CATRACHA

Por Everardo Monroy Caracas

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Toda historia tiene un principio. En esta, el personaje a tratar es una mujer nacida en Honduras y educada en Montreal. Dora del Campo amaba a Quebec, la provincia que protegió a su madre y le permitió titularse como educadora en letras francesas.

Lo sucedido en Saguenay trascendió al estar involucrados tres lugareños, un asambleísta de Quebec y la propia protagonista. Hasta le fecha, todos los habitantes de la región conocen cada detalle de lo sucedido, pero prefieren no contarlo. Les avergüenza.

Dora era una joven larguirucha, atractiva y vital. Su rostro oval y moreno, resaltaba el verdor de sus ojos oblicuos. Le encantaba leer en demasía, socializar y proteger a la naturaleza. Luchaba a brazo partido por el empoderamiento de la mujer en los asuntos públicos. Siempre quería compartir lo poco que obtenía como professeur de français. Nunca evidenciaba rencor. Por el contrario, destilaba bondad y alegría.

Quebec es una provincia de inmigrantes. Sin embargo, únicamente los descendientes de los fundadores, de origen francés, defienden su cultura y pasado histórico. Dora se decía quebequés y no catracha y daba sus razones:

—Uno elige el gentilicio correcto, si ama y respeta el lugar donde encontró amor, tolerancia y libertad.

Su madre, Almendra del Campo, constantemente la cuestionaba por su abierta defensa a los patriotas quebequés y su negativa a participar en actividades políticas de los exiliados hondureños.

En la carta abierta de repudio al golpe de estado en Honduras, ocurrido el 28 de junio de 2009, no apareció la firma de su hija. Dora tampoco acudió al encuentro en Montreal con el presidente constitucional depuesto, José Manuel Zelaya Rosales. La reunión se realizó en diciembre de 2011 en el salón Simón Bolívar del consulado venezolano.

—Eres hondureña, hija, no canadiense —le reclamó su madre.

—Soy quebequés y me interesan los asuntos de Quebec, donde aprendí a comunicarme y ser libre…

El mismo día que se tituló como professeur de Lettres Modernes en la Universidad de Concordia, empezó las gestiones para hacer un voluntariado en un centro comunitario hispano de Saguenay, a quinientos kilómetros de distancia de Montreal. Su propósito era enseñar francés e historia de Quebec.

Le ministère de l’Immigration, de la Diversité et de l’Inclusion vio con buenos ojos su interés de promover la lengua francesa entre la comunidad hispana. El asambleísta Jacome Fourneau intervino, a petición de la coordinadora general del Centro Comunitario Paul Guillemont, Jeanne Abbes, y obtuvo un puesto de enseignante de français para el turno nocturno.

Su madre no cuestionó su nombramiento. Prefirió aislarse. Su compañero sentimental, un ex obrero de una fábrica de tapones de radiador en San Pedro Sula, le recordó que Dora había cumplido veinticinco años y por lo tanto era mayor de edad.

—Déjala que haga su propia vida, nada pierdes… Está en su derecho…

—No es eso —replicaba Almendra—, me preocupa que sea tan confiada. En Saguenay tambien hay gente mala y ella no tiene la piel blanca y los ojos azules…

—Estamos en Canadá —le recordó Julio Cesar.

—El racismo está latente, no se te olvide la masacre ocurrida en la mezquita de Quebec…

—Pero se trató de un fanático islamófobo…

—No, no era un fanático —exclamó la mujer con preocupación—, era un supremacista quebequés que odiaba a los inmigrantes…

La matanza aludida, sucedió, el domingo 29 de enero de 2007, en una mezquita del barrio de Sainte-Foy de la ciudad de Quebec.

Y efectivamente Alexandre Bissonnette, de 27 años, fue identificado por la policía como ultra derechista-nacionalista, racista e islamófobo. En el tiroteo asesinó a ocho feligreses e hirió a dieciséis. Todos eran musulmanes. El 28 de marzo, el juez François Huot lo condenó a permanecer en prisión de por vida.

—Es una decisión que tomé para evitar que las víctimas y sus familias tengan que volver a vivir esta tragedia.

Bissonnete, en su última comparecencia ante el juez, pronunció unas palabras, dirigidas a los familiares de sus víctimas:

—Siento vergüenza por lo que hice. Quisiera pedirles perdón por todo el daño que les he hecho, pero sé que mi gesto es imperdonable…

El asesino, antes de perpetrar la masacre, carecía de antecedentes penales. Había cursado sus estudios de ciencia política en la Universidad de Laval, en Montreal.

Dora se enteró del incidente en su habitación de Saguenay, mientras leía el primer volumen de la Histoire populaire de la Nouvelle-France, escrito por el historiador quebequés y caballero de la Legión de Honor, Jacques Lacoursière. En una semana empezaría a laborar en el Centro Comunitario Paul Guillemont y Jeanne Abbes le pidió, por teléfono, que atendiera a un grupo de inmigrantes hispanos de recién ingreso.

—Enséñales la historia de Quebec, desde nuestros orígenes al siglo XXI… Hazlo en su lengua materna, porque otros maestros serán los encargados de enseñarles francés…

HEMEROTECA: Periodismo 2- Vicente Riva Palacio

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