VENENOS DEL GARITO

Por Everardo Monroy Caracas

portada afilad las flechasOn ne va pas reprendre le débat sur la souveraineté sur les ruines de ce qui l’a fait échouer. La Révolution tranquille, René Lévesque, les vendeuses anglaises chez Eaton’s, les serveuses chez Murray’s, la crise d’octobre, les Patriotes, tout ça, c’est terminé. Les jeunes et les néo-Québécois ne mangent pas de soupane identitaire et l’indépendance ne peut se faire sans eux.

Lise Ravary

Le Journal de Montréal

 

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Imagínelo de espaldas, sentado y canturreando un poema de Baudelaire. Su voz rasposa se mezcla con un sonido agudo, repetitivo.

Imagine el lugar: una estancia pequeña, de madera brillante, olorosa a pino con dos ojos de buey en los muros.

Hay una cama al costado del hombre de torso desnudo con una gran cabeza de oso polar tatuada en la espalda. Encima del edredón varios paquetes de plástico transparente con billetes de cien dólares canadienses en el interior.

 C’est une femme belle et de riche encolure,

Qui laisse dans son vin traîner sa chevelure…

Imagine que usted es Henri Fontana, de veintidós años, y ha ascendido por las escalinatas de madera. Es quien incursiona en la habitación con una mochila escolar rellena de bolsas de dinero.

Fontana se refleja en un espejo. Deja de ser usted. Va enfundado en una gruesa chamarra de piel y en la cabeza, un chullo peruano de lana con orejeras.

Mordisquea un cigarrillo encendido.

Les griffes de l’amour, les poisons du tripot,

Tout glisse et tout s’émousse au granit de sa peau.

Vacía la mochila sobre la cama y abandona la habitación.

El hombre de torso desnudo y cabeza rapada continúa en la misma posición.

Elle rit à la Mort et nargue la Débauche,

Ces monstres dont la main, qui toujours gratte et fauche,

Dans ses jeux destructeurs a pourtant respecté

De ce corps ferme et droit la rude majesté…

Imagine que Fontana desciende las escalinatas y cruza una reducida estancia que conecta a la puerta del cobertizo.

En la estancia hay una mesa de tosca madera, un sillón acolchado pegado al ventanal, un frigobar azul cielo y una repisa con una parrilla eléctrica y varias latas y bolsas de alimentos.

Fontana se aleja de la cabaña, construida sobre una torreta de troncos y cemento para evitar el ataque nocturno de los osos o felinos.

Fontana recorre un estrecho sendero bordeado de pinos, arces y abedules cuajados de nieve. Tiene el rostro barbado y los ojos azules, de un azul metálico.

Llega hasta la orilla del rio Saguenay, en una corraleta adecuada como estacionamiento, donde están tres kayak y seis remos cubiertos con lonas.

Un camino pedregoso y arenado cruza de este a oeste o de oeste a este, como diría Rulfo. Fontana tuerce a la izquierda.

Después de recorrer una veintena de metros deja de mover los zapatones de excursionista frente a una Van cubierta de nieve. En su interior hay billetes de cien dólares canadienses empacados en bolsas de polietileno.

Ahora imagine que al abrir la portezuela del copiloto es recibido por un hierático Jean Talbot enfundado en un chaquetón térmico y un grueso gorro ushanka soviético.

Jean le ofrece una botella de ron cubano al recién llegado y este la agarra y bebe con fruición.

El frio lo amerita, supone.

Desde la Van es posible observar el paisaje.

Bosque, agua y nieve. Predominan los blancos y grises de distintas tonalidades en el solitario paraje.

Tadoussac es ajeno a lo que ahí ocurre. Su gente enfrenta al invierno en silencio. Los lugareños se conocen. Saben cuando un turista invade su territorio. Fontana y Jean son de Saguenay. No el hombre con la cabeza de oso adherida a la espalda.

Martin Moreno es colombiano, del barrio duro de Las Malvinas, en Barranquilla.

Sus compañeros de aventura, en esos momentos, son ajenos a su ensoñación. Desconocen lo que recita mientras empaca al vacío el fruto de su negocio. La Allégorie del poeta maldito lo contacta emocionalmente a Ekaterina Kuznetsova, la bella stripper del bar Les Amoureux de Saguenay.

Elle marche en déesse et repose en sultane;

Elle a dans le plaisir la foi mahométane,

Et dans ses bras ouverts, que remplissent ses seins,

Elle appelle des yeux la race des humains.

Elle croit, elle sait, cette vierge inféconde

Et pourtant nécessaire à la marche du monde,

Que la beauté du corps est un sublime don

Qui de toute infamie arrache le pardon.

Elle ignore l’Enfer comme le Purgatoire,

Et quand l’heure viendra d’entrer dans la Nuit noire

Elle regardera la face de la Mort,

Ainsi qu’un nouveau-né, – sans haine et sans remords.

–O–

* Es hermosa mujer, de buena figura,

que arrastra en el vino su cabellera.

Las garras del amor, los venenos del garito,

todo resbala y se embota en su piel de granito.

Se ríe de la Muerte y desprecia la Lujuria,

y ambas, que todo inmolan a su ferocidad,

han respetado siempre en su juego salvaje,

de ese cuerpo firme y derecho la ruda majestad.

Anda como una diosa y reposa como una sultana;

tiene por el placer una fe mahometana,

y en sus brazos abiertos que llenan sus senos

atrae con la mirada a toda la raza humana.

Ella cree, ella sabe, ¡doncella infecunda!,

necesaria no obstante a la marcha del mundo,

que la belleza del cuerpo es sublime don,

que de toda infamia asegura el perdón.

Ignora el infierno igual que el purgatorio,

y cuando llegue la hora de entrar en la noche negra,

mirará de la Muerte el rostro,

como un recién nacido, sin odio ni remordimiento.

 

HEMEROTECA: Los poetas malditos – Paul Verlaine

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