LOS GUARROS

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—Aquí vive el desecho humano… —dijo Brenda, envuelta en una bata gris, impregnada de sudor y pedos.

—Por lo pronto, hay cadáveres insepultos y en descomposición…

—La Hochelaga es el refugio de los guarros  —agregó al abrir la tapa de la hielera—, aquí sobran, principalmente los que se arponean o fuman black Star, la heroína afgana…

Optamos por descansar en el rellano de la escalera de hierro oxidado. Iniciaba desde la puerta de acceso a la cocina y terminaba en la banqueta.

Los vecinos utilizaban los muros públicos para evidenciar sus traumas y fobias. Dos bares y comercios maltrechos, un parque deshabitado y un centro comunitario que regalaba alimentos los miércoles, eran parte de nuestro entorno.

Brenda me compartió un plato con sardina enjitomatada  —extraída de cuatro pequeñas latas cilíndricas de procedencia china—,  un paquete de galletas saladas y una cerveza Heineken.

El gélido aperitivo del día.

La calle Cuvillier hedía a basura podrida. Eran esperpénticos los pocos personajes que deambulaban ante nuestra vista. La mugre carcomía su descolorida piel, carente de nutrientes y alimentada de alcohol, anfetaminas, cocaína, heroína o marihuana.

—¿Y por qué rentas en este barrio de locos?

—Me enamoré de la persona equivocada, de un brasileño trillao que siempre me apaleaba y comercializaba drogas en el vecindario…

—¿Y dónde está ahora?

—Muerto…

Desde el escalón, donde nos encontrábamos, era posible divisar un bulevar arbolado, la calle Notre-Dame y un embarcadero en las márgenes del rio San Lorenzo.

Despertar en aquel lugar, tras una noche de verborrea liberadora, lengüetazos prosaicos, cópulas sin condón y excesos etílicos, fue reencontrarme con los mismos senderos de violencia. En México y Estados Unidos vivi inmerso en territorios de miseria y guerra. Sus habitantes, como auténticas bestias depredadoras, utilizaban  lo podrido de su instinto para torturar, robar y asesinar.

En cada asentamiento, sin distinción social o idioma, se destilaba odio, avaricia y resentimiento. La corrupción y el crimen eran sus principales divisas.

Los textos memorizados de la Biblia, la Tora  o el Corán, justificaban sus psicopatologías los militares, policías, jueces, líderes religiosos, empresarios y políticos. Les generaba placer caminar sobre cadáveres y embarrar con lágrimas, sudor y sangre sus mocasines, botas o babuchas.

—Hochelaga existe para recordarnos el funesto destino que nos aguarda y no es una chorrada, macho–reflexionó Brenda y destapó otro par de cervezas sacadas de la hielera.

Le creí.

Sin embargo, después de mi encuentro con la rubia de la Commission de l’immigration et du statut de réfugié du Canada, fue la primera vez, en dos años, que me sentí libre y sin miedo.

Hasta las pestilencias de Brenda abonaron un sentimiento de quietud…

E incluso, nuevamente tuve deseos de anclarme en su peluda concha y, en plena calle, hacerla bramar de placer…

HEMEROTECA: pro98

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