BUCANEROS

el infierno de gaalia7

Luc Tremblay tuvo que apergollar.

El presidente de la Cámara de la Industria y Comercio de Quebec, Jean Khadir  fue claro. Lo dijo previo a la entrega del Menú de Aperitivos:

    —Así como aceptaste la disolución del Parlamento y acortar tu mandato, tienes que reconocer el triunfo de Geogetto Burns. Es un asunto público…

    —¿Quién lo ordena?

    —Tus hechos: el asunto de los sobornos de Frank Luciano está por alcanzarte… Aún es tiempo de tranquilizar a tus adversarios. Geogetto no quiere dañar su carrera política… Él aprendió de tus aciertos… que son muchos, amigo…

    —¿Y Bela Charest, de la Comisión Charest? Insiste en crucificarme…

    Khadir se colocó con parsimonia la servilleta al cuello, antes de servirse una generosa porción de queso manchego con salsa tártara.

Lo traía en mente.

Su gruesa barriga impedía acortar distancia entre la silla y la mesa circular.

Yacían en un privado de la segunda planta del restaurante griego Les Filles de Triton, el de la rue La Commune de Paris.

 El viejo puerto, construido al borde del rio San Lorenzo, lanzaba insistentes destellos al reflejarse la mancha solar del atardecer en los largos ventanales.

    —Nadie quiere tu esqueleto, amigo… Si alguien tiene que pagar, pagará… Por lo pronto, los alcaldes de Montreal y Lavat ya fueron advertidos. Brillant no quiere ceder, pero sus concejales ya le armaron el expediente culpatorio y es escandaloso lo que ahí descubrimos: la obra pública se triplicó en sus costos y ese dinero acabó en los bolsillos de constructores pagados por la mafia, funcionarios de primer y segundo nivel y dirigentes sindicales… Lo más desagradable es la inversión de dinero robado en negocios limpios de Ontario. C’est une merde… Charles Brillant intentará patalear para dejar un sucesor de confianza, pero todo depende de lo que ocurra mañana… Por eso estoy hoy contigo y aquí…

Jean Khadir era miembro honorable de los Caballeros de Saint-Joseph.

Tremblay estaba al tanto del convite.

Lo consideraba su amigo. De paso, Jean Khadir logró convencer al arzobispo Lapenane para que las investigaciones sobre corrupción no alcanzaran su cuello.

La presidente de la Asamblea Nacional, Stellea O’Brey tambien hizo su parte: personalmente habló con el candidato del PNQ.

Y el encono pudo suavizarse.

Geogetto no dejaría guadañas afiladas a sus espaldas. De hacerlo, al término de su mandato, lo desollarían.

Los carniceros de hoy, serán los marranos de mañana.

Lo tenía muy claro.

    —Declino por una sola razón Jean —condescendió Tremblay al consumir el segundo vaso de agua—: el asunto de los estudiantes ha dañado al comercio y estamos en la temporada veraniega… y eso no es bueno para Quebec. Te adelanto que ya está el documento de la validación… El Partido así lo dispuso y lo acato, soy disciplinado y me conoces…

Tremblay mordió las puntas rojizas del bigote —un viejo tip cuando su tranquilidad se alteraba—  y arrugó la frente.

Sopesaba las palabras vertidas por su interlocutor. Quiso demandar un whisky o encender un habano.

Se contuvo.

No quería evidenciar debilidad.

Jean Khadir estaba satisfecho por el resultado. Quedo en evidencia al levantar el brazo izquierdo para atraer la atención del mesero que aguardaba de pie en la entrada del privado.

Ordenaría la primera ronda de coñac o whisky.

Las sombras de la tarde reptaban por los muros encalados.

Los tambores de guerra eran insistentes en las instalaciones de los partidos Nacional Quebequés y Liberal.

Era necesario obtener una mayoría de parlamentarios en la Asamblea Nacional que conservar la primera magistratura.

Lo sabían.

Del acuerdo dependía acelerar o contener el avance de los nacionalistas separatistas.

—Olvidaba decirte que Catherine seguirá en el Ministerio de Inmigración y Comunidades Culturales  —soltó Khadir—. Monseñor la propuso y Geogetto, aceptó. Dijo que era una posición tuya y la respetaba. Así evitará meter las manos en el asunto de la francesación en los Centros de Estudios para Adultos…

—Catherine se ha ganado el cargo a pulso, Jean  —Tremblay intentó tamizar el sentido de sus palabras. La funcionaria era un alfil confiable.

El Primer Ministro conocía a Geogetto. De oponerse podría ser muy duro durante los cuatro años de su mandato.

Prefirió soltarla, darle vida propia.

Y agregó:

—Es una excelente colaboradora, la conozco de muchos años y te confieso que estoy muy satisfecho con sus logros…

    —Geogetto retirará a los profesores que han vulnerado los programas pedagógicos de francesación, de eso no hay duda, Luc…

    —Está en su derecho. Burns ha cantado en todos los rincones de la provincia que Quebec tiene identidad propia. Por lo tanto, puede andar sola, sin ayuda de los canadienses… Espero que así sea… Si la primavera de Quebec llegara a materializarse, florecerán los fusiles y esa no es una sentencia mía… Es de los metis…

    Khadir festinó su respuesta. Su gruesa papada se contrajo y el semblante se tornó cárdeno.

Tremblay creyó que se asfixiaría.

El empresario había construido su fortuna en la política, a la par que él.

Se conocían desde niños.

El padre de Tremblay contrató al de Khadir como administrador de su balneario. El hijo siguió los pasos del viejo pakistaní y terminó la licenciatura de Administración de Empresas, en la Universidad de Quebec.

El arzobispo Enrique Turqueda lo presentó con la burguesía local y pronto fue nombrado presidente de la Cámara de Industria y Comercio.

Y sin dudarlo, Khadir pagó el favor ayudando a Tremblay a ser Primer Ministro.

Y tendría que cuidarle el trasero antes de abandonar el barco.

     —Los únicos fusiles que deben florecer, Luc, son aquellos que tanta tristeza le causan a nuestras mujeres… El francés lo llevamos en la sangre y tenemos que defenderlo… Lo otro, el negocio, la ganancia y la pérdida, son asuntos del mundo… Y dejemos que los ingleses, los bucaneros de siempre, se regodeen con sus pillerías y desfalcos.

HEMEROTECA: National.Geographic.Espana.2019.01

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