L’ÎLE DU PÉCHÉ (99)

Por Everardo Monroy Caracas

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Montreal: isla de alquitrán y hormigón, ciudad del pecado: L’île du péché.

Y obtuvo el calificativo a pulso.

Los mafiosos italianos e irlandeses, en la actualidad, tienen el control financiero y laboral de la obra pública, los casinos, los centros nocturnos, los bares y el mercadeo sexual.

La Ley seca o Enmienda XVIII constitucional de los Estados Unidos, en los años treinta, hizo tal milagro. Los neoyorquinos contribuyeron por su necesidad de evadirse de una realidad traumante: guerra, desempleo, revolución bolchevique y profecías apocalípticas.

No es una afirmación mía.

La machacó Lisandra después de compartirme un plato de lentejas con tocino y una taza de café endulzado con piloncillo cubano. Roberto seguía ausente. En esta ocasión no fue por un asunto de trabajo, sino sexual. Su esposa estaba enterada y aparentaba no importarle su infidelidad.

Los buenos cristianos repartían amor en demasía: machacaban los corazones confundidos de las feligresas o feligreses.

La ciudad había sido destazada en diecinueve barrios. Desde la perspectiva de un cirujano inglés, Montreal tiene la apariencia de un hígado consumido por la cirrosis.

El alcohol chorrea en cada manzana y sorprende. Los taniches, tiendas, abarroteras o depanneurs –expresión gala— expenden cerveza, vino, ron, brandy, o cualquier bebida embriagante, de seis de la mañana a once de la noche.

E incluso, abundan bares que abren las veinticuatro horas sin ser molestados por los inspectores de alcoholes o policías.

Lisandra no ocultaba su indisposición por mi reciente ausencia e intentaba convencerme de sus bondades:

—Tenemos bajo nuestra responsabilidad su seguridad, hermano. Tiene que comprendernos y con una llamadita telefónica nos devolvería la tranquilidad, al saber que se encuentra bien…

—Discúlpeme, Lisandra —intenté no echarle sal a la llaga—. Me sentí solo y quise tomarme una cerveza. El asunto fue que en el bar conocí a una dama española y ya ve usted cómo es el alcohol y la soledad…

—Dígamelo a mí… —Lisandra se sinceró al percibir que yo hablaba con la verdad—, pero en el exilio es mejor confiar en la comunidad para protegernos y ayudarnos unos a otros. ¿Comprende, hermano?

Claro que lo entendía. No soy pendejo.

Sin embargo, Lisandra o Roberto Mina no podían ser mis protectores: padres, hermanos o conyugues sumisos.

Soy un trotamundo de cuarenta y cuatro años, forjado en la calle y los abusos laborales.

Preferí no cuestionar sus graznidos.

—Tendré más cuidado mientras me den hospedaje, Lisandra, y gracias por preocuparse de mi salud…

—Usted me da confianza, porque siempre hay sinceridad en sus palabras…

—Lo intento, pero no piense que ayuda en mucho…En la mayoría de las veces tengo problemas…

El que habla verdad, declara justicia; mas el testigo mentiroso, engaño, se lee en Proverbios

Me conmovió verla así, sola y desvalida, hambrienta de caricias y comprensión conyugal.

Su ojo lastimado por el estrabismo dejó de inhibirme. En la mesa, estábamos frente a frente, intentando agarrarnos al presente para sentirnos vivos.

Los dos añorábamos inhumar toda aquella carga de dolor y amargura.

Tuve deseos de meterme un poco de alcohol en la sangre y recordé que, en el talegon, aún poseía un par de cervezas. No le oculté mi intención de bajar al sótano y dije el motivo:

—Espero no ofenderla, pero necesito un poco de alcohol…

Su respuesta fue liberadora:

—No tengo cerveza, solo ron Havana club siete años… si le ayuda en algo…

—Si no le molesta que lo tome en su casa…

—Lo acompañaré… un poco de vino reconforta… Los excesos son los que destruyen… En el libro de Eclesiastés hay un versículo muy recurrente en nuestra congregación: ¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo, que Dios ya se ha agradado de tus obras!

Una hora después logramos diluir las fronteras de la incomprensión, gracias al elixir de caña antillana. Terminé siendo su alumno, a pesar de ser seis años mayor.

Su conocimiento de Montreal permitió allegarme de hechos que me ayudarían a comprender mejor los pasos subsiguientes.

La ciudad del pecado continuaba intacta. Sus constructores —mafiosos sicilianos, corzos e irlandeses— tuvieron la precaución de resguardar algunos valores asimilados de sus confesores católicos o anglicanos: misericordia, caridad, temor a Dios y amor al prójimo.

Yo era un sobreviviente de sus fervores religiosos.

—Bob tiene un amante, hermano, y es hombre…—exclamó Lisandra y un torrente de lágrimas brotó del ojo sano.

La botella de ron estaba por extinguirse.

Lisandra quiso prolongar nuestro encuentro.

—Aguarde, hermano —dijo y se puso de pie—, voy por otra botellita… Hace falta relajarme un poco… Espero no le moleste…

—Por el contrario, Lisandra… Estoy a sus órdenes…

La observé alejarse, moviendo con cadencia el trasero y desprendiéndose la peineta del cabello…

HEMEROTECA: pro99

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