuando vio a Pedro en el tecorral trasero, cargando un becerro recién destetado… No se lo esperaba…

Imaginarme la escena me conmovió. Sabía que Pedro y José Alfredo llegaron a tenerse estima. Los unía la música, el cine y las mujeres. No el alcohol o el tabaco.

Estar ahí, en plena sierra, los dimensionaba de una manera distinta a la visualizada en una pantalla cinematográfica.

Los dos con nombres cambiados, de acuerdo al argumento.

Compita Pepe…

—Mi Pedrito…

El rostro desfigurado del sinaloense no alteró ni una pisca los sentimientos de amistad del guanajuatense cacarizo y de cabello entintado, como carbón.

José Alfredo intentaba desentrañar el misterio: entender un final involuntario de un hombre adorado por multitudes.

Armida enfrentaba el mismo dilema.

Por las prisas, al abandonar la troja, dejó entrever uno de sus senos. El recién llegado ni se inmutó.

—Te lo cuento, porque no me di cuenta hasta que Pedro me hizo una seña…

El olor a epazote hervido perdura en sus manos de jornalera, delgadas y calludas.

Armida describe a detalle lo ocurrido durante nuestro reencuentro en la Habana.

Sus ojos claros han perdido su refulgencia. Están cargados de nostalgia. La ausencia de Pedro es una lápida en sus hombros.

La voz aterciopelada de Pedro es evocativa.

Armida lo hace presente al lado de José Alfredo. Es otro hombre. Lo describe efusivo, cargado de emoción. Pocas veces lo sintió tan vulnerable y franco.

La presencia del guanajuatense, transportado a lomo de recua, modificó la arquitectura visual de su espacio rupestre: un rancho mal cercado, de doscientos mil metros cuadrados, ceñido de páramos y cumbres semipelonas y deshabitadas.

—¿Y cómo llegó aquí, compita Pepe?

—El corazón me trajo, mi Pedrito…

Verlo ahí, perturbado al escuchar una voz amiga y condescendiente, le despertó un breve sentimiento de egoísmo.

Sin duda, tendrían mucho de qué hablar.

Tras entregarle el becerro a Armida, pidió sin intención de ofender:

—Déjenos solos, por favor…

José Alfredo no dio visos de estar fatigado —a pesar de lo extenuante del viaje— y aceptó la invitación de alejarse de Armida y varios jornaleros. No soltó la guitarra de Paracho que le regalaría a su amigo.

Enfilaron hacia el mirador de Zontecomatlan, a la vera del riachuelo del Corcovado.

 Iban exultantes y parlanchines.

—¿Quién es patrona, ya en serio? —cuestionó un jornalero.

—José Alfredo Jiménez…

—¿Y qué hace?

—Es un compositor del pueblo… Sus canciones son como el Himno Nacional. ¿Quién no tararea Pa’todo el año, Ella o El corrido del Caballo blanco…?

Ah cabrón, Patrona… No me diga que es José Alfredo Jiménez…

–Sí, Pascual, el mismito que viste y calza… Ahora entiendo a Pedro y su desapego al pasado…

Armida no disimulaba su pasión por Pedro. Las quemaduras del rostro pasaban desapercibidas. Lo subyugó su carácter franco, dicharachero y servicial. Le daba un trato de dama, compañera y amante distinguida.

Todo cambió desde su arribo a Los Quelites. Armida dejó de ser  la patrona ruda e insensible. O culera, como le decían a escondidas los jornaleros.

Hasta las malas palabras dejaron de zaherir y provocar resentimientos.

El Golondrino bendijo su vida al revelarle el secreto y pedir su ayuda.

Pedro no solo la reafirmó como hembra. Al igual que le ocurrió a doña Bárbara —la barquereña de Rómulo Gallegos—, tenía en su cama a un Santos Luzardo.

No tenía necesidad de rivalizar con alguna descendiente o adversaria. Por desgracia estaba incapacitada para concebir.

Padecía un mal en el vientre, según los médicos: útero infantil.

Eso le calaba muy en el fondo.

La única persona que se enteró de su problema fue Irma Serrano, La Tigresa.

La actriz  chiapaneca se hizo presente en la cabecera de Huayacocotla para amenizar un mitin preelectoral. Llegó acompañada del candidato del PRI a la presidencia de la república. Miles de paisanos descendieron de las rancherías para conocer en persona a la intérprete de La Martina y la Tumba de Villa. Eran ajenos a sus amoríos con Gustavo Díaz Ordaz, ex secretario de Gobernación y abogado.

 Armida y La Tigresa coincidieron en los sanitarios de piedra volcánica del hotel La Bodega. Uno de los jornaleros de don Luis Gómez fue un testigo involuntario del encuentro. Le gustaba fisgonear desde su escondrijo.

Tras orinar y compartir un habano de esencia pestilente, las dos mujeres intercambiaron palabras. El Estado Mayor Presidencial había colocado un gran espejo en uno de los muros del sanitario.

—Yo no conozco el amor y la maternidad… Me cuentan que por acá hay una curandera que hace buenos trabajos… Creo que se llama Conrada Martínez…

—Eso cuentan, señora…

—Irma, tutéame…

—Las dos tenemos el mismo problema… pero qué le vamos a hacer… Lo importante es que no estamos solas… tenemos un macho que nos cuida y suficientes familiares para no ser enterrada sola…

—Eso es verdad  —asentó la actriz. Después de soltar una carcajada tronante, agregó—: No me vayas a fallar en el palenque, porque tiene un lugar privilegiado…

—No se preocupe, ya lo tengo… No soy muy dada a asistir. Déjeme contarle que mi abuelo Elpidio invirtió algunos miles de pesos en los gallos de Molango de Escamilla y siempre le apuesta a los perdedores… El viejo prefiere morir en el palenque que en la cama, junto a mi abuela María de los Ángeles…

La Tigresa respondió con un abrazo cálido. No se inhibió  por estar descalzonada. De paso le plantó un descarado beso en la boca.

Armida le tuvo ley.

Le entristeció enterarse que ya anciana optó por resguardarse, en Comitán de Domínguez, Chiapas, entre los escombros de su familia. No la amaban, sino zopiloteaban su fortuna. Era una mujer de claroscuros.

En el palenque, la prima escuchó una canción dedicada a Pedro Infante.

 La Tigresa, acompañada por el mariachi Viva Xalapa, aclaró que se trataba de una composición de José Alfredo Jiménez. No le importó incomodar a Díaz Ordaz, presente en la tertulia.

El guanajuatense había intentado seducirla.

Durante la filmación de la película El Extra, el guanajuatense se presentó en el set y le regaló una de sus composiciones: Si nos dejan.

En el rancho, Pedro no negó lo expresado por La Tigresa.

José Alfredo le dedicó una composición a Pedro Infante al enterarse del accidente aéreo. La ideó en un burdel de la colonia Roma, regenteado por Graciela Olmos, La Bandida. La intituló Adiós a Pedro Infante. Cuentan que la encerrona duró tres días y la estrenó, en la misma casa de citas, el guitarrista Chamin Correa.

Armida entrecierra los ojos al recordarlo.

—Háblame más del encuentro, prima —le pido.

Me imaginaba a Pedro y José Alfredo fundiéndose en un caluroso abrazo, sin ocultar su afecto. El guanajuatense de piel cetrina, llegó desencajado. Aun pudo internarse en la serranía veracruzana carcomido por un mal hepático.

 —Pasamos una velada inolvidable —recordó Armida—. Encendimos una gran fogata avivada con leños de pino y cedro… Pedro revivió, bajo los acordes de tres guitarras, las mejores composiciones de José Alfredo. Hubo mucho aguardiente y pulque. Hasta sacrificamos dos borregos y una res para la parrillada.

En unas locaciones naturales, ajenas al oropel de los estudios Churubusco, el amor, la fraternidad y el compañerismo estuvieron presentes. Armida no cesaba de humedecer su pañoleta al evocar esos instantes agradables.

La Tigresa con su puño y letra reprodujo los versos de la composición dedicada a Pedro Infante. Fue a demanda de la prima.

Y de sus labios se enteró de un detalle: José Alfredo la compuso una semana después de los trágicos hechos ocurridos en Mérida, el 15 de abril de 1957.

Pedro se lo confirmó al retornar del palenque.  Incluso, durante la velada y bajo petición de Armida, la interpretó frente a José Alfredo.

Nuevamente se ha enlutado el firmamento/se estremece todo el pueblo emocionado/ya han llorado las estrellas en silencio/por la voz que para siempre se ha apagado.

Su humildad y su modestia no restaron/los aplausos que le dio, México entero/muy abierto el corazón se lo entregaron/al amigo más humilde y más sincero.

Adiós, adiós, adiós mi Pedro Infante./Ya estaremos contigo más adelante./

Que estos versos te lleguen allá en la gloria./Tu pueblo llora y canta a tu memoria.

Ni el dinero ni la fama le importaban/a su noble corazón de mexicano/la modestia y sencillez siempre encontraban/los que fueron a estrechar su franca mano.

Fue su cuna Sinaloa tierra amada/de la fama fue llegando hasta la meta/mas no supo que la muerte lo acechaba/ escondida allá en la tierra yucateca.

Adiós, adiós,/ adiós mi Pedro Infante/ya estaremos contigo más adelante.

Que estos versos te lleguen allá en la gloria./Tu pueblo llora y canta a tu memoria…

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