FILIPPO

la langosta portadaHay mojones de nieve en las banquetas —trottoirs, les dicen en Montreal— y mis botas casi desaparecen.

Mi pinche vicio me obliga a dejar la habitación, tibia y relajante.

El vecino del dos me tiene hasta los cojones. Está de vacaciones y lleva tres días festejando con un par de amigos. La humareda se filtra por los pasillos.

—Fuman mota como locos los hijos de la chingada…—se queja el mexicano del cinco.

Canadá ha dejado de perseguir a los marihuanos. Los quebequés festejaron la decisión oficial con una gran fiesta callejera. Miles fumaron sus porros frente a las estaciones de policía.

En La Langosta fue tema durante dos semanas. Pech y yo cuestionamos la medida. Los gobiernos de Estados Unidos, Canadá, México y Colombia deberían conjuntamente legalizar la producción y comercialización de la cannabis, amapola y coca. Los índices de violencia descenderían drásticamente.

Hoy decidí beber una piché de cerveza clara.

Nada más.

El bar está semivacío por el frio.

Filippo, el italiano, ocupa una de las mesas del fondo. Llegó acompañado de una rubia tetona y de labios granate. Ríen y discuten. No paran de hablar.

El italiano radica en la Hochelaga. Es larguirucho, patizambo y cuello de ganso. Tiene fama de broncudo. Ha pisado la cárcel en varias ocasiones. De ahí que nadie le crea lo de su papel protagónico con la mafia siciliana.

—Anda muy iluminado —me comenta Pech.

—¿Y ahora que babosada suelta?

—Aguanta vos —corta burlón el peruano—. Deja que el cacharro te lo cuente —y lo llama a gritos—: ¡Filippo, viens vite, mon ami!

El italiano se despega de su mesa al segundo llamado. No se hace acompañar de la guereja.

Ya en la barra, Filippo acepta una cerveza Corona de mi peculio y en francés nos narra algo de lo sucedido al dirigirse a Ottawa. Antes de soltar la lengua, el peludo besa un pequeño crucifijo de madera que cuelga en su pescuezo de ave.

Resulta que hace tres semanas lo abandonó su esposa. El hecho le pegó duró y no paró de beber alcohol y esnifar cocaína durante cinco días. Un viernes decidió ir a la capital de Canadá. Ahí se refugiaba la mujer con su amante.

Los mataría, eso pensó.

En su Chevy partió hacia Ottawa a la una de la mañana. Conducía ebrio y a gran velocidad.

En un tramo de la autoruta 50 E fue alcanzado por una patrulla. Tuvo que orillarse. En el automóvil llevaba un revólver, dos botellas de whisky y veinticuatro cervezas de lata.

—Mamma mia, en esos instantes algo me sucedió —recuerda emocionado—. Es como si una energía liberadora se apoderara de mi cuerpo…

Un patrullero negro se acercó a la ventanilla y le aluzó la cara con una lámpara sorda.

—Viene conduciendo a 180 kilómetros por hora —le informó en ingles…

—Entiendo —balbució el italiano en francés—. No me di cuenta… Discúlpeme…

El agente se retiró y habló unos minutos con su compañero de turno Éste enfrentó al italiano y le habló en francés.

—Te vamos a hacer una prueba de aliento con el alcoholímetro…—le dijo—.  Mi compañero dice que percibió alcohol en tu aliento…

Filippo estaba consciente de lo que ocurriría. De no pasar la prueba del alcoholímetro, seria detenido. Difícilmente saldría airoso. Iba armado y con botellas y botes de whisky y alcohol.

Derechito a la cárcel.

—Por favor, ayúdeme —suplicó y su voz sonó entrecortada.

—Déjeme ver qué puedo hacer… pero es posible que mi compañero le haga el test con el alcoholímetro…

Mientras aguardaba el llamado, Filippo empezó a orar en voz alta. Le pidió ayuda a Jesucristo y prometió abandonar las drogas duras y ser una mejor persona.

—Tiene que soplar con fuerza —le ordenó el policía afrocanadiense.

Filippo lo hizo, pero sin hacer mucho esfuerzo.

—Repito —exclamó molesto el policía—. Debe soplar con fuerza…

El italiano cerró los ojos y obedeció.

—El aparato empezó a sonar repetidamente —recordó Filippo—. Estaba perdido… La prueba me denunció, porque me había metido unas diez cervezas antes de salir de Montreal…

Los policías nuevamente intercambiaron palabras. En seguida, el que hablaba francés, le informó:

—Te vamos a levantar una infracción por conducir a alta velocidad… No por el resultado del alcoholímetro…

—Muchas gracias…

—Pero te vamos a recoger el vehículo y te dejaremos en Gatineau… Ahí tendrás que abordar el tren o un autobús… No queremos que pases las fiestas decembrinas en prisión…

Después de narrar su reciente odisea, el italiano pidió otra cerveza y la vació de un largo trago.

—¿Has cambiado? —pregunté.

—Eso espero, amigo…

Y regresó emocionado a su mesa. Sus ojos acuosos brillaban en la penumbra.

—Ya está bomba —dijo Pech—. La mujer que lo acompaña es dealer… Seguro que lo prepara para la resaca de mañana…

Poco me importó.

Seguí en lo mío.

En breve iría al supermercado. Me allegaría de un pollo frito y una ensalada de verduras frescas con aceite de oliva, queso parmesano y vinagre de manzana.

Solo pensaba en comer y en el libro que leía: Leonardo da Vinci, La biografía.

Pech continuó leyendo su periódico…

HEMEROTECA: Mccullers Carson – El Aliento Del Cielo

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